CRÓNICASCULTURA

Mi abuelo materno / Ricardo Musse Carrasco

Loading

ESCRIBE: Ricardo Musse Carrasco (*)

Crecí, a partir de mis urbanos orígenes, ermitaño y con la emotiva zozobra emponzoñando mis tortuosos latidos, sin la mentora cercanía de mis abuelos. Nunca me sentí, ni remotamente, albergado en sus situaciones desconocidas; sólo de oídas, y casi de casualidad, me enteraba de ciertas cosas que hacían; pues, en lo que me cabe a mí para ellos yo era un invertebrado bicho raro, casi invisible y sin filial consistencia y sin la típica y adulona simpatía de los otros nietos y nietas.

Bueno, eso podría ser explicable, en alguna medida, con el abuelo paterno que vivía, como yo, en esos lóbregos tiempos, en Lima La Horrible; no obstante, él es uno de los decisivos ejes ficcionales de mi tercer poemario Cinematografía de una adolescencia (título sabiamente acuñado por el poeta sullanero, ahora a buen recaudo en Bolivia, César Gutiérrez Alva). Lamentablemente, mi abuelo Fermín –genealógico nombre en la familia- ya estaba, a consecuencia de un cancerígeno canibalismo en el colon, inhumado cuando lo escribí, confinado dentro de mi celibato creativo, a mediados del año 2001.

Al otro abuelo lo conocí recién, con pleno uso de razón, en 1987, cuando recalé con mi hermano mayor y mi hermana menor, junto con mamá, hacia la infernal y provinciana Sullana. En ese tiempo, mi abuelo materno, era llantero y su descuajeringado taller estaba lindante a un largamente asqueroso canal por donde discurrían, aparte de roñosas aguas, trastos irrecuperables, pútridos animales oscuramente deshaciéndose, también, y en cada cierto tiempo, hasta las atroces almas de especímenes ahogados de los más despreciables.

Contaba yo con dieciséis años: Él es tu abuelo lucho, me dijo sumisamente mamá, y yo, tímido, como era, atiné sólo a acercarme y darle un efímero abrazo. Yo aún no había descubierto, para mi bien, a la poesía. Eso emergió tres años después, cuando, refugiado en uno de los cuartos que la benéfica y severa tía Yolanda nos había dado para arroparnos en su abrigadora casa, afloré toda mi atónita introversión sobre unas bienhechoras hojas en blanco.

A pesar de que habitábamos la misma casa; él en su apartamento en el primer piso, y yo en el segundo, exiguamente nos testimoniamos. A lo mucho, yo le espetaba, cuando, de modo inadvertido, lo veía: y cómo está usted papá lucho, y él respondía: pues, muy bien, nieto; o en otras poquísimas oportunidades: qué opina de lo que está haciendo ese presidente, y él fiel, a su ingenuo y ya fenecido belaundismo, añoraba tiempos idos.

Aunque para ser justos, el abuelo no es muy locuaz que digamos, al contrario, es de no tan abigarradas palabras, más bien de un balbuciente subjetivismo, rememorando, cuando la nostalgia le hiere el añoso corazón, tambaleantes acontecimientos de su venturosa existencia. Pero eso sí, nada vacilante para asistir todos los domingos a la misa, cuando el crepúsculo, arrobado dentro de un éxtasis místico, destapa su colorida ebriedad en la desfalleciente hermosura del cielo.

«Cinematografía de una adolescencia» (2006), poemario de Ricardo Musse Carrasco.

Ya lo he dicho antes: una de las formas a través de la cual tributo mi aprecio a las personas que sinceramente estimo es obsequiándoles mis inmanentes palabras (aunque esto no es sopesado en su plena magnitud, pero, realmente, lo comprendo porque, en estos tiempos materialistas qué se valora más: ¿unas teóricas palabras o un concreto fajo de billetes como regalo?). Pero, de todas maneras, al abuelo le dediqué el primer ensayo que parí, nominado Cuerpo femenino: portador de deseos y sujeto de placer, ofrendándole las siguientes palabras: A mi abuelo Lucho: latido postrero de mi genealógico corazón. Sin embargo, creo que ni él ni sus familiares más cercanos se enteraron de mi humilde homenaje.

Hace poco, indirectamente, me enteré, ya que no me lo informaron llamándome por teléfono o, ya sea comunicándomelo vía correo electrónico, que el abuelo materno estaba en Lima, hospitalizado. Y, sinceramente, esta alarmante noticia estremeció las poéticas fibras de mi espíritu. Y sentí que a pesar de que muy poco intimé, en su debido momento, palabras con él, el hecho de proceder, a través de mamá, de su misma sustancia, me hizo ser consciente que mientras yo decida todavía transitar mi vida, desde ahora se la prolongaré también a él, y en estos momentos más que nunca, ya que, como dijo mamá muy conmovida, allá muy lejos resistiendo la mortuoria frialdad en Estados Unidos, le han cortado, hijito mío, su ennegrecida piernita a tu papá lucho…

Sullana, 25 de enero de 2011.

(*) Ricardo Santiago Musse Carrasco es Licenciado en Pedagogía y Derecho, Magíster en Psicología Educativa, escritor, poeta y periodista cultural. Es columnista del diario «Tribuna» (Sullana) y Río_Hablador (Lima). Ha publicado los siguientes poemarios: “Sirodima” (1990), “Cinematografía de una adolescencia” (2006), “El espíritu giratorio del viento” (2006), “Eternidad” (2008), “Apostasías” (2009), “El viento de las heridas” (2011), “Música” (2011), “Lumbres primordiales” (2012), “Homo” (2012), “La voz insular” (2012) y “Lagrimas” (2013) y los ensayos “Poética piurana de las postrimerías: sus pulsiones seculares y sus rasgos divergentes” (2009) y «El porqué de los hipocorísticos Paco» al alimón con la profesora Diana Consuelo García Aguilar (2021). Recientemete publicó «Crónicas anómalas» (2025). Su biografía ha sido incluida en la enciclopedia virtual Wikipedia en: https://en.wikipedia.org/wiki/Ricardo_Musse_Carrasco