García Márquez: un deicida entre sus dedos / Renato Rodríguez
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ESCRIBE: Renato Rodríguez García (*) / ILUSTRACIÓN: Ken White
Páginas enteras de un tirón, sin puntos ni comas, como una orgía perpetua en el tiempo de los años del vómito negro, así es García Márquez en El otoño del Patriarca, simplemente magistral. Sin puntos ni comas, pero con un lenguaje repujado cuando lo amerita, sin puntos ni comas, pero con su sabor caribeño, sin puntos ni comas, y sin nombre del personaje principal – el dictador- quizás porque éste nunca aprendió a escribir, y lo que balbuceaba en las postrimerías de su amor de senectud es: “Mi ma-má me mi-ma”.
«Leticia Nazareno le puso el abecedario en las manos de verdugo, le señaló las letras como si le enseñara a un niño, y él, que había firmado sentencias de muerte con una cruz, empezó a descifrar sílaba a sílaba su propio nombre, que ya ni recordaba, mientras afuera los pájaros del poder cantaban versos de mentira.»
«Aprendió a leer cuando ya no servía para nada, cuando descubrió que las palabras no decían la verdad, sino la versión más conveniente de quienes lo mantenían en el trono.»
Las imágenes aparecen como gotas de lluvia, una más fascinante que la otra, como un aguacero de la guajira, en donde el mar de la novela podría ser vendido en el año del cometa y para refrescar la nostalgia de los recuerdos trajeron un ventilador que hacía los sonidos exactamente iguales a los del mar ido o vendido a los gringos quienes se lo llevaron en pedazos a Arizona medidos en galones y tasados a precio del mercurio.
«Firmó el decreto de venta del mar en una ceremonia grotesca: lo midieron por galones, lo tasaron al precio del mercurio, y los enviados del imperio se lo llevaron en buques cisterna, dejando atrás un desierto de sal y camareros sin trabajo.»
Ahora los ventarrones de arena salobre del desierto que dejó el mar enajenado recuerdan el tiempo estático de las manecillas de la Iglesia que el Tirano había mandado por decreto detener, para que su vida fuera eterna, era como si el día anterior debiera ser igual al de pasado mañana para que su poder mantenga el orden de firmar decretos con una cruz los cuales años después servirían para envolver pescado fresco del mar que nos dejó.
«Era tan viejo que ya no le quedaban ojos bajo los párpados, pero seguía en el poder como un monumento a sí mismo.»
Dormía en el suelo boca abajo con su manita de porcelana donde se apoyaba su cabeza de cuervo sagaz que la vida le enseñó a capear y no la escuela, porque los que estudian sólo les sirve para conspirar con el gobierno elegido por el pueblo amado, sacrificado y amordazado.
Yo estoy plenamente seguro y de ello puedo dar fe, porque he leído la novela todos los días de mi vida incluso cuando estoy durmiendo y nadando en el mar que se fue, que cada letra unida en palabra y hecha luz en oraciones y conjugada en párrafos enteros de catarsis febril como el calor adulador del Caribe y los sieteaños que dicen que el genio de García Márquez la escribió, es una obra de arte inmortal, de las que nacen cada «Cien años… de soledad».
(*) Renato Rodríguez García es periodista y escritor. Ha publicado los poemarios «Bizarro» (2015) «Escalpelo» (2023), el libro de crónicas «Trujillo, mon amour» (2023) y la novela «El perseguidor de lo invisible» (2024). Es columnista de Río Hablador (ver aquí).

