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Necrandemio: cuando el poema escarba en el cráneo / Nivardo Córdova

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ESCRIBE: Nivardo Córdova Salinas (*) / ILUSTRACIÓN: Composición gráfica en base a imagen generada por Leyser Gonzales con inteligencia artificial.

Conocí la poesía de Leyser Gonzales Chumacero a través de esa zona de la escritura donde el lenguaje deja de ser un instrumento dócil y comienza a rebelarse contra quien lo utiliza. En sus libros anteriores —Inmelio (88 infinitos en la médula lisiada del ocaso) (2021), El festín de los venenos (2024) y Cuerpos volátiles (2025) y, ahora, Necrandemio (2026), publicado por Dendro Ediciones— ya aparece esa voluntad de llevar la palabra hacia sus límites, de explorar sus posibilidades y también sus zonas de sombra.

Leyser Gonzales Chumacero nació en Jaén, Cajamarca, en 1987, y su trayectoria poética ha recibido diversos reconocimientos nacionales e internacionales. Ha obtenido, entre otras distinciones, el primer lugar en poesía de los Juegos Florales Universitarios de la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo (2009), el “Huauco de Oro” (2022), el tercer lugar en el Concurso Internacional en Homenaje a Horacio Quiroga (2023) y fue finalista del XIII Concurso Literario El Búho (2025), con Cuerpos volátiles. Su poesía ha sido incorporada además al Mapa Literario Regional de Lambayeque.

Pero, más allá de los premios y de las referencias bibliográficas —necesarias para ubicar a un escritor—, lo que realmente importa al acercarse a su obra es comprobar qué está haciendo con la poesía.

Y eso es precisamente lo que me interesa de Necrandemio. Desde el título comienza el desconcierto. No parece una palabra encontrada, sino una palabra inventada. Un neologismo. Una criatura verbal. El libro mismo la acompaña con una especie de explicación que, en realidad, aumenta el misterio: “un demonio escarbando en mi cráneo”.

En Necrandemio, Gonzales Chumacero parece llevar esa exploración un paso más allá: ya no se trata únicamente de decir, sino de preguntarse cómo puede decirse aquello que todavía no encuentra una forma verbal estable. El título mismo parece participar de esa operación. No encontramos una definición convencional de “Necrandemio”; todo indica que estamos ante un neologismo construido alrededor de la raíz necro, asociada a la muerte, y de una presencia demoníaca que el propio subtítulo explicita: “un demonio escarbando en mi cráneo”. El término, por tanto, funciona menos como concepto cerrado que como criatura verbal, como una palabra que nace del propio laboratorio lingüístico del libro.

Y ese laboratorio es, precisamente, el cráneo. Desde las primeras páginas, el lenguaje aparece como organismo, materia biológica, herida y territorio de transformación. En el poema inicial, las sílabas incuban “un organismo microscópico”, mientras las palabras dejan de ser palabras para convertirse en “enjambres de sentido abortado”. Más adelante, el propio Necrandemio penetra en la cabeza del hablante y sustituye la palabra por algo situado entre el lenguaje y el silencio.

NECRANDEMIO: LA PALABRA COMO HERIDA Y COMO BÚSQUEDA

Aquí aparece uno de los grandes conflictos del poemario: la lucha por encontrar el lenguaje propio. El poeta parece desconfiar de la palabra heredada, de la sintaxis establecida, de la comodidad del significado. Escribir equivale entonces a una operación corporal dolorosa: arrancar, rasgar, diseccionar, amputar.

Pienso que allí está una de las claves del poemario. Leyser no parece estar buscando solamente temas para escribir poesía. Está buscando el lenguaje con el cual escribirla. Y esa búsqueda no es tranquila. Es una pelea. Una lucha cuerpo a cuerpo con las palabras, con la sintaxis, con la imagen, con el propio poema.

Por eso una de las frases que más me persiguió durante la lectura es: “cada verso es como arrancarse las uñas”. Hay algo brutal y verdadero en esa imagen. Escribir no aparece aquí como inspiración feliz, como iluminación repentina o como ejercicio de belleza. Es arrancarse algo de uno mismo. Es sangrar sobre la página. Es descubrir que cada palabra tiene un costo.

Y poco antes el poeta ha escrito: “dale un cuerpo a una palabra / y tendrás un demonio escarbando / en tu cráneo”. Entonces comprendo que Necrandemio no es solamente el nombre de un libro. Es el nombre de una experiencia.

El demonio está dentro del lenguaje. O quizá, para decirlo de otro modo, el lenguaje es el demonio que el poeta ha decidido despertar.

A lo largo de las páginas, las palabras se convierten en organismos, huesos, heridas, gusanos, sangre, órganos, cadáveres. Las sílabas incuban, las consonantes adquieren huesos, las palabras reptan. El idioma parece tener una biología propia. No estamos ante una simple utilización de metáforas oscuras: el poeta intenta construir un universo en el que lenguaje y cuerpo sean prácticamente la misma cosa.

El libro puede leerse, sobre todo, como una poética de la búsqueda, en la que el poeta somete al lenguaje a una especie de disección para encontrar una voz que no sea simplemente heredada ni complaciente. La propia estructura del libro —siete secciones: Anamnesis, Biología del lenguaje herido, Teología de la carne, Co-lapso, Metapoema, Poética del desgarro y Noche idólatra— refuerza ese recorrido.

Por eso me parece acertado que una de las partes del libro se titule Biología del lenguaje herido. Allí está expresada, casi como una declaración de principios, buena parte de la poética de Leyser. Desea “la palabra” capaz de construir la Babel del poema; quiere regresar a las máscaras del origen y desaparecer en los ecos de las palabras.

Pero mientras busca esa palabra, también la destruye. La fragmenta. La desarma. La hace tartamudear. La enfrenta al silencio. Y es justamente allí donde Necrandemio adquiere una dimensión que va más allá del experimento verbal. Porque detrás de la lucha con el lenguaje hay una pregunta que, finalmente, es una pregunta por el propio ser: ¿Quién soy cuando las palabras con las que intento nombrarme dejan de funcionar? ¿Dónde está el poeta cuando el poema comienza a escribirlo a él?

Leyser responde desde el propio libro: “el poema es mi cuerpo”. Y más adelante llega todavía más lejos: “escribo / hasta que la poesía / haya terminado de escribirme / con lo que no puede escribirse”.

Este último verso, para mí, resume una de las mayores tensiones de Necrandemio. El poeta quiere encontrar una voz propia, pero sabe que esa voz nunca será completamente suya. La poesía también lo transforma, lo contradice, lo despoja de certezas. El escritor busca al poema y, en el camino, termina siendo buscado por él.

Por eso hay muerte en estas páginas, pero no solamente como tema. Hay una especie de muerte necesaria del lenguaje anterior para que pueda aparecer otro. La palabra tiene que morir, descomponerse, ser enterrada, para regresar convertida en otra cosa.

En Cráneo abierto, la última sección, esa búsqueda parece llegar a un punto extremo. El poeta reconoce haber perdido “palabra ubicua”, se define como “un jardín de vacíos” y finalmente encuentra al demonio muerto dentro de su propio cráneo.

Pero no estoy seguro de que ese final sea una derrota. Quizá el demonio tenía que morir para que comenzara otra búsqueda. Quizá eso sea precisamente Necrandemio: el registro de una batalla que todavía no termina.

Leyser Gonzales Chumacero escribe desde esa incertidumbre. No pretende domesticar la poesía. Al contrario: quiere que conserve algo de animal salvaje. En uno de los poemas pregunta si acaso la poesía se esconde “como un animal salvaje / lejos de toda domesticación”. Esa pregunta me parece fundamental para leerlo.

Porque hay poetas que buscan la belleza y poetas que buscan una verdad. Leyser parece querer ambas, pero sabe que para encontrarlas tendrá que atravesar primero la herida.

Y allí está, quizá, la particularidad de Necrandemio: en lugar de escribir sobre el acto de escribir, convierte el propio acto de escribir en materia del poema.

No sé si Leyser ha encontrado todavía “el lenguaje” que busca. Sospecho que él tampoco lo sabe. Y quizá sea mejor así. Porque encontrar definitivamente una voz podría significar dejar de buscarla.

Y mientras el demonio siga escarbando en el cráneo, mientras la palabra continúe sangrando sobre la página, mientras cada verso siga costando las uñas, habrá poesía.

Eso es Necrandemio: una cabeza abierta, una palabra que se resiste a morir y un poeta intentando descubrir, entre los restos del lenguaje, la voz que todavía no termina de nacer.

(*) Nivardo Vasni Córdova Salinas es Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Piura (UDEP), periodista profesional y director de los periódicos «Río Hablador» y «Crónica Digital«. En 2025 realizó estudios de Maestría en Comunicaciones en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Una reseña sobre su trabajo periodístico se encuentra en la enciclopedia virtual Wikipedia (ver aquí)