La casa de Mamá Rosa y la bandera blanca / Carlos Bayona
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ESCRIBE: Carlos Bayona Mejía (*)
En casa de Mamá Rosa hubo mucha gente que llegaba a aplacar su sed, albañiles, grupos de hombres sedientos que pedían hasta más de un cántaro de ese néctar de los incas. Una segunda fuerza, energías efervescentes y poderosas. Mamá habría aprendido a preparar ese líquido fermentado y popular en casa de mi abuela Meche Chunga,ciudadana nacida en Miniatura, un caserío de pocos habitantes, sus casas salteadas cubiertos de monteríos y riachuelos que con el tiempo secáronse, y las tierras fueron invadidas por los últimos gamonales.
El pueblo donde nació mamá, “Miniatura”, desapareció y solo quedó “Cunvivirá”, pueblo que hasta ahora se resiste por tener hombres recios que labran la tierra. Como seña, de aquel pueblo perdido queda la última palmera y un árbol retorcido con sus raíces largos, enmarañados buscando el agua de las riveras de los ríos. De éste último árbol, habitat de aves, haciendo un descanso después fabricar ciertos olleros como los chilalos, loros cabeza roja, garzas blancas, puntillas, soñas alimentándose de esos gusanos y alimañas. A la muerte del abuelo, mi abuela Meche decidió venirse al barrio Buenos Aires, siendo también acogedor para alimentar mi trabajo literario y pictórico.
La abuela Meche con ese amor a los nietos y a sus hijos, era una mamá gallina cubriendo a sus polluelos de aquellas inclemencias que arroja la naturaleza. En casa de mamá, nunca faltó el pescado, llegaban familias a comer exquisitas jaleas, viandas de sudado, frescas cachemas y el riquísimo ceviche de mero perico con abundante jugo de limón. Hasta ahí llegaron amigos escritores, como Julio Aponte, Carlos Alfonso Rodríguez, Ángel Izquierdo Duclós, Jorge Luis obando, poeta nacido en Marcona, amigos inseparables en los caminos. Eloy Benites, un artistas plástico de la escuela Ignacio Merino, y desde el lejano Cusco, llegó unos de los más diestros en la caricatura del Perú, Aguilar que ya emprendió el camino con la revista Chillico, revista de corte humorista. Tuve la suerte que, al hogar de mamá, llegaran amigos del arte y la pintura. Por las tardes aparecían otros escritores.
¡Qué recuerdos! Con el poeta Raúl Saldarriaga Correa, tomábamos rico clarito y espumante. Efraín Rojas amigo de andanzas, aparecía con Raúl Bahamonde, otro de mis buenos amigos en poesía. La radio en una repisa era la compañía para desahogar las penas de ciertas personas cuya vida solitaria les hacía cantar baladas de la vieja guardia. La literatura dada en cierta forma real, se bebe como suelen a la vez beber los grandes escritores. En mi humilde morada llegaron pájaros agoreros, que saciaban su sed de historia, pues así lo demuestra Teófilo Peña y Javier Canzino, poetas de mucha valía, horas más tarde, aparecía el director de la revista El Último Golpe Literario, Oscar Aquino Lañas.
Los domingos, corrían, como corre el río y su corriente, ese sol que hacía aparecer de un momento a otro a escritores en visita desde lima, Gerardo Fernández actualmente radicado en España. Su solitaria vida le hizo llegar hasta la ciudad de la luna de Paita y el sol de Colán. Guitarristas como Fermán, ciudadano salvadoreño, harto de tocar conciertos para gente de élite, se lanzó a los pueblos latinoamericanos buscando los sonidos perfectos de nuestros antepasados. Piura fue una estadía para Fermán, cabello largo, una costumbre de filibustero, tocaba música de distintos países con su guitarra clásica. No cabe duda que la casa de mamá desbordaba carisma para albergar ciertos personajes rebeldes por naturaleza, como ese hombre llegado de un pueblo trujillano, un hombre hecho de sueños. A Tomás Ruíz -gran poeta y editor- lo conocí en la Asociación Nacional de Escritores y Artistas, ANEA…
Los años 90, años convulsos, hice mi estadía en la capital, cerca a la avenida Abancay y Colmena; ahí el apoyo solidario de Enrique Chunga Bayona, quien sin titubeos me dio ese apoyo solidario desde Lima, tuve la valentía y lanzarme con mi voz por los pueblos del Perú, Lima es para valientes, y vivir en ella se necesita tener muchos sueños, Con Tomás Ruíz emprendimos la aventura de recorrer Trujillo con nuestras plaquetas o fascículos para unos libros, llegando al calor de la casa de Once de Abril. Mamá Rosa me esperaba con los brazos abiertos, recibiendo a los amigos del pueblo. Todo está hecho para la historia en la literatura y Tomás Ruíz Cruzado ya tiene un sitial en las letras peruanas.
No quiero salirme de un contexto amical, porque así llegaron a la casa de mamá amigos con ese deseo de aportar sus conocimientos a la literatura piurana. Las tardes eran para nosotros los muchachos en casa de mamá, un camino soñado, un grupo consolidándose para un «Golpe Literario». Los vecinos de barrio, curiosos, cómo miraban desde sus ventanas al «hombre del carro rojo», su barba rojiza de jovenzuelo, pisaba las calles polvorientas de mi barrio. Hacíale parecer un peregrino andante buscando la alquimia. José Záccaro, conocido entre nosotros los del Golpe como Pepe, solía reunirse con una banda de artistas cuyos nombres se me escapan de la memoria, mismas mariposas después de su metamorfosis, así en tantas anécdotas, tantos recuerdos busco los cabos sueltos y vuelvo a anudarlos y recrearme en mis años juveniles.
En la casa de la bandera blanca, aparecía el amigo Caly y su guitarra. El sol resplandeciente salía y se perdía por un alero de la casa, mientras Caly tocaba melodías del recuerdo de The Beatles. Tardes de gentío, pláticas y canto, hasta recodos de la noche. José Díaz Sánchez, «Jodsan», poeta sullanero, llegaba con la claridad de la aurora y la manía de lustrarse a cada cuadra sus elásticos zapatos, con su cántico filosófico. Una tarde caminando por la avenida Grau, observé a Jorge Espinoza Sánchez con un cartón, en ello sus libros. Repartiendo obras de su futura editorial Cultura Peruana, a este amigo de vestimenta negra, clásico imitador de un cantante español, Rafael, quiso conocer el pueblo joven Once de abril, casa de Mamá Rosa
En las tardes tomamos y bebimos néctar de los incas, ahí flotando las ideas para próximos títulos.
— ¡Tantos amigos tienes hijo!, solía decirme mamá, abrazándome con ternura.
—Así es madre, el arte te da muchos amigos, miles.
Los días de conversación con Mamá Rosa, por las mañanas se prolongaban comiendo pescado frito en nuestro desayuno. Al mediodía, cuando el sol arrasador metíase por los agujeros de las esteras, buscando secar las gargantas de los comensales, aparecían los amigos de la literatura, qué alegría ver a la poeta Libertad Orozco y su ahora esposo Martín. Guardián, el perro fiel de la casa, dábales la bienvenida con su ladrido halagador, moviendo su cola.
Hasta aquí mis líneas para servirles apócrifo lector, aquí estos recuerdos que puedan dar píe a otras remembranzas, continuación que debe hacer Jorge Vargas Merino, hombre de pluma lírica y corazón sanmiguelino.
Dejo a la crítica, a los entendidos, tener que comentar estás líneas que labro mismo alfarero haciendo con sus manos un cántaro que pueda servir para depositar la chicha, ese néctar de los incas, seguir bebiendo en un poto de chicha!! Salud, Golpe Literario, salud, por la poesía, el arte. ¡Nuestra patria espera la historia, y ya la hemos escrito a puro pecho!
Pachacútec (Lima), de neblina, septiembre, del 2023.
(*) Carlos Bayona es poeta, editor y librero.

