Poeta Leyser Gonzales participa en ciclo «Doce cuentos peregrinos» en la Sociedad Amantes de las Artes
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El poeta Leyser Gonzales Chumacero, junto con destacados escritores lambayecanos, participó en «12 cuentos peregrinos para los amantes de las artes», ciclo de narración organizado por la centenaria Asociación Civil «Sociedad Amantes de las Artes», en su local de la calle Elías Aguirre N° 740, segundo piso, en Chiclayo.
El título rinde tributo al Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, autor del libro «Doce cuentos peregrinos» y a esa idea suya de que un cuento anda de un sitio a otro hasta encontrar dónde quedarse.
«La estructura fue simple: dos noches, viernes y sábado, dos cuentos por autor, leídos en voz alta ante el público. La noche inaugural, viernes 4 de setiembre, reunió a Teresa Menor, Dandy Berrú y Gustavo Carbonel. La jornada del sábado 5 de setiembre la compartió con Rita Coronel y Joaquín Huamán«, comentó Gonzales.
Leyser llevó dos textos experimentales. El primero, «Los feos»: «Ella mordía: sí, mordía. Me abrió el labio inferior y estuve una semana hablándoles a los pacientes con la boca torcida. Yo le dejaba en las costillas una hilera de marcas que ella se miraba después en el espejo del baño con una vanidad al revés, contándolas, quejándose si eran pocas. Nos arrancábamos cosas. Una uña. Un mechón entero, de raíz, que se quedó en mi puño como un animalito. Un diente de leche que le faltaba sacarse desde los treinta y que salió esa noche, con un ruido menudo, y que quedó en la almohada entre las manchas, y ella lo levantó, lo miró contra la luz de la calle y se rió tanto que tuvo que taparse la cara con las dos manos.»
El segundo, «Mi versión»: «En el vaso de la ventana había una rosa que llevaba once días sin morirse y que hacía algo que no le había enseñado nadie: de madrugada se curvaba sobre sí misma, se doblaba el tallo hasta clavarse sus propias espinas en la propia carne verde, tres, cuatro, una detrás de otra, con una lentitud admirable, y de las heridas le salía un hilo oscuro que subía por capilaridad, y los pétalos —esto lo vimos las dos últimas noches, apoyados en el codo, sin decir nada— bajaban a beberlo. Bebía su propia sangre y de eso vivía. Cada mañana estaba más roja y más chica.». Los elegí porque ninguno de los dos se comporta como un cuento tradicional, y quería saber qué pasa con esa clase de escritura cuando se la escucha en lugar de leerla. Leer en voz alta y rápido (como si el tiempo colapsara) es otra prueba.

