CULTURALETRAS

Ella, que fue casi una niña / Eleana Saldarriaga Correa

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ESCRIBE: Eleana Saldarriaga Correa (*)

El sueño la desvaneció después de una larga jornada. Durmió por horas, días… tal vez semanas. Nadie lo sabe.

Despertó junto la higuera que parecía caer al precipicio. Sus ramas la ventilaron y le dieron sombra cuando lo necesitó. Ella nunca lo pidió y jamás se dio cuenta; a lo mejor sus frutos también la alimentaron, aunque ella siguiera con los ojos cerrados.

La luz de la luna llena y las estrellas en el cielo hacían de esa noche especialmente clara. Ella, con mejor ánimo, decidió seguir su camino. Sus delgadas piernecitas estaban casi entumecidas. Respiró profundamente para dejar pasar ese nudo en la garganta que aparecía y desaparecía de vez en cuando.

La enorme montaña estaba cruzando el precipicio, pero eso no era obstáculo para Ella. Bajó por las grietas que dejaban las gotas de la lluvia y las hizo su camino, ese camino que terminaba en una lagunilla en la cual lavó su rostro.

—¡Oh, no! ¡Otra vez!, ¿Y ahora qué? —dijo Ella, espantada al ver su imagen reflejada en el agua. —Mi cuerpo es cada vez más delgado y mis cabellos más cortos, —agregó. Dio un respiro resignada y continuó su camino.

Un escarabajo, más amargado que ambicioso, rodaba a duras penas una enorme bola de estiércol, mas pesada de lo que podía cargar su cuerpo. Se interpuso en el camino de Ella.

—¡Sal de mi camino! ¡No estorbes! —dijo este.

—Hola, señor escarabajo. Solo quiero hacerle unas preguntitas ¿Podría ayudarme?

El enojado escarabajo dando un respiro recostado en su bola de estiércol, le indicó:

—¡Habla rápido!

—Es que tengo un problema —dijo Ella. Conozco muchos seres, insectos y animales, sé cada uno de sus nombres y hasta lo que les gusta comer. Pero resulta que no sé qué soy yo: ¿pulga, mosca, chinche o gusarapo?… Y usted, que parece tan sabio, ¿podría darme alguna pista?

El escarabajo rascó su cabeza por unos segundos y susurró, un poco titubeando:

—¡Ahhhhh! Sí, sí… parece que eres como yo: un escarabajo, por tu cabello corto y tu piel dorada.

—¿Un escarabajo? ¿Está usted seguro? —preguntó la pequeña Ella.

El astuto escarabajo le contestó:

—Sí, muy seguro. Ayúdame a llevar la bola de estiércol al nido y ahí comeremos un poco y estarás muy cómoda con toda la familia.

Ella se entusiasmó con la palabra “familia”, que aceptó de inmediato.

—¡Uff! ¡Qué pesada es esta bola de estiércol y qué mal huele! —comentó la pequeña. ¡Qué! ¿Cómo que huele mal? —gritó el escarabajo, muy ofuscado.

—¡No, no! Que me duele… Dije: “me duele”… Je, je, je —disimuló Ella.

El taimado escarabajo, a sabiendas de que Ella no era ni parecida a uno de su familia, la obligó rodar por todo el camino su enorme bola de estiércol hasta llegar a su nido.

—¡Bien, al fin llegamos! —dijo el escarabajo.

—¡Ay! Sí, al fin, ¡estoy muy cansada! —agregó Ella, dejándose caer al piso y preguntándole al escarabajo: —¿Dónde está la familia? ¡Muero por verlos!

El escarabajo bribón miraba de un lado a otro, como asegurándose de que nadie lo viera ni escuchara, y dijo:

—Mira pequeña, siempre creo que eres muy rara para ser como nosotros. Además hueles bien, así que ¡fúchilas! ¡Sigue tu camino nomás!

Ella se quedó sorprendida del engaño del malévolo escarabajo y sintiéndose muy tonta se marchó.

Un conejo, que había observado el embuste del perverso escarabajo, le dijo:

—¡Hey, pequeña! Acércate un momento, por favor.

Ella se acercó desconfiada y le preguntó:

—¿Qué quieres de mí? ¿Pretendes engañarme también? Esta vez no funcionará, te lo advierto. Eres peludo y esponjoso, con bigotes, dientón y orejón. Así que, ¡No me parezco a ti, para nada! Ja, ja, ja, —sonrió el conejo

—¿Como pues me voy a parecer a ti? Eres cabezona, ojona y flacucha como un alambre. Además, con esas protuberancias en tu espalda —agregó el conejito.

—¿Protuberancias en mi espalda? —preguntó Ella espantada, tratando de mirarse la espalda.

—No te preocupes, amiguita. ¿Has escuchado hablar de ese refrán que dice: “Un consejo hasta de un conejo”? ¿Solo tienes que decirme que pasó? —dijo el orejón animalito.

Ella, ya más en confianza, le cuenta al conejito:

—¡Pues ese, es el problema! ¡No se qué sucedió! Solo sé que cada vez que despierto, mi cuerpo cambia de manera muy extraña, y no sé a donde pertenezco. ¡Solo quiero llegar a la montaña! Tal vez allá encuentre a mi verdadera familia.

El conejito se sintió muy apenado por Ella y la animó a seguir por el camino hacia el monte:

—¡Ve, amiguita! Dicen que la montaña es el lugar más hermoso y mágico que se pueda conocer, pero no todos logran subir en ella. Sin embargo, ¡algo me dice que tú sí lo conseguirás! Sube a mi lomo, te llevaré hasta sus orillas —dijo el conejo, llevándola hasta la falda del promontorio.

Ella agradeció al conejo e inmediatamente empezó a subir la montaña. De repente, unas nueces comenzaron a caer sobre su cabeza.

—¿A donde crees que vas, invasora? —gritaron unas ardillas muy rabiosas. ¡Vete, tú no perteneces aquí!

—¡Estoy en busca de mi familia, solo déjenme pasar! —pidió Ella.

Pero las ardillas rabiosas, no le hicieron el menor caso y continuaron arrojándole las nueces. No obstante, Ella era muy ágil y saltó como un resorte. Esquivando y pasando por encima de las ardillas, siguió subiendo.

—¡Guau, de la que me salvé! Esas nueces sí que son duras —dijo Ella, que, al sobar su enorme cabeza, se dio cuenta que ya no tenia cabello. —¡Ay! ¡Ya sabía que me quedaría pelada! —dijo. Pero continuó subiendo, porque su corazón estaba lleno de emoción.

De repente sus delgadas patitas comenzaron a pegarse al suelo y le costaba mucho trabajo caminar.

—¿Qué esta pasando? —se preguntó Ella, que intentaba saltar. Pero apenas daba unos saltitos y se volvía a adherir en el lodo. —¡Oh, no! ¿Qué voy hacer ahora? ¿Cómo avanzaré hasta la cima de la montaña? —dijo Ella con lágrimas en los ojos.

—¡Por ahí hubieras empezado! —dijo un sapo muy gordo que apenas se podía mover. —Pensé que querías robar mi oro. Los humanos siempre vienen por él —agregó.

—¡Oh no! ¡Claro que no, señor sapo! Además, yo no soy un humano! —dijo Ella.

—Pues pareces uno —replicó el sapo. Todos ellos vienen aquí para llevarse mi oro. Por eso, con mi saliva hago grandes masas de lodo y los dejó pegados al suelo por ambiciosos, ja, ja, ja. Bueno, pero si tú no vienes a robar mi oro, puedes pasar —dijo el sapo, limpiando el camino con su larga lengua.

Ella, muy contenta, agradeció al sapo y continuó su andar.

—Ya estoy muy cerca de la cima —dijo Ella, que se encontró con un hermoso jardín de flores que tenían un perfume riquísimo.

—¿Qué me pasa? ¿Por qué tengo tanto sueño? —se preguntó Ella, que no podía contener las ganas de dormir. —¡Son esas flores adormideras! ¡Tengo que salir de este jardín! Si me quedo dormida ahora, seguro que cuando despierte ya no sabré de mí —expresó Ella, intentando salir del jardín casi a rastras.

Pero el perfume de las flores era demasiado para Ella, a tal punto de que no pudo resistirse al sueño. De pronto, una melodía comenzó a despertarla: eran los sonidos más hermosos que había escuchado en su vida y, entre ellos, oyó unas voces que la alertaron:

—Ella, Ella, ¡despierta! Tienes que seguir, estas muy cerca.

Ella abrió los ojos y vio unas lucecitas que se alejaban rápidamente.

—Bueno, el descanso fue excelente después de todo —comentó Ella, quien al intentar dar un paso se quedó suspendida en el aire. —¿Y ahora que pasó? —exclamó, sin entender lo que sucedía e intentando dar un segundo paso, pero con igual resultado. Entonces corrió, pero sus patitas se sacudían en el aire.

—¿Qué zumbido extraño es ese que me persigue? —se preguntó, mirando hacia atrás, dándose cuenta de que sus protuberancias en la espalda se habían convertido en grandes y transparentes alas que la suspendían en el aire.

Ella tuvo miedo por un momento, pero cuando miró hacia arriba, aquellas pequeñas lucecitas la volvieron a llamar:

—¡Ella, sigue adelante, no tengas miedo, ya esta muy cerca!

Ella respiró profundamente para pasar ese nudo que apareció de nuevo en su garganta y voló hacia arriba. Las nubes cubrían la cima de la montaña, pero a través de ellas un rayo de sol se abrió paso y se estrelló contra la pequeña, completando su transformación sin que se diera cuenta.

Ella atravesó la nebulosa hasta llegar a la cima de la montaña. De pronto, al mirarse con detenimiento, se dio cuenta de que sus bracitos eran pigmentados y delgadísimos al igual que sus piernecillas, y que tenía una rojiza cola recta y larga. En su espalda lucia un par de hermosas alas transparentes con bellos bordados en dorado, y sus ojos eran violetas y gigantescos

—¡Soy una libélula. —gritó muy emocionada, zumbando sus perfectas alas y volando de arriba hacia abajo.

Unas lucecitas se le acercaron y se dejaron ver: eran otras libélulas, una azul y una verde; papá y mamá quienes le dijeron:

—¡Caíste al precipicio! Y mientras caías, perdías tus alas, tu cola, y tu forma. Nosotros nada podíamos hacer. Dicen que las libélulas que caen de este paraíso se vuelven humanas y jamás recuerdan lo que fueron —agregaron.

Ella, muy feliz, abrazó a sus padres.

—¡Mi familia! ¡Al fin con mi familia! —exclamó.

El cielo, que había seguido a Ella durante su travesía de regreso a casa, le obsequió la luna y el parpadear de las estrellas más brillantes.

Aquella noche, las libélulas organizaron una gran fiesta para celebrar el retorno de Ella, la libélula que casi fue niña.

(*) Eleana Saldadarriaga Correa (Piura, 1972). Escritora.