LETRAS

Crónica para mi madre / Carlos Varas

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ESCRIBE: Carlos Varas Príncipe (*) / FOTO: El autor junto a su madre, Rosa Elvira Príncipe Pinillos (+), y madre, Sra. Pascuala Lucía Pinillos Aznarán (+), de su archivo personal.

Eran las doce y cuarto de la noche de este 26 de febrero recordando la muerte de mi madre, a quien debo lo que soy ahora como profesional, como persona y como intento de escritor. Como profesional porque siempre retumbaba en mi memoria una frase suya, ¿siempre vas a vivir vendiendo pan? Cuando me lo dijo debo haber tenido unos diez años. Exactamente. Con mi costalillo al hombro, voceaba mi pan por las calles de mi arenoso distrito que, dicho sea de paso, recién había nacido legalmente, pasando de asentamiento humano, a la categoría de distrito. Lo curioso del caso es que, según ese dato legal, yo resultaba cinco años más viejo que el populoso distrito de La Esperanza. (*)

La dichosa frase actuó como motivación honda del alma, como estimulante intrínseco que me iba impulsando hacia la adquisición de hábitos para el estudio. Aunque en realidad esa frase actuaba como propulsor inconsciente, porque yo no me daba cuenta como estudiaba para obtener las calificaciones suficientes que me ubicaban cada fin de año en el segundo puesto durante los estudios de Primaria. De la Secundaria no tengo recuerdos claros sobre mis calificaciones. Lo único claro que tengo hasta ahora es mi sonrisa o carcajadas que se originaban por las acciones de mis compañeros palomillas que hacían reír o enojar a los profesores con sus ocurrencias y bromas. También me acuerdo claramente sus aventuras amorosas y de las mías también. Lo cierto es que, pasado el tiempo, hoy soy el profesional que mi madre quiso que sea. Todavía recuerdo la inmensa alegría que se dibujaba en su rostro cuando, junto a un grupo de vecinos, esperaban en la esquina de la cuadra en la que vivíamos, para verme aparecer de regreso de la fábrica en la cual trabajaba. Apenas me vieron ya cerca, un grato vocerío me sorprendió: ¡felicitaciones, felicitaciones, ingresaste a la universidad! Corrieron abrazarme y mi madre sonreía llena de felicidad. Sorpresivo porque no sabía que los resultados del ingreso a la universidad las difundían por la radio. Los muchachos de la vecindad lo habían escuchado y le avisaron a mi madre. En esa época mi madre y los vecinos, como todos en la ciudad y distritos escuchaban La Voz de la Calle, Radio Trujillo, Radio La Hora, entre las más antiguas y conocidas, después aparecieron, Radio Heroica y las llamadas radios en FM. Por allí los jóvenes de mi vecindario se enteraron de la proeza académica de uno de sus integrantes.

Lo de buena persona también lo debo a ella. Perteneciente a esa generación para la cual los mejores consejos y las instrucciones para el cumplimiento del deber, debían ser ratificadas y firmadas en las nalgas y las pantorrillas, por la sandalia o la correa ante cualquier intento de desobediencia. Esta estrategia de disciplina, salidas de los principios psicológicos de la experiencia de control del hogar, aplicadas en las etapas tempranas de nuestro desarrollo emocional y moral, sentaba las bases para el desarrollo posterior del buen ciudadano. Las generaciones salidas de esas canteras ya se encuentran actualmente en plena extinción.

Lo de intento de escritor lo descubrí recién entre los treintaicinco y cuarenta años cuando, recordando una exigencia académica de nuestro profesor de Lenguaje I de la Universidad Nacional de Trujillo, en el primer ciclo de estudios allá por el año de 1985, quien nos pidió a todos, los casi sesenta alumnos del aula de educación, que escribiéramos lo que podríamos hacer: cuentos los cuentistas, poesía los poetas, crónicas los que se alucinaban periodistas o si no sabían nada que hagan cartas de amor o recetas de cocina. Pato o gallareta, pero había que escribir algo. De toda la lista me anime a escribir mi primer poema, pensando más en mi nota de calificación antes que inspirarme en mi enamorada, que para remate no tenía ninguna. A partir de ese recuerdo reinicie la tarea de escribir poemas y cuentos que fotocopiaba y regalaba a mis colegas de lengua y literatura que trabajaban en el colegio en donde yo trabajaba. Dicha tendencia se evidenció con la publicación de mi primer libro de cuentos en el año 2017. Y por supuesto que los primeros ejemplares fueron obsequiados entre mi familia y el primero de ellos, a mi madre. Luego de la algarabía y felicitaciones de mis hermanos, mi padre y los abrazos de mi madre, el momento festivo culminó con un rico almuerzo en familia.

En el momento de la siesta, la observación de mi primera obra literaria, me trajo imágenes de lectura de revistas como Superman, Batman, Linterna Verde, El Llanero Solitario, el Pato Donald, Porky, Hermelinda Linda, etc. Y a veces leía a escondidas las novelas de Corín Tellado. Digo a escondidas porque era menor de edad. Esa experiencia de lectura favorecida por las circunstancias, pues mamá compraba las revistas el fin de semana y a lo largo de los días las alquilaba a nuestros vecinos quienes venían por la tarde a leerlas por unos centavos. Cuando la situación exigía, yo me hacía cargo del negocio mientras mamá completaba las tareas del hogar. Definitivamente esa situación creada por mi madre, sentaron las bases cognitivas que desarrollaron en mi ese anhelo por la lectura y posteriormente por la escritura.

Definitivamente mi madre supo ser un personaje de su tiempo. Respondió a las exigencias de una época y de un contexto, en el cual se sentía el impacto del crecimiento de asentamientos humanos, producto de las oleadas migratorias ocurridas en nuestro país entre los años 1920 y 1940, cuya masa poblacional, venida principalmente de las zonas andinas y en menor porcentaje de la selva, empezó a demandar puestos de trabajo, exigir agua, luz, escuelas, centros de atención médica y sobretodo un lugar en donde vivir. Esto último, en los años posteriores, 1950 a 1970, provocó la invasión de extensos arenales y zonas deshabitadas cercanas a las tradicionales ciudades.

En medio de estas carencias y preocupaciones surgieron familias como la mía y madres heroicas como doña Rosa Elvira Príncipe Pinillos, mi madre, heroína que recuerdo hoy y a quien, a cuatro años de su partida, rindo, en nombre de mis hermanos, de sus nietos y hermanos todavía en vida, este sencillo homenaje, con lo mejor que se hacer: escribir.

Trujillo 29 de febrero de 2025

(*) Fuente: https://www.muniesperanza.gob.pe/website/Pages.php?n=La_Esperanza&pi=4&act=3&cat=1#:~:text=El%20distrito%20de%20La%20Esperanza,gobierno%20de%20Fernando%20Bela%C3%BAnde%20Terry.

(*) Lic. Carlos M. Varas Príncipe, escritor y docente, profesor del Colegio Nacional San Juan de Trujillo. E-mail: politikhus50@gmail.com . Es autor del libro «Calín y el discurso por la patria» (Trujillo, 2021) y el poemario «Bajo el sol» (2024).  Sus artículos también se han publicado en los diarios «Últimas Noticias» de Pacasmayo y «La Industria» de Trujillo. Es columnista del diario digital Río Hablador (Lima).