Nostalgias de un texto inconsciente / Carlos Varas
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ESCRIBE: Carlos Varas Príncipe (*)
Luego de publicar en Río Hablador (ver aquí), un artículo que escribí en el 2007, me animé a publicar un texto mucho más viejo, pero que para mí es de grato recuerdo por pertenecer al grupo de textos que nuestro profesor de Lenguaje, nos obligó a escribir en el primer ciclo de estudios en la Escuela Académica de Educación, en la Facultad del mismo nombre, de la Universidad Nacional de Trujillo. Era el año de 1985. El texto en mención fue producto de una tarea a realizar en el aula, a partir de diez palabras que el profesor escribió en la pizarra. En la transcripción para esta publicación, las resaltaré en negrita para identificarlas.
Junto a mis compañeros de aula iniciamos la tarea, presionados por el tiempo y por la mirada rígida de nuestro maestro de quien recuerdo claramente su nombre: Manuel Melgarejo Minaya. En ese primer ciclo de estudios también aprendí que a los que nos enseñaban se les decía “catedráticos”. El texto fue en realidad terminó siendo un cuento:
“Después de dos horas de camino. Sudoroso y cansado, divisé no muy lejos, la casa de mi amiga. Después de tomar agua y mojarme el cabello en el arroyo, me acercaba muy de prisa a la casa. El primero en recibirme fue el perro que ladraba bulliciosamente. Al rato salía corriendo ella; si era Eva. Bella como siempre, sonriente y muy alegre.
Un abrazo fuerte y besos en la mejilla fueron los saludos del encuentro. Saludé a sus padres y me invitaron a la sala donde conversamos muy amenos. Tratamos diversos temas relacionados con las etapas de la vida del hombre, entre ellas, la pubertad.
Conversábamos muy entretenidos cuando la voz de su padre interrumpió: ¡Qué cara está la vida. La bonificación que recibí ayer, se fue junto con el pago semanal. Gastos por aquí, gastos por allá. Tal como está la vida, ya no se trabaja para vivir, ¡ahora es cuestión de supervivencia!
Dejando a sus padres en la sala, ella me llevó a su chacra. Paseamos y comimos frutas que ahí habían. Luego me llevó a su corral y me enseñó el hermoso ganado ovino y me dijo: ahora tenemos poco ganado. Mi padre los está vendiendo y no hace mucho que una gavilla de ladrones asaltó el rancho y se llevó una buena cantidad. Yo le dije ¡Cuanto lo siento! Regresamos a su casa trayendo varios frutos de la chacra y su madre nos preparó un vaso de leche fresca. Terminando el “lonche” subimos al desván a buscar en unos cajones viejos, cuadernos que ella utilizó el último año de estudios en el colegio, pues en uno de ellos estaba la foto que nos tomamos en el día de la fiesta de promoción. De pronto ella me dijo: ¡ ahora recuerdo la foto! Está en la gaveta del escritorio de mi padre, bajemos a la sala.
Bajamos a la sala. Ahí estaba su padre mirando televisión. De pronto una noticia nos llamó la atención un poco. Decía del asesinato de un joven que había participado en una fiesta bacanal, donde un perverso delincuente le segó la vida”.
No se cuento esfuerzo me costó escribir. No sé cuántas experiencias de vida o lecturas de revistas de mi niñez tuve que buscar en lo recóndito de mi memoria para que me ayuden a cumplir con tarea. El tiempo corría, el profesor nos miraba con las cejas fruncidas. Finalmente, tampoco supe que calificación tuvo lo que escribí. Creo que la mejor calificación fue darme cuenta que, a pesar de la mala ortografía podía escribir algo parecido a los escritores, muchos de los cuales empezaba a saber que existían y que su obra eran los libros.
En esta ocasión no quise transcribir tal como veo en este momento el texto, pues definitivamente es un escrito de alguien que nunca había hecho esas cosas. El original tiene una ortografía terrible, como la de un niño primarioso: palabras mal escritas, falta de tildación, comas incorrectas y nada de punto y coma. También palabras pegadas como “ala casa”, “deprisa”, “lesegó la vida” y ya no sigo porque me darían ganas de no enviar esta crónica para su publicación. Sin embargo, el valor de este texto, aparte de su significado emocional y muy querido para mí, dice también del largo recorrido que he tenido para escribir más o menos adecuadamente.
Yo no sabía que al final había escrito algo parecido a un cuento. En ese momento tuvimos que escribir lo que quisiéramos y como pudiéramos. Era la estrategia del catedrático Manuel Melgarejo Minaya. Por lo menos yo, gracias a él, cuando ya estaba en sexto ciclo me animé a escribir algunas cosas más serias y a consecuencia del curso de Lenguaje I, en mejores condiciones ortográficas y esta vez consciente de que tipo de texto estaba escribiendo. Algunos de esos escritos fueron publicados en el Diario La Industria de Trujillo. Más adelante, ya en el noveno ciclo de estudios, la experiencia, me sirvió para una ponencia estudiantil en un Congreso Regional de Educación, promovida por inquietos estudiantes de educación de los últimos ciclos de estudios, quienes me invitaron a tan importante evento, para exponer el tema “Sociedad y Familia: agentes educativos en crisis”, publicado después en el Diario La Industria el 7 de febrero de 1993.
Trujillo 20 de octubre de 2025
(*) Lic. Carlos M. Varas Príncipe, escritor y docente, profesor del Colegio Nacional San Juan de Trujillo. Es autor del libro «Calín y el discurso por la patria» (Trujillo, 2021) y el poemario «Bajo el sol» (2024). Sus artículos también se han publicado en los diarios «Últimas Noticias» de Pacasmayo y «La Industria» de Trujillo. Es columnista del diario digital Río Hablador (Lima). E-mail: politikhus50@gmail.com
CARLOS VARAS EN RÍO HABLADOR Ver aquí: https://elriohablador.wordpress.com/category/carlos-varas/

