El yunque de la romana / Por Renato Rodríguez
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POR Renato Rodríguez García (*)
La primera vez que utilizó la máquina salió sonriendo a todos, ellas lo vieron con esos ojos de felicidad, dobló la esquina y desapareció, desapareció por una semana, el lunes ya estaba nuevamente subiéndose a ese armatoste que parecía un robot, que él creyó ver que tenía un ojo rojo que lo miraba atentamente, mientras todo esté bien, no hay problema de que me observe.
Las chicas detrás del mostrador lo veían con curiosidad las primeras semanas, todo era ritual, él llegaba a eso de las 8 de la noche cargando una mochila de color negro, la cual, antes de subir a la máquina, colocaba la mochila encima de una pequeña mesa blanca cercana conjuntamente con su celular, llaves, monedas, sus lentes y otros objetos que consideraba deberían ser puestos allí. Las chicas veían la ruma de objetos en esa mesa y que semana a semana; iba formando cada vez que llegaba ese muchacho; algo así como una cortina, de esas que utilizan allí para que puedan colocarte una inyección con cierta privacidad.
Ya después de semana, se hizo habitual verlo a las 8 de la noche, colocando meticulosamente sobre la mesa los objetos, ahora más abultados y voluminosos, las chicas no se dieron cuenta del cambio en las facciones de su rostro, nadie se dio cuenta, ni siquiera el vigilante que lo miraba con cierta desconfianza, hasta que desaparecía con los bultos de su pared imaginaria.
Salió sin mirar a nadie, estaba disgustado, agarró como pudo sus cosas, sus prendas y salió caminando frente al mostrador donde las chicas vendían sus productos sin mirarlo, allí fue que el gordito de la moto lo miró fijamente y notó que algo no andaba bien, el muchacho después de haber subido a la máquina, trataba de apretar su estómago hasta ponerse rojo y cuando salía el papelito de los datos, lo despedazaba con una ira profunda y muda, ese robot lo miró con sus ojos rojos que no engañan y él apretaba más sus tripas odiosas.
Llovía aquel lunes y las chicas habían colocado cartones a la entrada del negocio para que las pisadas de los clientes no ensucien el piso.
Cada paso que daba el muchacho aquel lunes de lluvia era cada vez más lento, como si hubieran metido en sus zapatos tres yunques de acero fundido, pero él no se quitó los zapatos, se quitó la correa de su pantalón negro, en su camino vio pasar dos jóvenes corriendo como plumas, se secó el rostro, se limpió sus ojos que veía con envidia a esos jóvenes tan ligeros, apretó el estómago y se dirigió como todos o quizás este lunes era diferente por lo de los yunques.
Ahora si, es comprobado que nadie lo vio llegar, después de lo ocurrido, las chicas, el vigilante y el gordo de la moto se pusieron a tratar de encontrar alguna respuesta a lo ocurrido.
Él se paró frente a la máquina, se quitó la mochila y otras cosas usuales, aunque ese día estaba lloviendo y era raro, porque no era su época, se subió y en sus ojos brotaba desconcierto, el ojo rojo se activó, y la balanza mostró los cien yunques que lo pusieron en un estado de febril agitación, se quitó un yunque, se quitó la gorra, se quitó su corbata prestada, se quitó su pantalón y su calzoncillo y calato volvió a subir a la balanza, su mano temblaba terriblemente al colocar en la ranura una moneda de un sol, la máquina se la tragó y arrojó en respuesta la desquicia de ese muchacho, que cogió del cuello a esa balanza maldita y la ahorcó con su cinturón que apretaba sus tripas, allí, subido en la balanza, cómo un condenado a la horca, miró a las chicas con un profundo desamor.
(*) Renato Rodríguez García es periodista y escritor. Ha publicado los poemarios «Bizarro» (2015) «Escalpelo» (2023), el libro de crónicas «Trujillo, mon amour» (2023) y la novela «El perseguidor de lo invisible» (2024). Es columnista de Río Hablador (ver aquí).

