La feria del libro de Trujillo: una crónica distópica con Antenor Orrego / Por Renato Rodríguez
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ESCRIBE: Renato Rodríguez García (*)
¿Cuándo Antenor, cuándo, cuándo cambió tanto Trujillo? Si me di dos vueltas por el mundo y dormí tres días en altamar y escribí bajo un sediento candelabro en una buhardilla en París la semana pasada, ¿Cuándo Antenor? Si nosotros, sí, nosotros, que paseamos por la Plazuela El Recreo conversando de libertad y poesía impecablemente vestidos de saco y corbata y tú con leontina, por supuesto, no faltaba más; y ahora, es decir más precisamente – cómo tu leontina – ayer domingo, que caminaba por la Plazuela El Recreo, donde hay una feria del libro en tu honor Antenor, ya era hora, la Bohemia – Antenor – tu shulka Vallejo – Antenor.
Ingresé a la feria por el jirón Pizarro, ¡qué a no sé quién se le ocurrió la maravillosa idea de convertirla en un paseo chino! Han pintado – Antenor – los adoquines de negro y en el medio de la calle unas líneas rojas, ya me imagino con este calor a las 12 del día la gente debe andar sudada y transpirada, ¿desde allí ya estaría las señales del cambio? ¿Quizás?
A medio caminar, una vuelta por los stands repletos de libros y de muchachos y familias, pero más muchachos y eso alegró mi alma, devorando libros, con pelos largos y medias largas, ahí andaban luchando con sus espinillas.
Los que también estaban luchando, eran unos jóvenes fornidos, al frente de los stand, entre músculos, a dos pasos de la Sala de presentaciones, conversaciones y conferencias ¡Qué vergüenza Antenor, faltándote el respeto!, ahí estaban estos muchachones con sus tríceps inflados apoyados en una mesa de centro pulseando quien ganaba; ¿Ahí cambió Trujillo Antenor? Pero no, fue una idea meramente kafkiana – no lo creo ¡Qué va ser! Caminé decidido para ir a la realidad hacia la Sala de conferencias, que te lo digo, estaba repleta de espectadores correctamente sentados en sillas blancas pureza.
Yo no alcancé una silla, pero me situé debajo de un ficus donde una banca rectangular que rodeaba al tronco del árbol vetusto, en la banca estábamos dos personas concentrados en cada palabra de erudición de los panelistas, unos cuentos huanchaqueros y otros situados en – así lo dijo el autor – a 10 horas de a caballo, por allá, en las serranía de Jequetepeque, la serranía Antenor, estaba a 10 horas a caballo y tú quería ir a ver a Vallejo, tu consentido, porque allá se habla de usted y los buenos días siempre está presente.
Seguía sentado y detrás del ficus escuché a una chica que hablaba por celular con su mamá de que siempre llega borracho y que es un – no, no puedo repetir expresiones tan desagradables – y de una chica menos, pero continuaba con que el tipo era mujeriego, borracho, choro, centrador, sicario y que le pegaba y que no lo quería en su vida y que en los arenales donde vive va a llevar al Julio, que es su nuevo marido y le plante cuchillo, porque no hay otra mamá – Una tragedia Antenor – Por ahí, en otra conversación entre dos tipos planeaban poner con su batería una mecha para que paguen esos pendejos, ahí en tu Feria Antenor, con fierros y sin tapujos. Al lado de ellos, dos tipos jugaban golpeado con cartas negruzcas, afiebrados, azuzados por las monedas que lanzaban al aire, no se inmutaban ni respetaban a la feria, a tu feria, mi querido Antenor.
Al mirar al novelista – sesudamente – seguir narrando su obra con el pecho henchido de orgullo – cavilé – ¡Allí está la realidad, Trujillo no ha cambiado, ¡Eso es Trujillo!
En cambio, lo que hablan esos tipos detrás del ficus, es puro cuento, pura novela, pura fantasía, pura irrealidad, puro chamuyo ¡¡¡quizás!!! – quiera Dios – que allí fuere la feria del libro y que todo lo que escucho es pura imaginación de algún novelista maldito.
(*) Renato Rodríguez García es periodista y escritor. Ha publicado los poemarios «Bizarro» (2015) «Escalpelo» (2023), el libro de crónicas «Trujillo, mon amour» (2023) y la novela «El perseguidor de lo invisible» (2024). Es columnista de Río Hablador (ver aquí).

