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El legado inconcluso del proyecto NOMIC: una relectura crítica del Informe McBride / Por Nivardo Córdova Salinas

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ESCRIBE: Nivardo Córdova Salinas (*)

Palabras clave

NOMIC, Informe McBride, UNESCO, geopolítica de la información, brecha digital, gobernanza global, Telesur, democracia informativa

1. Introducción

Partimos de esta pregunta: ¿cómo podemos hacer una relectura de NOMIC hoy en día? Durante la década de 1970, en el contexto de la Guerra Fría y de la consolidación del movimiento de países no alineados, surgió una de las discusiones más ambiciosas y polémicas en el ámbito internacional de las comunicaciones: la propuesta de establecer un Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación (NOMIC). Este proyecto, impulsado desde la UNESCO, respondía a una preocupación estructural: el desequilibrio informativo entre el Norte y el Sur global, expresado en la concentración de los flujos de noticias, la dependencia tecnológica y el predominio cultural de los países industrializados.

La elaboración del Informe McBride, publicado en 1980 bajo el título Many Voices, One World, constituyó el momento culminante de ese esfuerzo. En él se defendían principios como el derecho a comunicar, la diversidad cultural, la participación de los países del Sur y la democratización del acceso a la información (McBride, 1980). Sin embargo, las tensiones políticas derivadas del contexto bipolar y las acusaciones de control estatal sobre los medios llevaron a un colapso del consenso: Estados Unidos y el Reino Unido se retiraron de la UNESCO en 1984, debilitando la iniciativa.

A más de cuatro décadas de aquel debate, las transformaciones tecnológicas han configurado un nuevo escenario global: la emergencia del capitalismo digital, el dominio de las grandes corporaciones tecnológicas (Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft) y el surgimiento de nuevas formas de dependencia informativa y algorítmica. En este contexto, resulta pertinente preguntarse: ¿en qué quedó el ideal del NOMIC y qué vigencia puede tener su espíritu en la era digital?

El presente artículo propone una relectura crítica del debate UNESCO–McBride, a la luz de los desafíos comunicacionales contemporáneos, desde una perspectiva que articula el análisis político, histórico y teórico. La justificación se centra en comprender cómo los desequilibrios informativos y comunicacionales del siglo XX se han reconfigurado en las actuales estructuras de poder digital, reeditando —bajo otras formas— las mismas asimetrías Norte-Sur que el NOMIC intentó corregir.

Asimismo, se pretende hacer cambio de lectura histórica y comunicacional del NOMIC a una relectura política y geoestratégica, con una mirada crítica latinoamericana y peruana, que permita vincular el debate original de la UNESCO con los actuales procesos de hegemonía informativa, digital y política.

Desarrollaremos un eje polémico: el rezago ideológico del NOMIC en la “nueva izquierda” latinoamericana, que en algunos casos ha retomado el discurso de la “democratización de la información” para justificar políticas de control de contenidos o restricción de la prensa libre, bajo una lógica de “soberanía informativa” mal entendida. El caso Telesur en Venezuela es un ejemplo sobre cómo los ideales del NOMIC fueron retomados en estos últimos lustros, pero llegando a fracasar por su uso al servicio de una dictatura.

2. Marco teórico y metodológico

El análisis se apoya en tres perspectivas teóricas convergentes. En primer lugar, la teoría del imperialismo cultural formulada por Herbert Schiller (1976) y desarrollada por autores como Armand Mattelart (1996) y Oliver Boyd-Barrett (2015), que subraya la relación entre poder económico y dominación simbólica en los flujos internacionales de comunicación. Estas aproximaciones permiten comprender que la desigualdad informativa no se limita a los contenidos, sino que involucra estructuras de producción, distribución y control.

En segundo lugar, se consideran las contribuciones contemporáneas sobre colonialidad de la información y del dato, especialmente las de Nick Couldry y Ulises Mejías (2019), quienes analizan cómo el capitalismo de plataformas ha instaurado una nueva forma de extracción: la colonización de la vida social a través de los datos. Esta perspectiva ofrece un puente conceptual entre las críticas del NOMIC al “imperialismo informativo” y las actuales preocupaciones por la soberanía digital.

Finalmente, se recuperan los aportes de la gobernanza global de la información, entendida como el conjunto de marcos normativos e institucionales que regulan los flujos digitales internacionales. Organismos como la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), la ONU o el Foro de Gobernanza de Internet (IGF) intentan establecer principios de equidad y derechos digitales, aunque con resultados desiguales.

Metodológicamente, el artículo adopta un enfoque cualitativo de revisión documental y comparativa, basado en el análisis de fuentes primarias (como el Informe McBride y resoluciones de la UNESCO) y secundarias (literatura académica reciente). Se busca identificar continuidades, rupturas y resignificaciones del ideal del NOMIC en el actual ecosistema digital global.

3. Resultados

El Informe McBride (1980) planteó un horizonte normativo orientado a equilibrar la circulación de información, fortalecer los medios nacionales y garantizar la libre expresión de las culturas. En su momento, representó un proyecto ético-político que situaba la comunicación como un bien público mundial. Sin embargo, su implementación se vio obstaculizada por la desconfianza de las potencias occidentales, que consideraron el proyecto una amenaza a la libertad de prensa (Nordenstreng, 2016).

El fin del consenso internacional en los años ochenta dio paso a la hegemonía del neoliberalismo comunicacional, que promovió la desregulación y la privatización de los medios. Con la globalización mediática de los noventa y la expansión de Internet, se consolidó una nueva forma de concentración: el oligopolio digital. Las grandes plataformas tecnológicas pasaron a desempeñar un rol que, en términos de poder informativo, supera al de los antiguos conglomerados mediáticos (Van Dijk, 2020).

Este proceso ha generado un nuevo desequilibrio estructural: el control de la infraestructura informacional —redes, servidores, algoritmos, inteligencia artificial— se concentra en manos de un reducido grupo de corporaciones transnacionales, todas radicadas en el Norte global. La desigualdad digital reproduce las asimetrías denunciadas por el NOMIC, ahora bajo el ropaje del capitalismo de datos. En consecuencia, la pregunta ya no es solo cómo garantizar un flujo equitativo de información, sino cómo democratizar el acceso, la producción y la soberanía tecnológica.

A pesar de ello, persisten iniciativas que reactivan el espíritu del NOMIC: la defensa del acceso abierto, las propuestas sobre justicia informacional, y los debates sobre regulación de plataformas digitales y derechos de los usuarios. Estas agendas, impulsadas por países del Sur y movimientos de la sociedad civil, expresan una continuidad ética con el ideal de “muchas voces, un solo mundo”.

3.1. Telesur: democratización informativa versus dictadura y autoritarismo

Hay casos para analizar. La aparición de Telesur en 2005, impulsada por el gobierno de Hugo Chávez y más tarde consolidada durante la administración de Nicolás Maduro, puede interpretarse —a la luz del texto de Luis Ramiro Beltrán El NOII: el sueño en la nevera (2000)— como un intento de desafiar el flujo comunicacional vertical Norte–Sur que históricamente ha subordinado a América Latina a las agendas mediáticas del norte global. En este sentido, el proyecto parece recuperar elementos del ideal beltraniano: construir soberanía informativa, promover un sistema Sur–Sur y disputar la hegemonía de los medios transnacionales.

No obstante, Telesur reproduce, en parte, centralismos estatistas, alineamientos ideológicos y prácticas propagandísticas, lo que contradice su llamado a una comunicación democrática, participativa y pluralista. Así, la experiencia Telesur puede verse como una materialización parcial del ideal beltraniano: avanza en la autonomía geopolítica, pero retrocede en la democratización interna debido al fuerte componente dictatorial, que termina utilizando un medio de comunicación estatal para sus fines dictaroriales.

Beltrán denuncia que el sueño latinoamericano de una comunicación autónoma quedó congelado por dos fuerzas principales: la dependencia externa respecto de modelos informativos del norte, y la concentración del poder interno, incluyendo el uso de los medios por parte de gobiernos con escasa vocación democrática.

    Telesur reproduce, paradójicamente, esta segunda condición. Aunque surge como respuesta al desequilibrio informativo estructural descrito por Beltrán, termina convirtiéndose en un medio alineado con el proyecto político chavista, caracterizado por el control del poder, la erosión de libertades y la manipulación del discurso público. Más que un canal plural y participativo —como el que Beltrán exigía en sus críticas a los modelos verticales— Telesur opera como herramienta para legitimar al régimen, invisibilizar disidencias internas y proyectar una narrativa ideológica única.

    Beltrán advertía que la comunicación latinoamericana debía liberarse tanto de las élites externas como de los centralismos internos, recuperando la participación ciudadana, la pluralidad de voces y la política de comunicación democrática. Por eso, desde su perspectiva, Telesur constituiría un avance parcial: logra romper la dependencia del norte, pero lo hace sustituyendo una hegemonía por otra, esta vez dirigida desde un Estado no democrático, con prácticas de censura, persecución y control informativo.

    En suma, Telesur puede verse como un intento de materializar el viejo proyecto latinoamericano de autonomía comunicativa denunciado por Beltrán, pero al final fracasó por su uso desde una dictatura que rinde culto al caudillismo, inicialmente de Hugo Chávez y continuado por el dictador Nicolás Maduro. Es también un proyecto distorsionado por un uso autoritarista, donde el aparato mediático sirve al poder y no a la ciudadanía, contradiciendo la exigencia beltraniana de comunicación democrática, horizontal y plural.

    4. Discusión y conclusiones

    El debate sobre el NOMIC puede releerse hoy como una anticipación de los dilemas comunicacionales contemporáneos. En su momento, el informe McBride advertía sobre la necesidad de garantizar el equilibrio informativo y cultural frente a la concentración mediática; en la actualidad, esa preocupación se ha desplazado al terreno digital. El poder ya no reside en las agencias de noticias, sino en las infraestructuras algorítmicas que organizan el acceso a la información y moldean la opinión pública.

    Existe, sin embargo, una paradoja: la era digital ha ampliado exponencialmente el acceso a los contenidos, pero ha reducido la diversidad efectiva de voces. La homogeneización algorítmica, la vigilancia masiva y la desinformación reconfiguran el problema original del NOMIC bajo nuevas formas. De ahí que autores como Nordenstreng (2016) y Boyd-Barrett (2015) propongan pensar un “NOMIC digital”, centrado en la justicia informacional y en la gobernanza ética de los datos.

    En síntesis, el debate del NOMIC no es un vestigio histórico, sino un referente epistemológico y político para repensar la comunicación global. Recuperar su horizonte transformador implica reimaginar la comunicación no como mercancía, sino como derecho humano y bien común.

    4.1. Análisis de las “agencias de noticias estatales”

    De otro lado, en el marco del NOMIC, el papel de las agencias estatales de noticias se vuelve crucial para entender los intentos de los Estados por reequilibrar el flujo global de información. En Europa, modelos como la BBC del Reino Unido, Deutsche Welle (DW) de Alemania y Radio France Internationale (RFI) representan formas consolidadas de servicio público internacional, financiado por el Estado pero con sólidos mecanismos de autonomía editorial. Estas instituciones han logrado proyectar contenidos plurales y de alta calidad, contribuyendo a la diversidad informativa en un ecosistema históricamente dominado por actores privados como Reuters y AP. Su experiencia encarna una de las aspiraciones del NOMIC: ampliar voces sin sacrificar independencia.

    En América Latina y Eurasia, experiencias como Prensa Latina (Cuba) y TASS (Rusia) han buscado disputar narrativas geopolíticas y ofrecer perspectivas alternativas a la hegemonía mediática occidental. Sin embargo, como advierte Voltmer (2013), los medios estatales en contextos de baja calidad democrática suelen enfrentar riesgos de instrumentalización política, donde la “soberanía informativa” se usa como justificación para limitar el pluralismo. Esta tensión se evidencia de manera más aguda en proyectos como Telesur, impulsado por el gobierno venezolano, que nació como alternativa comunicacional del Sur pero rápidamente se convirtió en plataforma de propaganda y legitimación ideológica de regímenes autoritarios. Investigaciones recientes muestran que Telesur opera con altos niveles de sesgo político, alineación gubernamental y baja transparencia editorial (Rojas, 2017).

    5. Conclusiones

    El ideal del Nuevo Orden Mundial de la Información no desapareció con el fracaso institucional de los años ochenta; más bien, se transformó y resurgió en los debates contemporáneos sobre soberanía tecnológica, brecha digital y ética algorítmica. La concentración del poder comunicativo en manos de las grandes corporaciones tecnológicas plantea desafíos similares a los denunciados por los países del Sur hace medio siglo.

    Revisar el NOMIC desde la era digital busca reconocer que principios de pluralismo, equidad y participación siguen siendo indispensables para construir una gobernanza global de la información más justa y democrática. En un mundo atravesado por la inteligencia artificial, la vigilancia y la desinformación, recuperar la visión humanista del Informe McBride constituye un imperativo ético y político.

    La agenda inconclusa del NOMIC reaparece hoy bajo nuevas formas, especialmente en torno a la brecha digital, la desigualdad en el acceso a infraestructura y la dependencia tecnológica de los países del Sur. Aunque el ecosistema comunicacional se ha transformado profundamente, las asimetrías señaladas por el Informe McBride persisten, ahora amplificadas por el dominio de plataformas digitales y la extracción masiva de datos. Como advierten Hilbert (2016) y otros especialistas en desarrollo digital, la brecha ya no se reduce a conectividad, sino que incluye diferencias en capacidades, alfabetización digital, soberanía tecnológica y participación en la economía del dato.

    En conjunto, al analizar el canal Telesur se evidencia una tensión inherente al ideal del NOMIC: el Estado puede ser un agente capaz de democratizar el espacio informativo o, por el contrario, un actor que captura y dirige la esfera pública en función de intereses partidistas. La clave, como sugiere Voltmer (2013), no reside en la naturaleza estatal del medio, sino en la calidad institucional, la autonomía real y los mecanismos de control democrático. Entender esta ambivalencia es esencial para replantear un NOMIC contemporáneo que promueva pluralismo, independencia y derechos comunicacionales, más allá de la mera proliferación de medios estatales.

    Por ello, el desafío contemporáneo no es solo democratizar los flujos informativos, sino garantizar que los países puedan construir infraestructura propia, fortalecer habilidades digitales y participar de manera equitativa en la gobernanza global del conocimiento, pero sin usar el poder de los medios al servicio de un caudillo o una dictadura.

    Retomar el espíritu del NOMIC implica hoy pensar una justicia informacional que abarque tanto derechos comunicacionales como derechos digitales, orientada a reducir desigualdades estructurales y a promover un ecosistema tecnológico más inclusivo, transparente y humano.

    5. Referencias

    Beltrán, Luis Ramiro. 2000. El NOII: el sueño en la nevera. Revista Chasqui, Nº 70 (junio), págs. 4-11.

    Boyd-Barrett, O. (2015). Media imperialism. SAGE Publications.

    Couldry, N., & Mejías, U. A. (2019). The costs of connection: How data is colonizing human life and appropriating it for capitalism. Stanford University Press.

    Hilbert, M. (2016). The bad news is that the digital access divide is here to stay: Domestically installed bandwidths among 172 countries for 1986–2014. Telecommunications Policy, 40(6), 567–581. https://doi.org/10.1016/j.telpol.2016.01.006

    Mattelart, A. (1996). La comunicación-mundo: Historia de las ideas y de las estrategias. Paidós.

    McBride, S. (Ed.). (1980). Many voices, one world: Communication and society today and tomorrow. UNESCO.

    Nordenstreng, K. (2016). New World Information and Communication Order revisited. Javnost – The Public, 23(4), 358–374. https://doi.org/10.1080/13183222.2016.1247332

    Rojas, H. (2017). Telesur, propaganda y construcción de hegemonía en América Latina. Revista Comunicación, 26(1), 45–60.

    Voltmer, K. (2013). The media in transitional democracies. Polity Press.

    Nota.- Ensayo realizado como parte del curso «Política internacional y medios» con el Mag. Fabián Vallas Trujillo en la Maestria en Comunicaciones en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM), semestre 2025-II

    (*) Nivardo Vasni Córdova Salinas es Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Piura (UDEP), periodista profesional, integrante de Prensa Franciscana y director del periódico digital Río Hablador. Una reseña sobre su trabajo periodístico se encuentra en la enciclopedia virtual Wikipedia (ver aquí)