CULTURAPUNTO DE VISTA

Poesía y nada más… / Julio Aponte

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ESCRIBE: Julio Aponte (*)

Prólogo a «Karminka. Antología de la poesía piurana», de Julio Aponte. Año 2000.

«Solitario son los actos del poeta como aquello del amor y de la muerte» (Luis Hernández)

Escribir es un oficio raro, difícil, solitario y para que este milagro se produzca hay que sustraerse de la vida inmediata, sumergirse en las aguas tempestuosas de la memoria, la nostalgia, la intuición, ingredientes que alimentan el fuego de la creación. De estos oscuros designios del inconsciente es de donde emana la poesía, palabras que nos van arrastrando a ese abismo incontrastable a ese valle profundo llamado poesía. Todos los poetas tienen algo en común: la palabra y a todos nos es revelada de uno u otra manera y todos se enorgullecen de ella y la tuercen, la jalan, la arrastran a los rincones menos insospechados. La poesía. Ese enemigo oculte con quien hay que agarrarnos a patadas diariamente, a veces es escurridiza, a veces se resiste a revelarnos su magia, pero ella siempre está dispuesta a cambiar todas las cosas de la tierra. Los poetas siempre están en un estado de poesía, siempre están navegando en el valle profundo de la poesía. Lo que nos dicen los poetas fluyen de la experiencia tangible, afectiva, intuitiva; la magia de la poesía reside en esa gran salto, en ese rumor que anuncia ese temblor que nos invade y nos arrastra a sugestivas apreciaciones visionarias.

La poesía peruana tiene una rica y variada tradición poética que va desde Gonzales Prada, Eguren, Vallejo, Valdelomar, Oquendo, Adán, Wesphalen, Eielson, Romualdo, Rosé, Cisneros, Ojeda y Leoncio Bueno. Esta tradición se ve enriquecida por la tradición poética piurana. La literatura piurana empieza con Carlos Augusto Salaverry (1830-1891), poeta que alcanzó y conserva un prestigio nacional ganado por su calidad literaria. Carlos Augusto Salaverry es el primer poeta a carta cabal que concibió la poesía como eje fundamental de su vida. Fue un poeta de variados matices. Su poesía se llena de luces cambiantes, que equilibra el paisaje y le da relieve y profundidad en sus contrastes luminosos y sombríos. El verso se prolonga a veces como largas pinceladas y se detiene categórico. El verso sube y baja, lo quiebra, lo tuerce, según lo exige su elocuencia poética, alcanzando una música melodiosa y cambiante. El tiempo ha depurado su poesía hasta convertirlo en un extremado armoniosos y perfectos tienen la noble elegancia y arquitectura ascendente lirismo, lluvia de emociones, mezcla de penas y alegrías donde la esperanza es la única luz visible y plena frente a las expresiones de la vida.

Pedro Elera, poeta huancabambino, es otro poeta que junto a Salaverry, aunque, con menos suerte y brillo que el primero. Pedro Elera autor del libro «Poesías del ciego» (1959). Otro gran poeta es Juan Luis Velásquez, poeta que junto a Trilce (1922) ilustran los caminos del vanguardismo peruano.

Portada de «Karminka. Antología de la poesía piurana» (2000) de Julio Aponte.

Juan Luis Velásquez, hombre de mundo, viajero pertinaz, poeta e infinita- que junto a Trilce (1922) ilustran los caminos del vanguardismo peruano. mente tierno, intuitivo y profundo, vivió muchos años en México, nutriéndo- se de los istmos del momento, de ahí su acercamiento a las nuevas tenden- cias poéticas de su tiempo. Otro notable poeta es Juan María Merino Vigil, nacido en Ayabaca, lugar que nunca abandonó. Merino nació probablemente a fines del siglo XIX, fue un profundo estudioso de la tradición litera- ria. Poeta fino e intenso, intuitivo, excepcional; otro gran poeta que enriquece esta tradición poética piurana es Luis Carnero Checa, que junto con Juan Luis Velásquez, Pedro Elera y Juan María Merino Vigil figuran en la antología de poetas piuranos contemporáneos de Federico Varillas (1958).

Allí junto a los mencionados fueron también antologados Arturo Briceño Carrasco, Raúl Estuardo Cornejo Agurto, Augusto Feijó Sánchez, Víctor Flores Zapata, Teodoro Garcés Negrón, Enrique López Albújar, Héctor Manrique, Carlos Manrique León, Mario Negro Zedog, Carlota Ramos de Santolaya, Joaquín Ramos Ríos, Luis Vilela Vásquez y el mismo Federico Varillas, así como Ricardo Musse Carrasco.

Otro poeta importante en Piura es Florencio de la Sierra, cuyo libro «La danza de las serpientes» (1963) es una de esas piezas raras aún no valoradas ni comprendidas, voz sencilla y espléndida calidad humana y solidaria, voz que consagra la sangre de la tierra y capta cada una de la fisonomía de la naturaleza, profundamente cálida y humana. Félix Puescas es otro gran iluminado, nacido en Sechura 1921 y muerto en Lima en 1989. Tiene aún en calidad de inédita, casi la totalidad de su obra, sólo se le cono- ce un libro que fue publicado póstumamente, «La lámpara única» (1989).

Félix Puescas es un poeta existencial que sabe lo que quiere y lo dice. Poeta y músico, la música era constante interrumpida que descubre dolorosamente y la ofrece como alternativa existencial. Toda su vida y su obra son la suma de ese maravilloso instante. Tender un puente al hombre hacia la música como supremo fin a la existencia. Caminante y conversador infatigable. Su capacidad para graficar complicadas abstracciones es realmente extraordinaria, exigía a la palabra la misma capacidad de síntesis que tenía la música. Otro gran poeta que viene a enriquecer esta tradición es el poeta de la estirpe generacional del sesenta, Marco Martos, es quien inyecta sangre nueva a la poética piurana, su poesía tiene ese raro embrujo que nos envuelve y nos arrastra hacia el sueño; poeta con cuidadoso y depurado lenguaje, brujo de oficio con claras facultades de iluminado.

Basta y diversa, rica e intensa, la poesía piurana representa uno de los momentos más altos de la poesía peruana contemporánea. Basta mirar algunos nombres de la vasta geografía poética piurana para descubrir este gran acierto. La intensa variedad de voces que integran este conjunto de poetas dan cuenta de la vitalidad del espíritu de nuestra tierra calcinada por los rayos del sol. Esta antología reúne algunos de los poemas más significativos y agrupa algunos nombres representativos que pertenecen a distintas épocas y estilos; a todos ellos los une su amor a la poesía y la relevante calidad de su obra cada una de los poetas antologados representa una técnica y una opción distinta.

Toda antología es arbitraria, esta también lo es, más aún arbitraria, in- completa e incierta, pero dejamos el camino abierto para futuros estudiosos que puedan darnos una imagen ya no parcial sino total de la poesía piurana, y de esta manera enriquecer la tradición poética.

Toda antología es útil, ésta también lo es porque sirve de orientación al lector y es un punto de partida para los que se interesen adquieran ciertos puntos referentes e indispensables. Difundir es la mejor manera de mante- ner viva la tradición literaria. Mantener despierta y elevada nuestra devoción a las fuerzas mayores del espíritu.

No concluimos estas palabras sin antes expresar nuestro sincero agradecimiento al señor Miguel Montenegro por su desinteresado y decisivo apoyo a la publicación de este libro.

(*) Julio Aponte Lozada nació en Morropón (departamento de Piura, Perú) en 1953. Compartió el Segundo Premio Nacional de Poesía Juan Gonzalo Rose, 1985, organizado por la Asociación de Poetas del Perú. Ganó los juegos florales convocados por el Instituto Nacional de Cultura -filial Piura en 1986 y el Primer Premio en el Concurso de Poesía César Vallejo, organizado por la academia Corazón Peruano (1992). Ha publicado las plaquetas de poesía Chamico (1981); En las Hileras de la tarde (1982); Oh Maxlem, Ruindad de Cascabeles (1984); Extraños Cantos de Amor (2003); y los libros de poesía Catelo (1988); La Clavícula de San Cipriano (1995); Karminka, antología de la poesía piurana (2000). Publica en diferentes revistas especializadas de poesía. Dirige la revista de creación literaria «Fastos» y es miembro fundador de la asociación de poetas Aedosmil.