LETRAS

Cali en el territorio de «Arenita»

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ESCRIBE: Carlos Varas Príncipe (*)

«Arenita» era un ave de pequeña estatura, que vivía en las faldas arenosas del “Cerro Cabras”. Desde la punta del pico, al extremo de su cola, talvez medía diez centímetros, y de ancho, con sus alas pegadas al cuerpo, unos cinco centímetros. De ojos muy vivaces y plumaje suave. Tenía color precisamente arena, con algunas rayitas de color marrón y blanco en el filo de las alas. Era casi adolescente.

El tiempo estaba cercano al mediodía. De un pequeño salto se acercó a su abuelo y le dijo:

—Abuelo. ¿será posible que vivas tantos años?

—¡Hay nieto mío! hoy ya no vivimos mucho. Mis padres y mis abuelos si pudieron vivir mucho más. Eran tiempos cuando en estas arenas había más vida.

Con paso nostálgico, el abuelo lo llevó hacia la cima de una duna de arena limpia y señalando hacia el Oeste, comenzó a relatar:

—¿Ves esa gran zanja? Viene del lejano Norte. Pasa por nuestro territorio y se pierde hacia el Sur. Hubo tiempos cuando ese canal traía abundante agua. Los antiguos dicen que era herencia de unos pobladores inteligentes, laboriosos y muy fuertes, llamados Mochica. Seguramente que lo eran, porque antiguamente, esto que hoy ves como un seco desierto, era hermoso y verde. Había muchos frutales como chirimoyas, pepinos, sandías, guabas, ciruelas, guayabas, granadas. Otras plantas rastreras como el zapallo, tomate; raíces como la yuca. Había también mucho maní. Mis padres, que llamaban a este canal con el nombre de “mochica”, decían que unía dos ríos: en el Norte el río Chicama y en el Sur el río Moche. De ese gran canal, se desprendían muchas pequeñas acequias que hoy también las llaman mochicas y…

—Abuelo-interrumpió Arenita- ¿pero por qué dices que antes había más vida?

—¿Es que no te das cuenta Arenita? Replicó el abuelo. Cuando estos arenales eran grandes campos de cultivo, había más insectos para comer, más flores para tomar de su miel, más agua para beber. Podíamos hacer nuestros nidos en cualquier lugar y tener más hijos. Las plantas nos escondían del Cernícalo, que hoy se roba nuestros pequeños polluelos. Teníamos amigos y vecinos de todos los tamaños y colores como el Tordo, el Chisco, el Vinchin, el Petirrojo, el veloz y juguetón Picaflor y otros tantos. ¡Eso era vida hijo mío! ¡Eso era vida!

—¡Ya entiendo abuelo! ¡Qué lindo era! No como hoy que vivimos tan solitarios en el desierto. Solo nos acompañan las lagartijas, algunas arañas y alacranes. Ya no hay plantas y cuando viene el Cernícalo nos metemos a los huecos que hemos hecho en la arena.

Estaban tan ensimismados en el diálogo del recuerdo, cuando fueron sorprendidos por una sombra. El abuelo alertó:

—¡Cuidado Arenita! ¡mira hacia arriba!

Arenita levantó la mirada y he allí que, en el espacio, a gran velocidad, se les acercaba un objeto extraño. Inmediatamente los dos volaron hacia un lugar seguro y estratégico para observar. La cosa cayó aproximadamente a 10 metros de ellos. Después de mirar silenciosamente y casi sin respirar un buen rato, el abuelo miró fijamente al raro objeto. Se acercó sigilosamente y cuando se sintió seguro gritó:

—¡Arenita! ¡No temas, acércate!

Dando un vuelo, Arenita se acercó.

—El abuelo comenzó a explicar: es una cometa hecha de papel. Algún muchacho, de aquellos que viven en esas lejanas casas, la hizo para jugar con el viento. Por lo que veo, se le rompió el hilo. Debe haber estado a gran altura para que caiga por aquí. Toca Arenita-dijo el abuelo. Esto es papel y esto es carrizo.

—Arenita se acercó y tocó el papel sintiéndolo suave. Tocó el carrizo y lo sintió rugoso y áspero. Inquieto como todo adolescente interrogó.

—¿Abuelo, cómo puede volar como nosotros esta cosa?

—Hijo -contestó el abuelo- estos muchachos, como todos los de su especie, son inteligentes y muy ingeniosos. Ellos cortan el carrizo del tamaño y espesor deseados para un objeto como este. Casi siempre delgados y livianos. Luego los amarran con hilo llamado pabilo y les dan diversas formas. Hacen estrellas, escudos, cubos, rectángulos, hexágonos, triángulos, etc. Los que tienen algo de dinero los pegan con papel de color muy variado y muy hermoso. Los que no tienen dinero los pegan con papel de los diarios o simplemente los amarran con bolsas plásticas cortadas al tamaño que requieren las cometas, pero igual vuelan como las otras. Pero siempre es necesario que les pongan a todas ellas una cola hecha de retazos de tela. Sólo la cometa que tiene forma de cubo no tiene cola. Muchas veces hacen competencias entre ellos. Quien hace volar más alto su cometa. Esto necesita mucho hilo.

Otros maliciosos les ponen una asta en la punta de su cometa y chocándola con la de su amigo, trata de romper el papel para hacerle perder altura. Otros muchachos idealistas y románticos envían mensajes a las nubes, a los vientos y a veces quieren conversar con Dios. Son mensajes en papelitos escritos, a los cuales les hacen un hueco en el centro y los pasan por el ovillo de hilo, que con la fuerza del viento llegan hasta el “tirante” de la cometa. Otros en competencia de altura, envían mensajes para que la cometa los lea y según la orden, vuelen más alto o ataquen al rival.

—Qué ingeniosos son abuelo-dijo Arenita- tu debes haber visto caer muchas cometas por este lugar.

—Si es cierto-contestó el abuelo- por eso conozco algo sobre esas cosas. Pero no sólo eso, hijo. A veces he tenido la osadía de ir hasta las casas donde ellos viven, y escondido en una pared de su corral o en las ramas de algún pequeño árbol que ellos tienen allí, he podido ver cuando las hacían. Escuchaba también la conversación sobre las cometas y las cosas que iban hacer con ellas.

El abuelo hizo un pequeño silencio y luego con rostro preocupado dijo: Ahora que recuerdo, esos muchachos ya deben estar por llegar en busca de su cometa. Es mejor que nos vayamos.

—¿Por qué abuelo?

—Es que alguno de ellos puede tener la mala intención de cazarnos o simplemente de hacernos daño. Siempre usan una honda de jebe, con la cual disparan piedras. El golpe de una de ellas puede quitarnos la vida o dejarnos mal heridos.

—¿Son tan malos?

—Es que su poca educación y el ambiente violento en donde viven, los hace frívolos. Tienen una actitud agresiva y como siempre viven lejos de nuestro ambiente natural, no desarrollan sensibilidad ni sentimientos de integración con nosotros. No comprenden que ellos y nosotros somos una sola realidad. Un solo mundo. Esto es peor cuando en sus casas hay un aparato que ellos llaman televisión. Esta maligna cosa emite dibujos, imágenes, voces y sonidos de violencia y sangre. Siempre se observa que los rivales se destruyen entre sí. Estar seguro, es haber desaparecido al otro. En casos menos graves para nosotros, ellos nos tienen en unas cosas llamadas jaulas. Si eso ocurre, ya no tenemos libertad de volar.

—¿Pero no pueden cambiar?

—Hay algunos intentos en unos lugares que ellos llaman escuela, a donde ellos van todos los días en grandes cantidades y desde muy pequeños. En esos lugares, hay unos hombres y mujeres, que les llaman profesores. Ellos tratan de enseñarles a no destruir la vida natural; a darle importancia a las plantas, los animales y las aves como nosotros. Pero su enseñanza no tiene la fuerza de ese aparato que te mencioné. La televisión es más atractiva, más eficaz enseñando y formando la mente de esos muchachos.

Estaban concentrados en la conversación, cuando a los lejos se escuchó unos gritos:

—¡Goyo! ¡tu cometa está allá! ¡Corre!

Sin mirar y sin pensar las aves levantaron vuelo. Estaban en peligro. La vida podía escapárseles.

En la desesperación el abuelo no se dio cuenta que, al volar, Arenita no lo siguió, si no que se metió en un hueco cercano. Pero el instinto paternal lo hizo voltear solo para darse con la ingrata sorpresa. No lo pensó dos veces y regresó en busca de su nieto. Pero justo en ese momento, otro de los muchachos lo vio y este gritó: ¡vengan! ¡Hay un pájaro! ¡Traigan la huaraca!

—¡No tenemos huaraca! -dijo Goyo

—¡Negro! ¡tírale piedras con la mano!

Inmediatamente el muchacho lanzó dos piedras seguidas y una de ellas rozó la cabeza del abuelo de Arenita. Se sintió tambalear, pero haciendo un gran esfuerzo logró alzar el vuelo y se ubicó en otro lugar a casi dos metros. No quería irse. Tenía que salvar a su nieto. Aún si a costa de su propia vida. Su corazón latía aceleradamente. Pero rescatar a su nieto era más importante.

—¡Allá está! ¡tírenle más piedras!

Esta vez no eran dos, sino casi una lluvia de ellas. El abuelo se puso pálido, su cuerpo se escarapeló y pensó que era el fin. Cuando casi se daba por vencido, como un haz de luz, pudo divisar un hueco en la arena. Haciendo otra vez un sobreesfuerzo, logró alcanzar el hueco y se metió en el. Las piedras cayeron justo en el lugar donde había estado. Estaba todo oscuro en el hueco. El abuelo casi desmayando y sollozando se metía más al fondo. El corazón parecía salírsele del pecho. Empezaba a faltarle el aire. Sus pequeñas patas ya no lo podían sostener y se dejó caer pesadamente. En ese momento, temerosamente alguien lo tocó y escucho una voz temblorosa: ¿abuelo eres tú?

—Arenita, Arenita -contestó débilmente el abuelo– ¿eres tú?

—¡Soy yo abuelo! ¡soy yo! -dijo Arenita soltando su contenido llanto

—¡Hijo mío! ¡abrázame, ya no llores! ¡no tengas miedo! ¡abrázame!

El abuelo tranquilizándose un poco, recobrando las fuerzas, abrazó fuertemente a su nieto y lo fue llevando más adentro.

—¡Se ha metido en ese hueco! ¡hay que escarbar y lo sacamos!, dijo el Goyo.

Los muchachos empezaron a escarbar el hueco de arena y poco a poco se iban acercando al lugar donde estaban arrinconados Arenita y el abuelo. El polvo que caía al fondo iba asfixiando a las pequeñas aves. Arenita lloraba de pavor y el abuelo lo abrazaba fuertemente tratando de protegerlo, pero no podía evitar tampoco el gran miedo.

Para los chicos, el hueco parecía no tener fondo.

—¡Traigan un palo! -dijo Goyo

En ese momento, el tercer muchacho, “Caifas”, se levantó a buscar un palo para seguir abriendo el hueco. A unos tres metros de distancia alcanzó a ver uno y se dirigió a traerlo. Cuando ya regresaba, el Negro, gritó: ¡Goyo! ¡Me llevo tu cometa! ¡Alcánzame!

Goyo, que era un muchacho picón, montó en cólera y se levantó furiosamente: – ¡Negro trae mi cometa! ¡Te voy a romper la cabeza con esta piedra! – corriendo tras el Negro, tiró la piedra, pero esta cayó encima de la cometa y la rompió, por una parte. Más enfurecido aún siguió corriendo tras el “Negro”, pero este chiquillo era veloz. No por algo siempre jugaba fútbol en la posición de puntero izquierdo. Caifas, al ver a sus amigos correr, soltó el palo y corrió tras ellos: ¡Hoe! ¡Esperen! Y entre carreras y gritos, los muchachos se fueron alejando del lugar. El bullicio se fue perdiendo, dejando un silencio calmo.

El abuelo recuperado de la asfixia y del temor salió temerosamente del hueco y miró de un lugar a otro. Tras asegurarse de que no había peligro llamó a su nieto: ¡Arenita! ¡Sal afuera!

Todavía con miedo, Arenita fue saliendo de a pocos y se abrazó fuertemente al cuerpo de su abuelo. Luego preguntó: ¿ya se fueron?

—Sí hijo. Ya se fueron.

Ya afuera, los dos estiraron las alas. El abuelo sacudió las plumas. Arenita haciendo lo mismo, enterró su pequeño pico varias veces en la arena y volvió a sacudir las plumas. Empezaron a caminar un rato y cuando se disponían a levantar el vuelo, Arenita gritó: ¡abuelo otro muchacho!

—No tengas miedo. Míralo bien es Cali. El que siempre viene por aquí.

—¡Ha! ¡Es verdad! ¡es Cali! -dijo Arenita con rostro sonriente, sintiendo gran tranquilidad.

—Es un chiquillo bueno y un poco místico -dijo el abuelo- muchas veces se tira en la arena y nos mira. Por momentos parece que nos dibuja o escribe sobre nosotros en esos papeles que siempre trae.

El muchacho siguió avanzando y percatándose de las aves se sentó cerca de ellas. Ellas también se acercaron como disponiéndose a un diálogo de antiguos conocidos.

Sí. Era un diálogo un poco extraño. Diferente a los construidos por los humanos como intentos de entenderse entre ellos, aunque en realidad, pese a haber inventado muchas formas de comunicarse, los humanos, parecía aún, que no lograban entenderse. Muestra de esa falta de entendimiento, eran las guerras, la muerte, la pobreza de muchos, la riqueza de pocos. Unos que viven bien y grandes poblaciones que sobrevivían en la pobreza. Es decir, no lograban dialogar.

Cali y aquellas aves habían logrado construir una forma sutil de dialogar, que los acercaba y lograban disfrutar de su presencia y compañía mutua. Se notaba mucha confianza entre ellos. Las aves, disimuladamente se acercaban a Cali lentamente, entre picoteos en la arena, sacudir sus alas o sobar su pequeña cabeza en los costados de sus alas. Por su lado, Cali siempre mantenía una permanente sonrisa y una mirada abierta, limpia, que irradiaba cariño, aprecio. De vez en cuando Cali miraba a las aves y luego algo hacia en sus papeles que llevaba siempre engrapados en un tablero de madera. Escribía o dibujaba, sólo él sabía lo que hacía allí.

A veces las aves veían que Cali movía su boca, sus brazos, su cabeza y escuchaban sonidos, pero ellos no entendían. Sólo su mirada y su sonrisa les bastaba para estar tranquilos y confiados en su presencia.

El cielo empezaba a ponerse un poco gris. Cali se levantó, sacudió su pantalón y su polo. Cogió sus cosas y estirando la mano, la empezó a mover de izquierda a derecha. Arenita y el abuelo conocían el significado de ese movimiento de manos de Cali. Sabían que era el momento en el cual el muchacho se retiraba del lugar, de aquellas arenas limpias que ya se iban enfriando por el viento de la tarde. Se alejaba de ellos hasta una próxima vez en que talvez volvería a regresar. Cali moviendo sus manos se iba perdiendo poco a poco.

Arenita y el abuelo sacudieron sus alas como desarenándose y moviendo su cabeza entre sus alas. Finalmente se fueron dando pequeños vuelos entre las dunas de arena. Alzaron el vuelo de regreso al lugar en donde seguro vivirían.

Trujillo 11 de noviembre del 2006

(*) Lic. Carlos M. Varas Príncipe, escritor y docente, profesor del Colegio Nacional San Juan de Trujillo. E-mail: politikhus50@gmail.com . Es autor del libro «Calín y el discurso por la patria» (Trujillo, 2021) Sus artículos también se han publicado en los diarios «Últimas Noticias» de Pacasmayo y «La Industria» de Trujillo. Es columnista del diario digital Río Hablador (Lima).