CRÓNICASCULTURA

El señor de la caña / Por Renato Rodríguez

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ESCRIBE: Renato Rodríguez García (*) / ILUSTRACIÓN: Pedro Azabache

¡Vieron que se movió! – pero porque dijo vieron si estaba solo – quizás creyó estar con su…pero después guardó un silencio sepulcral – porque ellos escuchan todo – volvió a mirar atrás, ¿quizás lo estaban siguiendo?, tuvo escalofríos de que su pasado volviera y se internó más allá, cerca de la huaca, en una ladera, desde donde podía ver el horizonte.

Los guardianes de la plantación lo llamaban el Señor de la Caña, lo veían como un fantasma, un lunes lo vieron caminar descalzo por la huaca Tres Higos y en esa misma tarde andaba por el ingreso este. Nadie sabía cuándo llegó, ni quien era, ni nada, era como la hierba mala, que las cortaban y aparecían por otro lado o en el mismo sitio, porque esa era su tierra.

A las dos de la tarde de cada día un viento rapaz recorría la plantación y traía tierra de las huacas que había alrededor, se formaba como remolinos que alzaban bagazos por los aires, los guardianes decían que se veía como si el bagazo bailara la danza de tijeras, y detrás de cada uno de los remolinos estaba él, el Señor de la Caña, parado, inmutable, con esa mirada huidiza, alzando la mano derecha y haciendo adioses interminables a las cañas, que se plantaban ante él, una a una, formando ejércitos disciplinados y que sus ínclitas espigas reverenciaban a ese ser que parecía una caña más, lo que le daba grandeza para el sembrío – o el ejército diría yo -era que su cuerpo estaba bañado de melaza, vistiéndolo de gala, al Señor de la Caña.

Llegó la época de segar las cañas, las máquinas cosechadoras emprendieron su trabajo, poco a poco el gran plantío se desvestía y dejaba ver su interior, su corazón de melaza, él se había bañado en un riachuelo cerca para la ocasión, se lavó veinte veces el pecho y no desaparecía ese tatuaje que siempre escondía, lo rastrilló con  violencia,  quiso sacar su piel, pero ellos le dijeron que no lo haga – ellos escuchan todo – es tu surco, tu nombre, tu raigambre, tu raíz y asintió con la cabeza y emprendió el viaje, siguiendo ese surco que mil veces había recorrido, que estaba al lado de la huaca y que él sabía que lo llevaría hacía el segar, hacia ese segar que cegaría las voces y su pasado que lo perseguía.

(*) Renato Rodríguez García es periodista y escritor. Ha publicado los poemarios «Bizarro» (2015) «Escalpelo» (2023), el libro de crónicas «Trujillo, mon amour» (2023) y la novela «El perseguidor de lo invisible» (2024)Es columnista de Río Hablador (ver aquí).