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Corrupción en América Latina: la herida que no cicatriza / Raúl Allain

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ESCRIBE: Raúl Allain (*) / ILUSTRACIÓN: elcato.org

Hablar de corrupción en América Latina no es descubrir la pólvora. Es, más bien, describir una herida abierta, visible y profunda, que todos reconocemos pero que, por más discursos y promesas, nunca termina de cerrarse. Lo más triste es que ya forma parte del paisaje. Como sociólogo y periodista, me impresiona la naturalización del problema: la gente ya no se sorprende cuando estalla un escándalo. Apenas comenta con resignación un “ya sabía” o un “todos roban”. Esa indiferencia, esa aceptación pasiva, es quizás el síntoma más alarmante de todos. Porque cuando la indignación se convierte en rutina, lo que muere en silencio es la esperanza de cambio.

Los ejemplos abundan, y atraviesan partidos, ideologías, generaciones. Nadie puede decir que la corrupción es monopolio de un sector político. Desde presidentes caídos por sobornos hasta alcaldes que desvían fondos destinados a hospitales o colegios. Hace poco, un conocido me contaba con rabia cómo en su distrito inauguraron con bombos y platillos una posta médica que, al poco tiempo, ya no tenía ni gasas ni antibióticos. El dinero, se supo después, había inflado contratos y llenado bolsillos privados. Lo grotesco de estas historias es que, detrás de cada cifra desviada, hay vidas concretas que sufren. Un hospital sin recursos no es solo una estadística: es una madre que no recibe atención en su parto, es un anciano que espera meses por un examen básico.

Lo más duro, quizá, es que la corrupción no solo roba recursos materiales; roba confianza. Y cuando la ciudadanía deja de creer en sus instituciones, lo que aparece es un vacío peligroso. En ese vacío caben el populismo, la violencia y la apatía cívica. Uno lo nota en las conversaciones cotidianas: la gente no discute tanto de propuestas como de quién “va a robar menos”. Esa frase, repetida hasta el cansancio en mercados, taxis o universidades, refleja una derrota colectiva. Es como si hubiéramos renunciado a la posibilidad de un liderazgo honesto y solo aspiráramos a que el saqueo sea “moderado”.

Algunos defienden la idea de que la corrupción es casi un “mal cultural”, una costumbre arraigada en la forma de hacer política en América Latina. Yo prefiero pensar que es una práctica que se ha vuelto costumbre, pero no un destino inevitable. Decir que “siempre será así” es lavarse las manos. Sin embargo, también es cierto que la corrupción no nace solo en la cúspide del poder. Germina en las “pequeñas trampas” del día a día. Desde el funcionario que pide una coima para acelerar un trámite, hasta el ciudadano que la paga sin denunciar porque “es más rápido”. Esa normalización es tan corrosiva como los grandes desfalcos. Legitima lo ilegítimo.

El caso Lava Jato es quizá el mejor ejemplo de que la corrupción en nuestra región no es un fenómeno aislado, sino una red trasnacional. Empresas que compraban conciencias, políticos que aceptaban sobornos y proyectos millonarios que se inflaban como globos hasta reventar. Lo impactante fue descubrir que los mecanismos eran casi idénticos en países distintos, con presidentes de ideologías supuestamente opuestas. Eso mostró que, cuando se trata de dinero fácil y poder, las banderas políticas poco importan.

Pero más allá de los grandes titulares, lo que hiere a las sociedades latinoamericanas es la sensación de impunidad. ¿De qué sirve que un fiscal presente pruebas contundentes si, al final, el acusado logra salir libre por tecnicismos legales o por un tribunal que actúa con sesgo? Esa impunidad es un mensaje devastador: que robar al Estado, en el fondo, no tiene consecuencias reales. Y cuando los jóvenes crecen viendo que los corruptos se reciclan en nuevos cargos, el mensaje que reciben es cínico pero efectivo: “si todos lo hacen y nada pasa, ¿por qué yo no?”.

Como sociólogo, me pregunto hasta qué punto la corrupción se convierte en un espejo de nuestras propias contradicciones sociales. En sociedades donde la desigualdad es tan marcada, muchos justifican el robo como “una forma de equilibrar la balanza”. Y en contextos de pobreza, aceptar una dádiva a cambio de un voto puede parecer, para algunos, un mal menor. Es doloroso reconocerlo, pero la corrupción también se alimenta de la desesperación cotidiana.

No obstante, tampoco todo es resignación. Hay ejemplos de resistencia que pasan desapercibidos: comunidades que fiscalizan obras públicas, periodistas que se juegan la vida denunciando irregularidades, organizaciones civiles que presionan para que las leyes anticorrupción no queden en letra muerta. Lo que falta, creo, es conectar esos esfuerzos dispersos en una corriente más amplia que logre romper el círculo. Porque la indignación en solitario sirve de poco; lo que cambia las cosas es la presión colectiva.

América Latina arrastra esta herida desde hace décadas, y lo que falta no es diagnóstico —de eso hay bibliotecas enteras— sino decisión real para actuar. Decisión política, pero también cultural. No basta con que caigan algunos peces gordos si la ciudadanía sigue tolerando las pequeñas mordidas. No basta con indignarse en redes sociales si después se aplaude a un político corrupto porque “hizo obra”.

La corrupción es una sombra que se extiende sobre todo el continente, y mientras siga siendo vista como un mal inevitable, seguirá creciendo. No distingue colores políticos ni fronteras; devora democracias, economías y sueños colectivos. Quizá el primer paso para cicatrizar la herida sea dejar de aceptar la corrupción como destino y empezar a tratarla como lo que es: una enfermedad social que podemos, y debemos, combatir de raíz.

(*) Escritor, sociólogo y analista político. Consultor Internacional en Derechos Humanos para la Asociación de Víctimas de Acoso Organizado y Tortura Electrónica (VIACTEC).