Calín y el sapo filósofo / Carlos Varas Príncipe
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ESCRIBE: Carlos Varas Príncipe (*)
Después de bañarse en la acequia, sacudió su cabeza y sintió que hilos de agua caliente salían de sus oídos. Se puso sus ropas y regresó a casa con sus amigos. La abuela había preparado “pepían de pavo” y una riquísima sopa de arvejas. Le gustaba mucho, porque la abuela le echaba bastante huevo. Los comió apresuradamente porque, después de ver “El Hombre de Acero”, debía regresar a la acequia con sus amigos, para jugar al “buceo” y pescar lizas, lifes y “picones” con “guaraca”.
En la hora indicada, salió de su casa rumbo a la acequia. Se había cambiado la trusa, por que la anterior se había roto por los continuos deslizamientos en la “resbalosa” que, a modo de tobogán, era una parte inclinada del canal de cemento, donde el agua corría rápidamente sobre un fondo suave de algas y moho, pero no exento de huecos y partes carcomidas por el tiempo y el agua.
La acequia no estaba lejos de la casa. Sólo había que cruzar las “enfriaderas”, el “pampón” donde se jugaba pelota y un cuartel de cañas. Había llevado su guaraca de jebe grueso y tenía los bolsillos llenos de piedras selectas. Llegó primero al lugar de la cita y se sentó a esperar. A esa hora de la tarde, el sol estaba en su cuarto menguante. Las cañas invitaban a saborear su excitante jugo y a tener una dulce espera, masticando y “remasticando” el rico bagazo. Miró de un lado a otro, afinó sus pupilas para avistar al “caporal” a un kilómetro de distancia. Al sentirse seguro, entró al cuartel y usando su pie, sus rodillas y la fuerza de sus manos, trozó cuatro jugosas cañas y los cargó para sentarse junto a la acequia. De rato en rato miraba cómo en las cristalinas aguas aparecían los brillosos lomos de las lizas y un poco más al fondo se deslizaban los resbaladizos lifes y sus primo hermanos, los “picones”. Estos últimos eran agresivos, y su picada producía fiebre por las noches. No intentó pescar alguno de ellos, por temor a espantarlos.
Además, capturarlos en grupo era más efectivo que hacerlo solo. La espera se hacía larga y sus amigos no llegaban. Sin embargo, la tarde si era puntual y se preparaba para dejar la posta a la noche. El muchacho entendiendo el cambio de turno, no esperó más. Se acercó a la acequia, mojó sus ondulados cabellos. Refrescó su trigueño rostro y se echó un poco más de agua a la cara, para aliviar el adormecimiento de sus mandíbulas, cansadas de masticar tanta caña. Sacó su guaraca, la cargó con el pétreo proyectil y apuntó. Hizo el estirón entre su ojo guiñado, la mira de sus dedos y el lomo de la liza. Al momento de tirar, el pez se hizo de costado, mostrando un hermoso plateado, azul y miró de reojo al cazador, como escondiendo su terror.
Parecía que aquel ojo dejaba escapar lágrimas de piedad, por un tiempo más de vida. Además, el cazador ya había saciado su hambre, ¿para qué matar? Titubeante, el francotirador dirigió su puntería hacia los “picones”. Estos, arremolinados unos con otros, apuntaban con sus pequeñas púas, en actitud de lucha y estoica defensa, contra el agresor. La expresión de aquellos rostros causó sorpresa al jovenzuelo. Sin embargo, no quería llegar a casa sin trofeo y estiró más el mortífero armamento. Pero la mirada fija y la actitud decidida de aquellos pequeños bagres, arrancaron un gesto de ruiseña pena en el atacante, que finalmente optó por bajar los brazos. Aquellos pequeños peces sintieron que la vida volvía al agua y en un agitado regocijo invitaban al cazador a una demostración de habilidades acuáticas. Las lizas comenzaron a realizar competencias de nado a contracorriente en la “resbalosa”, que tenía casi doce metros de largo y dos metros de plano inclinado. El sol aún tuvo tiempo de centellear con sus rayos, las escamas de los acrobáticos peces, que, al momento de dar vuelos entre el agua y el aire, despedían colores azul, plateado, oro, blanco y una combinación de todos ellos.
A su turno, los lifes hacían sus malabares en el fondo de la acequia, deslizándose ágilmente entre las algas y las piedras. Su aceitoso cuerpo les daba la capacidad de filtrarse por las brechas y pequeños huecos. Los bagres encambio, eran especialistas en desaparecer, hacerse “invisibles” al pegarse al fondo de la acequia, confundiendo su color tierra, con el color del barro ligoso.
Eran los brujos del agua. Aparecían y desaparecían por distintos lugares. Nadie se había dado cuenta, pero encima de una piedra, donde el trigueñito Calín y sus amigos se tiraban al agua, dando acrobáticos saltos, estaba un sapo. Este batracio tenía un aspecto serio y su sola presencia imprimía respeto, capturando la atención. Tenía un color arena con puntitos negros y marrones. De pronto el sapo tocó palmas y con voz grave y con autoridad dijo: “¡Muy bien, muy bien! La vida es bella cuando se junta a la libertad. ¡Pongan atención a lo que les voy a decir! Todos voltearon la mirada hacia el sapo. Este, acomodándose, tomando poses de intelectual y respirando un poco empezó a decir:
“La vida nos ha ofrecido hoy, un hermoso espectáculo. Un retoño del hombre ha gozado de la vida natural y de las habilidades de ustedes mis queridos coterráneos. Me felicito, porque estas circunstancias, han permitido ver cómo un rasgo de razón y de sensibilidad, ha preservado sus vidas para disfrutarlas un poco más. Razón y sentimiento, desplazaron al deseo egoísta de obtener un trofeo y de matar por matar. Hoy nos hemos hermanado.
El hombre y nosotros. Los seres silvestres como nos llaman ellos. Triunfó la razón, triunfó el amor. Sin embargo, llegarán los días cuando el dinero y la ganancia derrotarán a la razón y desplazarán al amor.
Entonces no moriremos por las piedras lanzadas por guaracas de adolescentes, sino que a nuestras aguas llegarán extraños líquidos venenosos y muchos de nosotros desaparecerán de estas deliciosas y cristalinas aguas. La mortandad será tanto, que nuestras especies estarán en peligro de desaparecer.
Pero el peligro de muerte trascenderá los límites de nuestro territorio. Por ser parte de la cadena alimenticia, muchos hombres morirán y sus hijos nacerán enfermos. Primero los débiles que viven alrededor nuestro y luego los que viven en la gran ciudad.”.
Al decir estas cosas muy serias, el temor cundió en el acuífero auditorio y sorprendió con gran preocupación a Calín. Este intentó cortar el discurso con una pregunta, pero una de las lizas, que pese a su mayor tamaño, se había escondido detrás de una fila de pequeños picones, quienes lejos de asustarse estaban terriblemente enojados contra lo que podrían hacer los humanos en sus frescas aguas, preguntó: -¿No habrá salvación para nosotros? ¿Llegará fatalmente ese día? El sapo, también preocupado y apenado por el profundo miedo de los habitantes de la acequia, pero sereno, siguió diciendo: “Más no pierdo la esperanza. Aún creo en la fuerza de la razón. Aún creo en el amor. Aún creo que el hombre no abandonará su humanidad. No querrá morir junto con nosotros.” Dicho esto, se dirigió al asustado Calin y le dijo: “Querido muchacho. Las circunstancias han puesto hoy, delante de tus ojos la misión: Luchar por el reencuentro entre el hombre y la vida natural. La posibilidad de una vida en común. De las decisiones que tomes en el futuro dependerá el carácter de tu generación.
Esperamos que la tuya no sea una generación desertora. Dirigiéndose nuevamente a los habitantes de la acequia, siguió diciendo: Mientras tanto disfrutemos el tiempo de nuestra vida, con la esperanza del mañana mejor”.
El sapo terminó su discurso. Se generó un momento de silencio. Pero luego recibió sonoros aplausos y vivas, seguido de ágiles saltos sobre el agua por parte del circunstancial auditorio, testigos de su elocuente discurso. Calin estaba shockeado. Luego haciendo señas con la mano izquierda, el sapo dio un gran salto y se perdió en el agua.
Para Calin, ésta tarde fue radicalmente diferente a todas las antes vividas. Nunca antes había experimentado tantas emociones juntas y en tan pocas horas. La expectativa del pescador y aventurero. La alegría fascinante de los juegos acrobáticos de los habitantes de la acequia y la profunda conmoción espiritual que le causó el discurso del sapo filósofo.
En el horizonte del tiempo, la tarde y la noche se daban la mano. Calín se despidió sonriente de las lizas, los lifes y de los “picones”, quienes en suaves movimientos y con rostro alegre, se deslizaban lentamente hasta desaparecer entre los matorrales y huecos del fondo de la acequia. Sin recordar que a ese encuentro debían haber llegado sus amigos y sin percatarse que ellos no habían respondido al acuerdo, inició el camino de regreso.
Habiendo avanzado un cuarto del camino, la guaraca de Calín cayó al suelo. No se sabe si por descuido o talvez porque él se avizoró en el futuro, a la vanguardia de una generación ecologista.
Cuando ingresaba a las primeras calles de su barrio, empezaban a encenderse las luces del alumbrado público, que en medio del oscuro nocturno creaban espacios de vida.
(*) Lic. Carlos M. Varas Príncipe, escritor y docente, profesor del Colegio Nacional San Juan de Trujillo. Este relato se encuentra en su libro «Calín y el discurso por la patria» (2021). E-mail: politikhus50@gmail.com

