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Aníbal del Río Cabrera, in memoriam / Por Nivardo Córdova

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TEXTO Y FOTOGRAFÍAS: Nivardo Córdova Salinas (*)

El arte, el auténtico, no necesita hacer mucho ruido. Le basta el silencio. Y en consecuencia, los artistas plenos, muchas veces pasan desapercibidos ante nuestros ojos; mientras que los artistas falsos, pululan en las galerías, en los recitales, en los podios de premiaciones. Este es el caso del artista plástico, intelectual y poeta chiclayano Aníbal del Río Cabrera (Chiclayo, 1941 – Lima, 2015). Sin duda, como su paisano, el poeta Juan Ramirez Ruiz (cofundador del movimiento Hora Zero en la década del setenta), este pintor optó por la marginalidad (entendida solo como «estar al margen», pero con dignidad), como una forma de vida, como una opción creativa.

Aníbal del Río Cabrera, caminando por el centro histórico de Lima. / Foto: Nivardo Córdova.

Esta es la crónica que escribí sobre Aníbal del Río el 2 de julio de 2014, y que actualizo hoy, recordando su tránsito hacia la eternidad. Lo conocí en 2008, cuando yo trabajaba como redactor en la revista Caretas, durante el refrigerio, en el puerto de periódicos de nuestro buen amigo Jorge Jara, en el jirón Callao, al lado de la Plaza Mayor de Lima, lugar donde llegábamos un grupo de amigos para tomar café y pan de manteca, mientras leíamos los diarios y comentábamos alguna novedad. Durante el tiempo que cultivamos nuestra amistad «al paso», vi que era un hombre bueno, además de un artista único, que aun en medio de la adversidad me dio un ejemplo de lucha, de autenticidad.

Ánibal del Río Cabrera y el profesor Jorge Jara, quien tenía un puesto de periódicos en el Jr. Callao en Lima. / Foto: Nivardo Córdova Salinas.

Allí recalaba también el artista Aníbal del Río, quien llamaba la atención por sus buenos modales, su grata conversación, su visión crítica de la realidad, su modestia. La amistad surgió espontáneamente, entre café y café, asi que un día me animé a pedirle una entrevista, viendo cómo portaba un folder con sus dibujos y además pequeñas «joyas» hechas con migajas de pan mojado, que luego pintaba con témpera. Para sobrevivir, vendía sus cuadros, «al precio que me den, lo acepto». Con eso podía financiar sus alimentos en algún comedor popular y pagar el «hotel popular» de 3 soles por noche, en algún lugar del Jirón Pizarro en el Rímac o en el Jr. Sandia, a la espalda del Parque Universitario, donde pernoctaban desempleados, «choros plantados», vendedores ambulantes, quienes sobrevivían de esa manera.

Pactada la entrevista en la cafetería de siempre, me contó su vida. Esa primera entrevista la publiqué en mi blog Rimactamu. Días después, lo encontré y le comenté la publicación digital. «¿Y cómo es eso?», preguntó. Lo llevé a una cabina de internet en el Jr. de la UniónTEXTO Y FOTOGRAFÍAS: Nivardo Córdova Salinas (*), encendí la pantalla y le mostré la publicación. «Me parece excelente que el periodismo siga evolucionando», comentó feliz con sus ojos vivaces.

Don Aníbal aprendió sus primeros pasos en la calle Lora y Cordero, en pleno centro histórico de Chiclayo. Nació artista. De esa época, recuerda el paisaje pueblerino de esa ciudad, sus pisos empedrados, sus comerciantes apurados, sus viejas casonas republicanas, su aire de «ciudad fenicia y de mercaderes»… Pero no le bastaba eso, y viajó a Europa en en 1969, especialmente a Alemania, donde vivió por más de treinta años. Todavía conservaba recortes de periódicos, catálogos de sus exposiciones, fotografías y extensos artículos sobre su obra que le dedicaron varias revista de arte. En España estuvo en Madrid, Zaragoza, Barcelona, Salamança,, Valladolid, Valencia, León. En Francia anduvo por París, Perpignan; luego Suiza, Ginebra, Berna, Zurich, Bassil.

«Inmensa cordillera», dibujo con témpera sobre cartón, obra de Aníbal del Río. / Foto: Nivardo Córdova.

En Alemania fue donde radicó por más tiempo entregado a su quehacer artístico y cultural: Ulm, Munich, Stuttgart, Nuremberg, Heildebg, Mannh, Frankfurt, Köln, Düsseldorf, Essen, Dortmund, Münster, Bielefeld, Hannover, Bremen, Hamburg… En su fólder conservaba un recorte de la revista cultural «Humboldt», donde le habían publicado un reportaje.

En su «exilio limeño» se le podía ver ataviado con traje oscuro o gris, siempre con un saco y un folder con dibujos, bocetos, poemas, lápices de colores, pequeñas esculturas hechas con migajas de pan… Su itinerario era el centro histórico de Lima, a donde había regresado a fines de los noventa, para instalarse sin premuras, sin otro objetivo más que el de sobrevivir.

Entre los libros que había publicado figuran: «Cómo roncan las flotas», «Inmensa cordillera», «Regálame tu banco», «Operación nieve» y el monólogo dramático «Juan Pérez y la publicidad». «Todavía en Perú hay mediocridad, corrupción, ignorancia…», afirmaba. Pero lo decía sin resentimiento, aunque con cierta severidad, como quien lo asegura y lo sabe en carne propia. Cuando le preguntamos sobre su formación académica nos dijo: «Soy autodidacta, pero el pintor que más admiro es el trujillano Macedonio de la Torre, un maestro de maestros, precursor del arte contemporáneo del Perú, pero que murió injustamente sin ser valorado en su exacta dimensión».

Dibujo y firma de Aníbal del Río, témpera sobre cartón. / Foto: Nivardo Córdova.

Reitero: lo conocí «en el camino», de la mano del profesor Jorge Jara, quien tenía un puesto de periódicos en el jirón Callao, frente a la cochera del Club de la Unión, casi mítico rincón donde llegábamos a conversar, a tomar un café de cincuenta céntimos y pan de manteca, a reírnos de las tristezas, con otros amigos como el doctor Ner Montoya, Simón, el artesano Edel Zamora y el inefable «Cucho», rimense total, pero más amigo leal.

Entre conversaciones y periódicos, don Aníbal nos contaba su vida y nos obsequiaba pequeñas tarjetas con sus dibujos. Es un gesto que nos conmovía, porque sabíamos que el artista caminaba y caminaba y caminaba todo el día ofreciendo (vendiendo) sus dibujos y poemas, con dignidad, con la frente en alto.

A la hora del desayuno era posible verlo en una vieja panadería del Jr. Conde de Superunda, sorbiendo un café con leche. Al mediodía seguía caminando y luego se sentaba en una banca de la Av. Emancipación boceteando un cuadro. En la noche, ya debìa haber recorrido un tramo larguísimo. «No aspiro a nada más que a la belleza…».

Y se iba recitando este poema «de su cosecha»:

Cuando eres forastero
en algún lugar del mundo
y tienes dinero,
¡te llaman turista!
Cuando el dinero escasea,
te dicen vagabundo…

En abril de 2015, recibí una correo electrónico de su sobrina, Carmen del Río, informando que el artista había fallecido y que la familia encontró en internet la única entrevista sobre él publicada en Rimactampu. Reproduzo el texto:

«Le escribo para darle la triste noticia que mi tío falleció ayer. Lo están velando en Gral. Córdoba 1540 y mañana es el entierro. Googleé su nombre y me salió su Blog. Mi papá Carlos del Río tenía contacto permanente con mi tío. Le agradecemos mucho lo que publicó en su blog. Carmen».

Ahora, en que los vientos de la memoria y el recuerdo me traen la viva imagen de Aníbal del Río, publico esta semblanza en Río Hablador, como un homenaje al amigo, al maestro, al artista… Descansa en paz, amigo: solo te adelantaste en la ruta, también nosotros partiremos algún día…

(*) Nivardo Córdova Salinas es Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Piura (UDEP), periodista profesional y director del diario digital «Río Hablador».