El Gordo Huayro: el zumo del campeón del ceviche al estilo kafkiano
![]()
ESCRIBE: Renato Rodríguez García (*)
Porque fui donde él, quizás por lo gordo que era, y si un chef es gordo, su comida es rica – me dijo mi amigo – había pasado varias veces frente al local y siempre lo había visto de espaldas, con su coleta, se lo veía extraño y risible, casi ocupaba toda la cocina de su pequeño restaurante, pero algo que no analicé y que era importante, es que cuando las varias veces que pase no había comensales, y eso es contradictorio con lo gordo y buen chef que lo precedía o quizás los platillos de la carta eran muy caros.
El camino para llegar a su local no dista mucho de mi trabajo, es más, se podría decir que está camino a él. A su inmensidad de sabores y colores.
Era un día soleado, como hoy, había mucha gente y autos en el camino, hasta ómnibus, ayer ya sabía que cerraban la Av. Larco para un desfile, y los micros tenían que cambiar de ruta, los micros si, pero porque los autos, si era domingo y los domingos la gente duerme, quizás pudiera ser porque salió sol y cuando él sale hay alegría y ganas de salir, de ir, bueno no lo sé, ir por ahí, porque yo no tengo auto, por lo que no sabría decir adónde ir y es por eso que se me hizo raro que tanto auto hubo ese día.
Yo soy de allá, es por otra razón que se me pegó la idea de ir a comer en ese lugar, ahí pegado en el frontis del local decía: El Gordo Huayro, yo soy de allá, dije nuevamente, pero se me hacía raro porque se llamaba así, si vendía platos especiales de pescado, una delicia, decía, asomé un día mi oído y Chacalón y su nueva crema cantaba “Mi muchachita de los ojos chinos”, esa música con el Huayro y el pescado, qué mezcla para más rara, ¿pero lo de la coleta en su cabeza?, quizás ahí estaba lo de la chicha, pero no estoy seguro, por algo asomé el oido, no sólo para, no, pero entonces debería haber asomado mi nariz, ese fue el error, porque mi nariz nunca me engaña.
Ese día en ese televisor de tubo estaba Chacalón cantando “Soy provinciano” y se me heló la sangre roja del sur, entré en el local del Gordo Huayro como un viento atrevido de las 12 del día, ahí estaba frente a ese hombre ancho, sin gestos, solo su coleta y sus manos y un montón de montones de ollas que se calentaban, y él con una camisa hawaiiana ajustada en su cintura de roca, caminaba de una olla a uno de los miles de recipientes que tenía en su cocina, picando culantro con un cuchillo de mango negro.
— ¡Un ceviche, amigo!
Apenas volteó, sin gestos ni respuesta, no sabía si me había escuchado, a lado derecho de la barra habían dos hombres callados, con cara de resaca. No se porque tenía un respeto único al Gordo Huayro, no me atrevía a repetirle que quería un ceviche, ¿Sería miedo o vergüenza? Pero ¿vergüenza por qué? No había motivo.
En las dos paredes laterales estaban colgados como 10 diplomas, esforcé la mirada y eran de reconocimiento, un capo el chef frente a mí, lo miré nuevamente y ahora me pareció un luchador japones de sumo. Ahí está, eso es, eso es, él ha estado en Japón y ahí aprendió el arte de cocinar.
Todo encajaba.
Giró de pronto, extendió un plato y ahí vi un ceviche jugoso, con un toque mágico de un camote de color naranja, unas hojas de culantro en lo más alto del lomo de pescado. Yo siempre como el ceviche con cuchara, ahí uno recoge el zumo – es decir el jugo de limón- y no el sumo del luchador, no para nada.
¿Cómo voy a probar el zumo? El sumo de la lucha no se come, O sea, es decir, en mi cuchara se amontonó el sumo, unas cebollas y pescado…Pero por más zumos que podría haber allí…El ceviche no tenía sabor a ceviche, ni a mar, ¡Ni a nada!
Se cayó su coleta, los diplomas; era como un terremoto. Las ollas… y ese cuchillo que se me podría haber venido encima… Pero lo que más me impresionó fue la sonrisa del Gordo Huayro al decirme que mañana prepararía shámbar.
Mentí al despedirme: ‘Estaba buenazo’. No vaya a ser que el voluminoso chef agarre ese cuchillo de mango negro y me persiga por calles repletas de autos. ¿O quizás no me persiga? Quizás solo lo lance y me clave aquí, justo aquí, para que no pueda repetir ni revelar que el zumo de ese campeón era, por decir lo menos, feo. No, no… era desabrido. O quizás ambas cosas. O quizás… no lo sé. Un silencio se tejió en el sol abrazador de aquel domingo, donde el tráfico y los autos —veloces— iban y venían sin mirarme.
(*) Renato Rodríguez García es periodista y escritor. Ha publicado los poemarios «Bizarro» (2015) «Escalpelo» (2023), el libro de crónicas «Trujillo, mon amour» (2023) y la novela «El perseguidor de lo invisible» (2024). Es columnista de Río Hablador (ver aquí).

