Reflexiones en torno a la violencia juvenil / César Torres Romaní
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ESCRIBE: Dr. César H. Torres Romaní (*)
El fenómeno de la violencia juvenil es una expresión de la imperfección y de las contradicciones de nuestra sociedad.
La sociedad representa un problema para muchos menores, porque le presenta modelos educativos deshumanizantes y egoístas. En materia económica, la pobreza que linda con la miseria propicia la baja autoestima y el conflicto, el desempleo frustra la autorrealización. Estas imperfecciones deben combatirse por medio de la escuela y política social coherente con la dignidad humana y no por medio de las prisiones, la falta de horizontes de oportunidad propicia la violencia que parte de los hogares y escuelas, donde es común encontrar crisis conyugales, económicas, estrés, carencia de afecto, autoritarismo paterno basado en la idea de que los hijos son propiedad de los padres, maltrato a los estudiantes, escasa oferta de módulos adecuados de conducta, ausencia de una idea clara del sentido de la vida y del marco legal institucional que atienda las necesidades y promueva los derechos de quienes constituyen el grupo mayoritario de la población.
El origen de que un niño o adolescente sea infractor o no lo sea, básicamente está en el grupo adulto que ha canalizado adecuadamente o no su conducta, su forma de comportarse y en los valores culturales que sostiene. El padre que castiga al niño, normalmente está reconociendo su propio fracaso, la sociedad que castiga al niño o al adolescente, está también reconociendo su fracaso. Cuando se produce un hecho violento, un hecho que agrede a la sociedad sea por un niño o adulto, la reacción inmediata es represiva, carente de mecanismos efectivos de prevención y de reeducación a fin de que aquel que ingresó al sistema no salga perjudicado y por el contrario pueda beneficiarse de algunos aspectos que garantizan su reinserción como elemento útil. Ejercer la violencia habla de una escasa capacidad de reconocer los derechos de los demás y de una inseguridad que se expresa en la necesidad de dañar a otros.
Los agresivos y violentos contrastes sociales y culturales en el escenario de la ciudad, entre una ínfima minoría social que vive en la opulencia y una inmensa mayoría social que vive en la precariedad, pobreza y extrema pobreza, se convierten en la raíz profunda, sociocultural de la violencia por la violencia misma. Un número importante de niños y jóvenes que viven en el desarraigo familiar, el escaso y casi nulo control de las emociones, las confusas ideologías progresistas de género y Woke (impulsadas desde los centros de poder), la desorganización familiar y comunal, y, el futuro social bloqueado…. caen en la infracción y el delito.
Nuestra ciudad es entonces el escenario principal del crimen violento. En los barrios populares existe una realidad de pobreza, marginación social, así como una alucinación, una alucinación preadolescente manipulada por la sociedad de consumo con sus proyectos de vida frívolos, estilos de vida en los que se prioriza la sensualidad y la falta de decoro, el facilismo y el menosprecio de los valores, así como, estereotipos ajenos que lanza a los jóvenes, casi niños, al desconcierto, a la infracción y al delito; no hay oportunidades de empleo, de trabajo… para qué estudiar, si personajes con escasa educación y sin mayor mérito ni decoro mostrando sus desnudeces, gozan del favor publicitario y holgada economía…. En la alucinación hay una falsa salida, una evasión de la realidad, por eso la inmensa mayoría fracasa: No nacimos para vivir sino para morir es el mensaje que nos transmiten, pues, la violencia, el alcohol, las drogas, el sexo, la vida desenfrenada, el consumismo irracional, conducen inevitablemente a la destrucción.
Necesitamos hoy sensibilizar y lograr compromisos comunitarios allí donde está el grupo de jóvenes violentos, compromiso comunitario; allí donde se están desintegrando los grupos familiares que en lugar de aislarse de su comunidad, puedan encontrar nuevos componentes para fortalecer sus vínculos en la propia comunidad. Compromiso y acción frente a las ideologías que desnaturalizan a la persona humana y la familia en la etapa más crucial y vulnerable de su desarrollo. Las estrategias nacionales no pueden ignorar la focalización concreta y específica de cada lugar, resulta imprescindible sensibilizar la atención prioritaria y propiciar el entendimiento nacional de esta cuestión que involucra a toda la sociedad.
Necesitamos avanzar seriamente con programas que cambien la realidad difícil y compleja que hoy tenemos. No sólo debemos mirar en la adolescencia y juventud las dificultades que presentan para integrarse en la sociedad en este tiempo que le toca vivir, si no que tenemos que mirar al conjunto del mundo adulto para que revise sus actitudes ante ellas. Es necesario recorrer caminos operativos, prácticos, concretos, que vinculen a la realidad de cada lugar con su entorno, con sus actores naturales con sus instituciones, comprometiéndolas en un programa que responda a su peculiaridad.
No debemos permanecer indiferentes, es necesario que la comunidad nacional y local se comprometa con realismo y creatividad para elaborar y llevar a cabo una política nacional de seguridad pública e integral, focalizada en la prevención de la infracción y el delito en la niñez y la juventud. El entorno comunal es decisivo para la prevención y rehabilitación del niño y del adolescente, los gobiernos locales, a través de su política de seguridad ciudadana y de las defensorías municipales tiene responsabilidad específica. Asimismo, los comités de autodefensa, los clubes y las iglesias tienen un papel fundamental en la prevención.
El ataque a la violencia con mecanismos unilaterales, policiales, restrictivos, dogmáticos o reglamentaristas, demostró no ser eficiente, seguro y suficiente. Es necesario analizar las causas que las motivan y trabajar desde ellas, generando espacios activos que tengan como objetivo adecuar la noción de integración social a la capacidad de una sociedad de construir una ciudadanía activa, de difundir una cultura de solidaridad entre sus miembros, asociado a una mayor y mejor calidad de vida.
No es ni será tarea fácil disminuir, ni a largo plazo desterrar este problema, es preciso aunar esfuerzos, coordinar acciones, generar nuevas oportunidades fundadas en políticas que se inscriban preferentemente en los niveles de la prevención primaria.
Se alía a los jóvenes no aceptando una falsa contradicción, en el que de un lado están los jóvenes y del otro lado la sociedad; se alía a los jóvenes para que la sociedad pueda mirarse a sí misma con mayor esperanza, se alía a los jóvenes promoviendo un mejor proceso de distribución de la riqueza que a su vez eleve el status social de sus familiares. Los jóvenes de hoy al no tener trabajo, carecer de posibilidad de acción cuando ven que sus padres no tienen empleo y los rodea la precariedad económica, están predispuestos a la violencia y la infracción.
Lugar de niños y adolescentes no es la prostitución, no es el trabajo precoz, no es la calle. El lugar del niño y del adolescente es la Escuela, donde se le formará para la justicia, la prudencia, la fortaleza, la templanza; es decir se le educará para construir una sociedad mejor, una cultura de paz. No se puede imaginar que la represión sea capaz de resolver estas situaciones que son de orden social, el Derecho Penal no está en la capacidad de solucionar las contradicciones sociales significativas. El objetivo de todo Estado democrático de derecho, debe ser el de instalar una sociedad libre, justa y solidaria. No debe recurrirse al sistema punitivo como salida mágica para resolver problemas que no tienen solución desde la ley penal, ni la demagogia.

En el caso extremo, el adolescente infractor debe tomar conciencia de que aquello fue un error, que no lo debe volver a cometer, la reinserción no se consigue en dos meses porque la autoridad judicial lo internó por dos meses, tenemos que convencerlo y motivarlo para que advierta de la magnitud de su error, del perjuicio que le acarrea y afirmar sus valores encausando sus energías como la fuerza para la autorrealización personal y social, no podemos plantear la reinserción social olvidando a la familia y a su entorno. Debe desterrarse el maltrato que exacerba los ánimos y desarrolla la agresividad.
Comprender que muchachos que nunca entendieron de orden, de justicia, de cordialidad, de convivencia deben comenzar a internalizar estas conductas que son la base de la vida comunitaria en la que la religión como fuente de valores tiene un rol importante. A través de los medios masivos de comunicación deben propalarse mensajes de paz, contraponer la cultura de la paz, a la cultura de la violencia.
Cuando se presentan graves conflictos sociales, la inclinación natural es exigir del Estado mayor represión penal. Esta confianza irracional en la eficacia de la represión penal es muy peligrosa, porque la represión nunca ha conseguido resolver los problemas, es una solución simplista, porque el delito es la culminación de complejos problemas sociales. Son pocos los delincuentes psicópatas que andan delinquiendo por hobby, normalmente el delito expresa la culminación de un agudo problema social y la verdad es que el derecho penal, poco tiene que hacer frente a esos conflictos tan graves. Frente a los conflictos el Estado, suele reaccionar endureciendo el sistema penal, creando más delitos y elevando las penas. Debe diseñarse e implementarse Políticas Sociales adecuadas en todos los campos que tengan relación con el fenómeno de la criminalidad juvenil, en el campo de la familia, de la educación, del trabajo, de la vivienda, del diseño urbano, de la cultura y de la recreación. No es cierto que los sistemas penales más duros, sean más eficaces en el control de la ciudadanía y no es verdad tampoco que los sistemas más liberales, sean menos ineficaces, no existe esa relación mecánica. La tasa de criminalidad no tiene que ver, contrariamente a lo que la gente cree, con el grado de represividad penal, porque el delito es un fenómeno complejo. El sistema penal tiene pocas oportunidades de resolver el conflicto que subyace al delito por eso tiene que ser utilizado como un recurso de última ratio.
Hay que ser generoso en el diseño y la implementación de salidas alternativas al juicio penal respecto a los menores; porque el proceso penal estigmatiza. Quienes ingresan al sistema penal son normalmente los estratos de la población que tienen más déficit social y que son más vulnerables a la acción del sistema penal. Tratándose de los menores, las penas y medidas que se les aplican tendrán un carácter dinámico, siempre es posible sustituir y es deseable que se sustituya una medida por otra, controlada con dedicación y sapiencia especializada, de acuerdo con el mérito de la situación particular.
No existen políticas ni estrategias de prevención en la violencia juvenil que no se integren, adecuen y surjan de las propias realidades locales en sus aspectos culturales, sociales, económicos, políticos. La violencia juvenil, grupal o individual, si bien causa perjuicio a terceros, altera el orden público y la paz social, clama una protección efectiva, que se fundamenta en el contexto socio familiar del actor, en medidas educativas, preventivas y terapéuticas, consecuentes con los derechos consagrados en la Constitución Política, Instrumentos Internacionales y Códigos especializados. En suma, que se direccione hacia la construcción de un proyecto de vida.
Es necesario ubicar con prioridad dentro de las decisiones del Estado el tema juventud y adolescencia. La prioridad no es solamente verbal, no es reclamando los derechos consagrados en los estatutos, códigos y constituciones como se logran establecer los mecanismos concretos para el ejercicio de los derechos subjetivos, se requiere un proceso de construcción permanente en el que la sociedad civil no puede ser indiferente a iniciativas fundadas en criterios técnicos y científicos adecuados. La movilización de la sociedad civil y la participación de la comunidad, constituyen un eje central, en la búsqueda de mecanismos que reduzcan el espacio de la violencia juvenil, esto significa definiciones políticas.
El eje es promover. ¿Promover qué? Promover derechos (prevención primaria), pero para promover derechos hay que crear condiciones adecuadas y estas condiciones tienen espacios que necesitan que el Estado intervenga, anticipándose al deterioro y los daños que van a ocurrir en la medida que no existan ámbitos de contención. Es indispensable el fortalecimiento familiar y la reformulación de los servicios educativos, multiplicando las oportunidades para los sectores juveniles más desprotegidos, implementando programas de fortalecimiento al desarrollo juvenil, es necesario cumplir el compromiso adquirido al firmar las convenciones y sancionar leyes en favor de este importante sector de la población.
Al trabajar sobre las zonas de mayor vulnerabilidad, frente a las características de la violencia juvenil, la primera tarea es la identificación de organizaciones sociales interesadas o con historia de trabajo con jóvenes en riesgo social, puede ser iglesias, instituciones, cooperativas, clubes, etc. Se les propone identificar grupos de alto riesgo, caracterizado por componentes jóvenes que no trabajan ni estudian, entre 14 y 20 años, con características de alta vulnerabilidad por circunstancias criticas familiares, por circunstancias de consumo de alcohol y drogas y de violencia reiterada. Estos grupos identificados, serán promovidos en el signo inverso de la pandilla brava, son una pandilla y son bravos, la propuesta es que sean bravos para servir a su comunidad es necesario reconocer sus características, hablar el mismo lenguaje que ellos y ponerse de acuerdo en nuestras mutuas responsabilidades, juntos proponemos y aceptamos una tarea, formulamos un proyecto con toda rigurosidad para que la entidad local lo presente ante el organismo gubernamental encargado del financiamiento, reconociendo en primer lugar el derecho a la participación plena de los adolescentes en su vida comunitaria. Es una obligación del Estado brindar los medios, recursos materiales y técnicos para que programas de estas características se puedan realmente implementar y no defraudar la expectativa social juvenil.
En el convencimiento de que en cada uno de nosotros está encendida la llama del amor y la solidaridad, los convoco a una cruzada de comprensión y afecto para aquéllos que se asoman a la vida y en su lenguaje desesperado nos reclaman paz frente a la violencia, comprensión frente a la intolerancia, calor humano ante la soledad material y espiritual, diálogo antes que silencio e intransigencia, acercamiento frente a la indiferencia, guía y consejo ante sus inquietudes… en suma, una mano amiga y fraternal que coja con firmeza las suyas que angustiadas buscan calor humano, hambrientas de afecto y llenas de soledad, para así juntos forjar una sociedad mejor, camino a la civilización del amor y la solidaridad donde el hombre sea el fin supremo.
(*) Dr. César Torres Romaní es abogado, ex docente universitario, conciliador extrajudicial y especializado en familia. Se desempeñó como Fiscal Superior Decano en la región La Libertad en la década del noventa.

