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Semana Santa y Viernes Santo en Lima / Por Felipe Buendía

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TEXTO Y DIBUJO: Felipe Buendía (*)

SEMANA SANTA

Abril, mes esperado como una tregua del espíritu, las radios transmitirán sólo música sacra. Hasta hace dos décadas, subsistía´ el espíritu de Semana Santa y los cines pasaban nada más que cintas piadosas de la época muda, y en los tea­tros escenificaban «pasiones».

Pero hasta el año 40, la gente —ricos y pobres— ves­tían de luto riguroso. El Domingo de Ramos, las iglesias re­galaban palmas. Las beatas de mejillas fláccidas dejaban de coloretearse. El clima sacaba un sol del puño mágico. ¡Jamás dejó de haber sol en Semana Santa! Agustinos, franciscanos y dominicos descalzos parecían haberse apoderado de la ciu­dad. Mientras en las demás capitales del orbe cristiano las fes­tividades ya eran una especie de vacaciones, en Lima se ahon­daba un júbilo lúgubre, sensual y temeroso. Por tres días, Ga­lilea y Roma se trasladaban a las plazuelas y calles de Lima,

Las festividades de Semana Santa estaban centradas en torno a las iglesias bajopontinas y abarcando San Francisco se cerraban por la Merced hasta San Agustín. Dicen que en la calle de La Amargura estaban pintados los pasos de la Pa­sión. Pero los limeños de la República en adelante peregri­naron de iglesia en iglesia en ese círculo de competencia, que son —hasta hoy— las Estaciones de Semana Santa, en que se exhiben en altares motivaciones pasionales espléndidas en lu­ces. La Semana Santa en Lima, fue un acto a la par que mís­tico, eminentemente «fantasmal», porque se ahondaban los caracteres profundos de Lima. En Abajo el Puente se enfervorizaban esta poderosa mixtura y uno no sabía si estaba en Jerusalén, Damasco o… Lima.

De «La ciudad de los balcones en el aire» de Felipe Buendía.

VIERNES SANTO

Lima es absolutamente Lima a la hora del Ángelus de la tarde cuando cae la noche.

Horas de sombras profundas y perfiles fantasmales de recogimiento y vehemencia por un delirio perdido y resuci­tado en ese momento púrpura de graves campanas. ¡Tan Tan Tan!… Las campanas de la Catedral, de San Pedro, de la Concepción y el tañido inmortal de la destruida iglesia de Desamparados que desaparece a la hora del ángelus de oro y zafiro.

La multitud aguarda en el atrio de Santo Domingo. Li­ma, ciudad de procesiones espera la más honda y litúrgica, la que conmueve lo metafísico de estos días que son una tregua entre el cielo y la tierra.

Porque Lima es Lima sólo en Semana Santa Y precisamente en Viernes Santo. Y en la noche. Cuando sacan en procesión al Cristo de la Cofradía de la Veracruz, de la que era caballero mi padre. Y esa urna recorre el entorno del área céntrica de la ciu­dad, y todo el mundo andaba de negro; rico, pobre, hombre, mujer, niño, blanco, chino, negro, indio y extranjero. Por las mañanas, transmitían las radioemisoras música mística, y en la tarde… silencio… silencio… silencio un caminar sin ecos y nubes extravagantes, reflejo de cierto pesar airoso y espléndido. Luto, oro, plata y cirios, frailes de cráneos rapados y sahumerios orientales. Viejas sombras surgidas de los hos­picios delirantes y, el río apagando su rumor bíblico, hasta la noche alzada de altares pobres, pero suntuosos, recamados de flores blancas; y las damas enlutadas y hermosas ensombre­cían el rostro por pecados que las quemaban vivas.

Semana Santa de balcones cerrados y dolorosos. ¡Qué paz, que profundidad, qué recogimiento! El palio alberga las graves tonsuras de las órdenes seculares… ¡Y traen en hombros al Cristo yaciente!… Hoy viernes, hay retiro en las casas de ejercicios… y bullirá el mundanal ruido, mientras el sermón de las Tres Horas derrama las palabras redento­ras… ¡Si, Lima sigue siendo Lima!…

De «La ciudad de los balcones en el aire» de Felipe Buendía.

VIERNES SANTO EN LIMA

Porque Lima es Lima sólo en Semana Santa. Y precisamente en Viernes Santo . Y en la noche. Cuando sacan en procesión al Cristo de la Cofradía de la Veracruz, de la que era caballero mi padre. Y esa urna recorre el entorno del área céntrica de la ciudad, y todo el mundo andaba de negro; rico, pobre, hombre, mujer, niño, blanco, chino, negro, indio y extranjero.

Por las mañanas, transmitían las radioemisoras, música mística, y en la tarde… silencio… silencio… silencio un caminar sin ecos y nubes extravagantes, reflejo de cierto pesar airoso y espléndido. Luto, oro, plata y cirios, frailes de cráneos rapados y sahumerios orientales. Viejas sombras surgidas de los hospicios delirantes y, el río apagando su rumor bíblico, hasta la noche alzada de altares pobres, pero suntuosos, recamados de flores blancas; y las damas enlutadas y hermosas ensombrecían el rostro por pecados que las quemaban vivas.

Semana Santa de balcones cerrados y dolorosos. ¡Qué paz, que profundidad, qué recogimiento! El palio alberga las graves tonsuras de las órdenes seculares… ¡Y traen en hombros al Cristo yaciente!… Hoy viernes, hay retiro en las casas de ejercicios… y bullirá el mundanal ruido, mientras el sermón de las Tres Horas derrama las palabras redentoras… ¡Si, Lima sigue siendo Lima!…

De «La ciudad de los balcones en el aire» de Felipe Buendía.

(*) Felipe Buendía del Corral (Lima, 1927-2002). Escritor, poeta, pintor, periodista, cineasta, dramaturgo, bibliotecario y cronista de Lima. Este texto ha sido tomado de «La ciudad de los balcones en el aire» (Ed. Perla, 1985), libro que contiene artículos y relatos producidos a lo largo de más de veinte años de labor periodística y que fueron publicados con motivo del 450 aniversario de la fundación española de Lima. Entre esos artículos se encuentran: Barrio rosáceo, Calle de las Cruces, La peña horadada, Molino quebrado, la Calle del Tigre, Calle Correo, Calle Belén, La Plaza Francia, El Embassy, La Esquina de Boza, El librero de la calle Panteoncito, entre otros.

Nota del editor.- En un comentario publicado en «La broma» (Ed. Paz Mediavilla), se refieren a Felipe Buendía así: «En cuanto a su obra literaria, destaca su labor como escritor de relatos fantásticos. Su cuento El baúl, de 1952, es un destacado ejemplo de su producción. Posteriormente, en 1959, realizará una edición en tres tomos de la Antología de la literatura fantástica, que seleccionará y anotará y que fue publicada por la editorial Tierra Nueva. Más tarde la reeditará a través de dos títulos: Cuentos de laboratorio, 1976, que tendrá una segunda edición en 1987 y El claustro encantado, en 1984. Continuador de la tendencia de la época en Perú, en la que los escritores lo eran de todos los géneros literarios posibles, escribió narrativa, poesía, artículos de prensa y el género que nos ocupa en esta ocasión: teatro. En 1960 recibió el Premio Nacional de Teatro por Las nuevas galas del emperador, que fue retirada del escenario a los 15 días de su estreno por ser considerada una sátira política.