Adolescente amor / Carlos Varas
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ESCRIBE: Carlos Varas Príncipe (*) / ILUSTRACIÓN: Freepik, generada con IA
Caminaba con paso apresurado para tomar el micro que lo llevara a la casa de Antonio, allá en la urbanización Mochica. Caminó hacia el paradero. Ya en la esquina revisó su mochila para ver el folder con sus poemas. A él le gustaban los poemas. Había leído algunos libros de poesía, pero un día quiso hacer los suyos. De los poemas que había leído, varios de ellos tenían versos que coincidían con sus sentimientos, con sus emociones y sobretodo con sus deseos. Aquellos que sentía ardorosamente por la chica que vivía a la otra cuadra de su casa.
Sin embargo, él no quería sentirse interpretado. Quería expresar con sus propias palabras, los sentimientos que le provocaba la presencia de aquella chiquilla. Ya había escrito cinco poemas dedicados a ese amor que por ahora era platónico, porque solo la miraba y la miraba cuando Celia iba a ver a una amiga que vivía a dos casas de la cual él vivía. Revisó el fólder y los poemas estaban allí. Cuando cerró su mochila con sus tesoros en letra, vio que venía el micro. Levantó la mano, miró un asiento vacío y se sentó allí. Avanzando algunas cuadras, el micro ya estaba lleno, casi repleto. Una imagen muy parecida a la época del transporte de los años ochenta cuando los micros muy llenos de pasajeros, el cobrador se permitía subir gente al carro apretujándolos, llevándolos colgados en la puerta, agarrados fuertemente unos de otros. Ante esta situación, nuestro adolescente poeta se ubicó en un espacio cerca al chofer.
—¡Avancen, avancen, al fondo hay sitio!
Era el conocido grito del cobrador que empujaba a los pasajeros hacia el fondo del micro.
—¡Avancen, avancen, al fondo hay sitio!
—¡Ya no hay sitio compare! Dijo uno de los pasajeros.
—¡Vayan al fondo, dejen espacio para los que suben!
—¡ Ya te dijeron que no hay espacio pe loco! Dijo un muchacho con una voz escondida entre los pasajeros.
—¡Sí hay! ¡Dejen el espacio del centro para que pasen!
—¡Oe sapo. ¡Ven date una vueltita, a ver si pasas! Dijo otro airado pasajero.
Esta última expresión causó risotadas en los pasajeros, en el mismo cobrador y el chofer.
—Me agarro este on, dijo el cobrador.
—Ya, ya cierra la puerta, dijo el chofer.
Erick miró por la ventana. El micro ingresaba a la cuadra donde vivía Antonio.
—¡Bajan en la esquina! ¡Bajan!
Sacó del bolsillo su sencillera y pagó su pasaje. El micro paró y Erick bajó rápidamente. Acomodó su mochila y se dirigió a la casa de su amigo.
Antonio ya había preparado el ambiente para esa tarde. Se habían conocido, junto a otro animado escritor, en un concurso literario organizado por entusiastas estudiantes universitarios que se habían agrupado con el de nombre de “Café Literario”. El concurso se había desarrollado en el Teatrín de Humanidades de la Universidad Nacional de Trujillo. En el día final del concurso, los tres amigos esperaron con expectativa el pronunciamiento del jurado calificador. No fueron mencionados en los tres primeros puestos, ni en las menciones honrosas. Sin embargo, a la salida Antonio dijo que solo había sido el inicio de su carrera de escritores. Si había que mejorar, se haría cuando ellos mismos escucharan sus escritos. Esta era la primera reunión de esa naturaleza.
—Hijo ve que la sala esté limpia y ordenada. Tus amigos ya estarán llegando, dijo la mamá de Antonio.
—Si mamá. Todo ya está bien.
—Ding, dong, ding, dong. Antonio abrió la puerta.
—Hola Erick, pasa.
—Hola Antonio. Gracias.
—Siéntate en ese sillón.
—Gracias.
—Espera un momento. Voy a traer mi folder, dijo Antonio.
Mientras esperaba, Erick observaba la bonita sala. Tenía sencillos pero confortables muebles. En las paredes estaban unos cuadros con fotos que probablemente eran los padres de Antonio. Se levantó para ver más de cerca las fotos cuando…
—Ding dong, sonó el timbre de la puerta. Erick volteó la mirada y dudó en acercarse para abrir la puerta, pero…
—No te preocupes. Yo abro dijo Antonio que ya regresaba con su folder.
—Hola Diego, pasa.
—Hola Antonio.
—Allí está Erick. Siéntate en el otro sillón.
No se habían visto desde octubre del año pasado. Se habían comunicado por WhatsApp, llamadas de celular y dos veces en video llamadas para compartir escritos y confiarse inquietudes sobre las chicas que conmovían sus corazones.
—Qué tal. ¿Cómo culminaron sus estudios?, dijo Antonio, iniciando el diálogo.
—Yo bien. Aprobé casi todos los cursos. Solo saqué B en educación para el trabajo porque en el último bimestre la situación económica en mi casa bajó. Mi mamá se enfermó y estuvo un mes en reposo con tratamiento médico. Dijo Erick. El profesor de EPT era exigente. Rápido te descalificaba por no traer los materiales, continuó diciendo.
—Yo también saqué B pero en inglés, dijo Diego.
—A caray. Yo si tuve mejor suerte porque aprobé todos los cursos con A.
—Es que tú eres chancón, dijo sonriendo Diego.
—Jejejeje nooo. Es la costumbre de estudiar. Mis padres siempre me exigían desde la inicial. Aunque en Segundo de Secundaria me fueron dejando solo.
—Oigan y ¿A qué hora leemos nuestros escritos?, dijo Erick.
—Verdad. Disculpen amigos. A ver ¿quién empieza? Preguntó Antonio.
—Yo, dijo Erick. Quiero saber cómo me quedó un poema que recién escribí para una chica bonita de mi barrio. A ver escuchen:
—A la yala. Ese sí que esta bravo. Ese ya no es un amor platónico. Es una relación efectiva, exclamó Antonio.
—Tú sabes mi bro…jejeje respondio Diego.
—Mira pues hasta donde llegó mi causa. Mensito, mensito pero llegó derechito, comentó Erick.
—Jejejeje. Ese poema lo hice en las vacaciones del año pasado. Yo tenía una enamorada que me la presentaron cuando fui a jugar con la selección de mi colegio al José Olaya de la Esperanza. Jugamos tres partidos. Ella era de la barra de su colegio. Desde que me la presentó un amigo del colegio Olaya, nos veíamos por Pizarro en Trujillo. Para las vacaciones fuimos tres veces a Huanchaco y en la última salida a la playa, le leí este poema. Le gusto y me pidió que le regalara y yo le di.
—Ahora tú, Antonio. Te toca a ti.
—Bueno no hago poemas como ustedes. Hago escritos como los que presenté en el concurso. Creo que le llaman crónicas. Les leeré:
“En aquellos años, cuando vivía en la casa de mi abuela, en el pueblo de Cartavio, con mis amigos íbamos por las tardes a la Escuela de Mujeres ubicada en la Calle Real. Nos trepábamos a las ventanas para mirar a las chicas que nos gustaba. Ellas sabían que a esa hora apareceríamos para mirarlas. Siempre veíamos su sonrisa y sus comentarios en voz baja con sus compañeras de asiento. Cuando alguna profesora se molestaba, mandaba cerrar la ventana. Otras veces el guardián nos corría con un palo. Eran los primeros brotes de atracción por el sexo opuesto como se decía en aquel entonces.
El año pasado fui a pasar vacaciones nuevamente al pueblo de mi abuela. Esta vez la cosa fue más seria. Era lógico por la edad que ya tenía. Todavía recuerdo claramente a Lorena. Sobre todo, cuando ese día me pidió que la acompañara al mercado. Vestía falda negra, blusa celeste. Su cabello cortado a la mitad de su cuello, cogido con un prendedor metálico en el lado izquierdo. Siempre tenía una sonrisa inacabable. Su mirada era vivaz. Cuando ingresamos por una de las calles hacia el mercado, nos encontramos solos. No pude evitarlo. La tomé de un brazo. Ella se sorprendió. Me miró. Yo la besé suavemente. Otra vez la miré. Nuevamente la besé. Ahora ella me abrazó. El beso fue más largo. Más consentido. Finalmente nos separamos y continuamos el camino. Esta vez tomados de la mano.”
—Ha, ha, ha, haaaa, hermosos recuerdos de amoooorrrr, dijo Diego.
—Jejeje, no te vaciles de Antonio, reclamó Erick.
—No, no, no. Si me conmovió, respondió Diego. Pero veo que lo que escribimos habla de amores pasados, culminó.
—Buen será para ustedes. Creo que ahora me toca a mí, hacer realidad mi amor. Desde mañana intentaré declarar mi amor a Celia, dijo Erick.
—Bien, bien hermano, dijo Antonio. Si no lo intentas no podrás experimentar.
—Diego se levantó, abrazó a Erick y tocándole la cabeza le dijo: te doy mi bendición.
—Ya, ya no seas chistoso, respondió Erick
—Jejejejeje, tómalo por el lado amable, dijo Antonio y prosiguió: creo que hay que intentar escribir mejor. Este año en mi colegio, para setiembre va a ver un concurso literario. El profesor de Comunicación me dijo que participe. Dijo también que después del concurso interno van a invitar a otros colegios.
—Que bacán. En mi colegio no hacen esos concursos, expreso Diego.
—Pero el Acharan es un buen colegio, afirmó Erick.
—Bueno muchachos. Ha sido una reunión excelente. ¿Qué les parece si la otra semana nos volvemos a reunir? Dijo Antonio como dando como concluida la reunión.
—Que sea sábado por la tarde. Es mejor. Tenemos más tiempo, reclamo Diego.
—Erick afirmaba con la cabeza.
—Quedamos entonces: sábado por la tarde, dijo Antonio.
Se levantaron para despedirse, cuando nuevamente la mamá de Antonio ingreso a la sala y dijo: llévense esos panes y las galletas para el camino. Que les vaya bien. Lleguen temprano a sus casas.
Gracias señora, dijo Erick y despidiéndose de Antonio, tomo posición para salir. Lo mismo hizo Diego y salió junto con su amigo.
Antonio recogió su folder con sus escritos y pensaba como sería si llegaran a ser escritores del amor. Cuantos seguidores tendrían. Cuantos libros publicarían y cuantos viajes harían para difundir su arte…
Sí pues, después de los trágicos años de la pandemia del COVID-19 que tiñó de negra muerte al mundo, derribó toda esperanza y mirada de futuro, extendiendo un manto de frustración e inseguridad la vida de los seres humanos, el año 2023 se presentaba como una inmensa puerta de oportunidades y caminos para transitar hacia el alcance de anhelos y sueños. Sobretodo sueños que aun resistían en la mente de niños y adolescentes pese al progresivo embate de los celulares, laptos y computadoras, que, abastecidas por los contenidos de google, Facebook, youtube y la naciente IA, iban reduciendo los espacios de soledad productiva de imágenes de nuevas formas de vida y de nuevos mundos. Todavía quedaban tiempos y espacios para idealizar e imaginar una vida diferente y feliz en el futuro, y había que escribirlas apuradamente en el papel en diversas formas, para evitar que esos sueños se pìerdan ante una nueva tragedia. Nuestros verdes escritores adolescentes se sentían llamados a ser las voces de los nuevos mensajes de esperanza y amor para el mundo que empezaban a vivirlo a sus nacientes años.
(*) Lic. Carlos M. Varas Príncipe, escritor y docente, profesor del Colegio Nacional San Juan de Trujillo. E-mail: politikhus50@gmail.com . Es autor del libro «Calín y el discurso por la patria» (Trujillo, 2021). Sus artículos también se han publicado en los diarios «Últimas Noticias» de Pacasmayo y «La Industria» de Trujillo. Es columnista del diario digital Río Hablador (Lima).
CARLOS VARAS EN RÍO HABLADOR
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