CULTURALETRAS

La guerra de los otros / Niel Palomino Gonzales

Loading

ESCRIBE: Niel Palomino Gonzales (*) / LUSTRACIÓN: Imagen generada con inteligencia artificial mediante ChatGPT (OpenAI) y editada bajo criterios editoriales de Río Hablador.

—¡Alto ahí, indio! Somos los cumpas y si intentas gritar o correr, te degollamos como a perro sarnoso.

Arrodillado como estaba al extremo de su chacra, Nicanor Condori supo que se trataba de los terroristas y sintió la amenaza como un mazazo brutal en la nuca. Entonces, optó por quedarse quieto, pero su cuerpo empezó a temblar incontrolablemente. En ese estado, lo último que vio bien fue la mantita con todos los suministros que contiene la mesa para hacer el pago a la Pachamama. Preso de miedo, escuchó:

—Y deja de estar temblando que si te mueres de miedo te volvemos a matar por gallina. Más bien, dinos por qué carajo intentabas quemarnos en el monte.

—Nu, cierto no es iso. A Pachamama con este alcanzo pagando estoy, señor. Nadita sabía que en pajonal ustedes estaban.

—¡Mentira, indio de mierda! Tú sabías muy bien que estábamos en el pajonal para emboscar a los perros milicos y por eso querías quemarnos. ¡Eres un aliado de ellos! El partido tiene mil ojos y mil oídos, todo lo que haces, todo lo que dices, incluso todo lo que piensas sabemos al instante. Y tú eres un perro soplón y aliado de este estado putrefacto. Diciendo esto, pateó con toda furia en el trasero al campesino y este se fue con el rostro encima de las bostas de vaca que aún ardían en el pequeño usnu que tenía para realizar los pagos. Apenas logró apartarse del fuego.

—No papá, no papacita, a Pachamama yo alcancito quemando estaba, voy a sembrar esta chacritay a la Pachamama permiso no más quería pedir.

—¡Calla, indio ignorante! Deja de creer en estupideces como la Pachamama, eso no te va a dar ni arroz ni azúcar, ni pan. Se acercó al campesino que tenía la cara medio chamuscada, lo agarró de la chompa a la altura del pecho, lo alzó en peso y le gritó:

—La revolución que te propone el pensamiento Gonzalo es lo que te dará pan y libertad, no las estúpidas pachamas, no los apus, indio sonso, tienes que colaborar

con la revolución si quieres salvar tu vida. ¿Dónde, carajo, están esos perros del estado?

—¡Yu nada si, siñurs! Nada hay visto, nada hay escuchau.

El joven terrorista, dio un cabezazo al campesino. Este cayó al suelo. Detrás de las cintas de jebe de su ojota, se dejó notar unos pies con los dedos encallecidos, su viejo pantalón tenía varios zurcidos, su poncho rojo refulgía con los rayos del sol, las plantas de las manos estaban repletas de callos como de cualquier trabajador de la chacra; la sangre de su frente ya se había convertido en un gran coágulo rojinegro. Mientras tanto, el líder se volteó a sus dos compañeros y dijo.

—Esa es la respuesta de todos estos indios brutos: «¡Yo no sé nada! ¡Nada he visto! ¡Nada he oído!» Esa es la consigna que se han memorizado. Pero sí son los milicos, ahí sí, al toque responden, al toque nos delatan. Por eso, ni piensen hacer una revolución con estos ignorantes con pensamiento mágico atrasado, pachamamistas de porquería. La revolución, conforme al presidente Gonzalo, debemos hacerlo nosotros los leídos y robustecidos con la luz de Mao, Lenin y Marx. ¿Qué pueden saber de ellos estos indios bestias? Ni en su pensamiento ni en su quechua hay un equivalente de la palabra revolución. Su mente está rellenada de palabras mágicas como Pachamama, Apu, tayta Inti y otras boludeces. Llaman madre a la tierra, tayta al Sol, dios al cerro. Son más fanáticos que los cristianos a su Dios. Por eso fracasaron ante los españoles, por eso se les metió fácilmente la evangelización. Por eso, a estos, en cuanto lleguemos al poder, los gobernaremos igual. Estos solo sirven para ser gobernados, no para gobernar. Dicho esto, se volteó hacia el campesino y le ordenó:

—¡Levántate, indio de mierda! Ahora piensa en tu vida y dinos todo lo que sabes de los milicos que nos persiguen. ¡Habla, carajo!

—¡Pur Dios que nada de ellos si, cumpañiru!

—Cumpañiru, cumpañiru, indio mal hablado. Dinos, porque, si no, te matamos a ti, a tu mujer, a tus hijos, a tus padres y a toda tu familia.

—Indio, estamos luchando por ustedes para que, cuando nosotros lleguemos al poder, ustedes los indios tengan una mejor vida. Por eso, tienes que colaborar con la revolución diciéndonos dónde están los milicos.

—Yu nu si nada, siñor.

Con la sangre en la cara, el dirigente sacó la pistola, apuntó con dirección al campesino y, cuando iba a disparar uno de sus subalternos lo contuvo.

—¡No, no, camarada! Es muy probable que este campesino no lo sepa. ¿Qué puede significar para lo que queremos, la vida de este piojoso? Mejor, como

él es de esta zona, conoce los lugares por donde podemos esperar a los milicos para emboscarlos. Así que hay que llevarlo como guía. El caudillo entendió y le gritó:

—¡Levántate, indio carajo! Vas a decirnos, dónde podemos escondernos de los cachacos.

Después que el campesino, les dio alguna indicación, los senderistas le quitaron sus ojotas, sus chompas, su camisa, su poncho y hasta su sombrero y lo soltaron en trusas. Le había dicho que no mirase para atrás por ningún motivo hasta voltear la lomada, caso contrario, le cortarían el cuello. Asimismo, le advirtieron que no dijera nada de ellos a los militares. Temiendo ser muerto en cualquier instante, como un cuy recién sacado del saquillo, dio pasos inseguros, pero sin voltear hacia atrás.

Había caminado como doce metros, en vista de que no lo disparaban, tomó confianza y dio pasos más sólidos y apurados, con ello logró escalar toda la cuesta hasta la cumbre. De ahí, el pajonal delante suyo. Todo estaba silencio. Mientras bajaba con dirección a su pueblo Agradeció a sus Apus y a Dios por salvarlo de la muerte. Dio un hondo suspiro y así siguió bajando por el caminito que conducía para su pueblo, en eso:

—¡Alto! ¡Manos arriba carajo!

Pensó que era una sugestión suya, pero se dio cuenta de que no, cuando ahí no más aparecieron un batallón uniformado. Eran los militares. Levantó las manos y se paró. Los militares sorprendidos con verlo semidesnudo le preguntaron:

—Oe huevón, ¿por qué chucha estás andando en pelotas?

—Pirdún jifi, ¿pilutas? Hay una piluta en casa, piro ahorita nu tingo.

—¡Miren a este concha! Quiero decir, ¿por qué estás caminando desnudo?

—Mi han asaltau jifi, ladrunis mi han asaltau.

—¡Mentira, hijo de puta! ¡Mentira! Tú fuiste capaz de donar tu ropa o los terrucos de mierda que estamos siguiendo. ¡Confiesa, carajo!

—Jifi, la verda no más, illos me han asaltau.

—¿Quiénes ellos? ¿Los terroristas dices?

—Sí, jifi.

—No huevón, tú eres terrorista, tú has estado yendo con ellos y te han enviado como espía. ¡Párate bien, carajo!

Una vez que este se puso de pie, el militar lo agarró de la chompa a la altura del pecho y lo jaló hacia arriba. ¿Dónde mierda están tus jefes? ¡Habla, carajo!

—Yu nu si, jifi. Illus me han amenazau con matarmi si no los acompaño. Y cuandu lus hi guiau hasta Usnupanpa, allí me quitaron ropa y de ahí escapándome estoy —dijo temblando.

—Bien, bien. Entonces por lo menos nos dirás a dónde se fueron o por dónde se fueron. ¡Habla!

—Nu si, jifi. Al soltarme me dicieron que no mirara para atrás, porque me matarían. Así mismo yo hice, jifi.

—¡No me creas huevón, carajo! —diciendo esto lo golpeó con la cacha del fusil en la cara y continuó:

—¿Dónde están esos malditos?

—Jifi, nu si de verdadcito! No los pude ver. Siguiendo camino sabrán yido pues.

—¿Y cómo eran huevón, cuántos?

—Tres. Me dijirun que istudiyantes de universidad eran.

El furibundo militar, con el fusil temblando en sus manos sudadas, miró al campesino como si fuera un bicho, algo que podía pisar sin consecuencias. Lo había escuchado. Sabía que no mentía. Pero le hervía la sangre y le ardía el orgullo. La guerra le había podrido el alma y quería matar, no importa a quién o a quiénes.

—¡Qué chucha! —escupió, con los ojos desorbitados por la rabia—. ¿Quién mierda va a reclamar por este huevón si lo reviento acá mismo? ¿Sus hijos desnutridos? ¿Su comunidad enterrada en mierda? Para el gobierno, los muertos en provincias no existen. Y a la prensa limeña que acapara todo, solo le tiembla las manos cuando hay sangre en San Isidro o Miraflores.

Cogió el arma y apuntó al campesino. Recordó y se dijo para sí: «Ya he matado antes a muchos como este parásito. Puedo hacerlo otra vez. Este no es distinto: es otro piojo sin nombre, otra cosa para arrojarlo sin ruido en una fosa común». Pero entonces el campesino lo miró. No con miedo, pero sí con cólera e impotencia para, solo con la mirada, gritarle: «¡Pirro, terrorista también tú eres!». El militar sintió que algo se rompía en su alma. Por un segundo, recordó que alguna vez también fue humano, nieto de aldeanos quechuas como el que iba a matar. Entonces, tragó saliva y ordenó la retirada a su tropa.

Una media hora después, mientras el viento silbaba entre los cerros, abajo apareció el campesino. El sol se abría espacio entre las nubes y su figura parecía más un fantasma que hombre. Caminaba con las piernas tambaleantes, semidesnudo, el cuerpo marcado por los golpes, la dignidad apenas sostenida por su sombra. Entonces, sin un ruido, cual fieras hambrientas, los tres senderistas emergieron del pajonal y saltaron frente al hombre. Sus cuerpos estaban tensos, los ojos encendidos, la piel curtida por el miedo y la rabia. No querían explicaciones; lo habían visto y escuchado todo.

Al día siguiente, los otros comuneros hallaron el cuerpo de su paisano separado de la cabeza. Con el mismo cuchillo, con que lo degollaron, los comunistas habían clavado al cuerpo de su víctima, un papel con la típica inscripción de ellos: «Así mueren los soplones» y sobre el estómago, la hoz y su martillo echo con la propia sangre del campesino.

(*) Niel Palomino Gonzales (Grau – Apurímac, 1980). Es docente de Lingüística y Literatura en la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco, su alma máter. Es magíster por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y por la Universidad Nacional del Altiplano–Puno, y candidato a doctor en Lingüística por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Ha publicado Canción del amante labriego (poemas, 2002), Cantar del Wakachuta y otros cuentos (2010), Todavía somos (cuentos, 2018), T’aniwi: poesía quechua de vanguardia (2019), El fuego del placer textual: glosas sobre las literaturas peruanas (2020), Ch’iticuentos (2022, 2024), Pilón de cal y canto: antología del cuento apurimeño contemporáneo (2023) y Tierra de sol (cuentos, 2023).
Ha recibido las siguientes distinciones: Premio Regional de Cultura en la modalidad cuento en español, convocado por el INC Cusco (2007); Primera Mención Especial del Premio Nacional de Literatura en Lenguas Originarias (2020); Primer Puesto del Concurso “Microrrelatos para Mamá” de la editorial Aletheya (2025) y el Segundo Puesto del concurso de cuento en los V Juegos Florales Nacionales 2025, categoría docentes, organizado por la Universidad Nacional de Trujillo.
Su obra figura en diversas antologías, entre ellas Paralelo Sur: antología esencial del cuento surperuano (2020); Harawinchis: poesía quechua contemporánea (1904–2021) (2022); y La vocación del abrazo: poesía contemporánea en lenguas originarias del Perú (2025).