CRÓNICASLETRAS

Doña Amparo / Por Renato Rodríguez García

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ESCRIBE: Renato Rodríguez García (*) / ILUSTRACIÓN: Edward Munch, «Separación».

Ese día trágico, Doña Amparo salió de su casa exactamente a las diez de la mañana, como siempre. Se alegró de haberse puesto sus zapatillas que su hija le regaló por su cumpleaños, eran muy cómodas para caminar y no le molestaban sus juanetes – cosa rara – todas las zapatillas anteriores las había regalado justamente porque le hacían doler esa parte de sus pies que siempre quería esconder. “Dirán que soy muy vanidosa”, pensó, “pero soy idéntica a mi madre”. Y por un momento se puso triste al recordarla o quizás fue por lo terrible que pasaría – no lo sé – Doña Amparo creyó despejar esa tristeza leyendo los titulares de los periódicos, pero, cómo siempre, son puras malas noticias sentenció – y se le vino a la mente y susurró: “Que son los Heraldos Negros que nos manda la muerte”.

Su sueño era normal, se levantaba a media noche a orinar y lo más rápido posible regresaba a su cama que ya se había enfriado – este invierno es más frío – se envolvía en su manta hasta las 6 de la mañana en que se despertaba – Doña Amparo es un relojito – media hora más tarde recibía la llamada de su hija que le recordaba que tomara sus pastillas a la hora – por favor mamacita – ya, ya déjame de tratarme como a una niña, respondía, haciéndose la enojada, porque ella nunca se enoja – es un pan de Dios – cómo le dicen en su barrio cuando alguien pregunta por ella.

Juan odiaba las mañanas, se había levantado con una resaca que era su día a día. Tenía que salir a trabajar para poder… “tomar en la noche”, eso es lo que hubiera querido pensar – pero no – tenía que salir a trabajar para depositar la mensualidad de su hija, estaba retrasado y su exmujer le reventaba el celular todos los días. Ese día se puso a trabajar sin desayuno.

Se alegró Doña Amparo porque a las 11 en punto la llamaría su primogénito – su preferido sonrió pícaramente – revisó su celular, vio la fotografía de su familia en la pantalla, todo estaba correcto. Sus zapatillas blancas se confundieron con el color del cruce peatonal, el semáforo les daba pase, una nube pasó muy cerca del sol y ensombreció la mañana.

«¡Eres un criminal! ¡Te has pasado la luz roja, desgraciado!» – Juan, con esa mirada oscura no parpadeaba. «¡Eres un criminal!», le decía la multitud que se acercó a ver lo que pasaba – mientras Doña Amparo, con un brazo ensangrentado, tendida en el duro asfalto trataba de encontrar su celular en su bolso. Su hijo la llamaría y no quería preocuparlo si no contestaba, pero nunca pudo responder, sus ojos se cerraron tratando de encontrar una respuesta a lo que había pasado.

Juan miró que el parabrisas de su carro estaba roto y pensó en cuánto le iba a costar, no le interesaba que Doña Amparo estuviera muerta – lo que trataba de encontrar es como haría para llamar a la familia de la atropellada – le dijo su abogado que dijera – para que le pagaran los daños de su carro, no tenía ni un remordimiento por haberse pasado la luz roja, lo que si arrepentía era porque no había sido más rápido en darse a la fuga – aunque pensó. «En este país», pensó, «es más fácil que el atropellado te pague los daños de tu carro a que vayas a la cárcel», tras lo cual se fue a tomar desayuno en el quiosco de la esquina y de paso vería los titulares de los periódicos el muy desgraciado.

(*) Renato Rodríguez García es periodista y escritor. Ha publicado los poemarios «Bizarro» (2015) «Escalpelo» (2023), el libro de crónicas «Trujillo, mon amour» (2023) y la novela «El perseguidor de lo invisible» (2024)Es columnista de Río Hablador (ver aquí).