Alfonso Haro Ayala: poesía sagrada y trascendente / Por Carlos Garrido Chalén
![]()
ESCRIBE: Carlos Garrido Chalén (*)
Siempre estuve seguro que la poesía es una especie de conspiración contra las sombras. A través de ella podemos volar espacios que otros géneros no permiten y vivir la vida desde el instinto, sin abdicar de la razón. Porque al fin y al cabo es una aproximación a todas las herencias y hegemonías.
En la genealogía de la poesía habla la genética de las palabras, pero más que eso la apología de los sonidos que vienen desde el corazón de Dios para hacernos entender de qué moléculas está hecha la ternura. Y creo que uno de los poetas que más ha discernido y entendido por qué la poesía es un amanecer sagrado, que nos permite ver el horizonte de todo lo evidente y hasta lo celestial, pero también de ese maremagnum terrenal en el que hacen su nido las gaviotas, es Alfonso Haro Ayala.
En ese estado febril en el que las mariposas visten sus mejores galas, porque la palabra es oportunidad para las cascadas, para los rios que presumen cuando bajan hacia el mar pletóricos de cantos y también para el verde verde de todos los colores, Alfonso Haro ha asumido su propio destino, logrando lo que pocos poetas han podido colegir asaz sobre el planeta: hacer una poesía con sus propias razones y etiquetas, coincidienddo conmigo en cuanto a que es una especie de conspiración contra las sombras.
Por eso alguna vez escribí: «Me gusta la fonomímica de la poesía de Alfonso Haro, porque en su ductibilidad, se asimila a sus contornos, como el que, con su propia voz, se anima a ser montaña, pero también precipicio, fuente de luces y también mar inmenso. En esa pedagogía en donde el que enseña termina abrumado por la expectativa anuente de todos los diptongos, el poeta justifica que entren «peces nadando» en su memoria, porque entonces se anima ser océano, en esa locura loca del amor que sólo se vuelve impúdico cuando deja de organizar sus propios ditirambos».
«Es en la perpetua herencia de su andanza de aeda, frecuentada por una poesía de casta a la que no le incomoda ni ofende la altura, que Alfonso Haro oficia de pintor de encantos, para avanzar – no sólo técnicamente sino también desde la alucinante exigibilidad que le plantea su propia naturaleza – una dimensión diferente de la que ha venido trabajando. Es que a la poesía, hay que buscarla en esa plenitud y echarse a nadar en sus inciensos predominantes, cuidando el accidente barato que evade la calidad, porque le encanta el artificio».
Me ratifico en ese sentido, que estamos ante una de las más grandes voces que ha parido la poesía de este siglo, porque en su poesía decantada, se ha encontrado consigo mismo y ha permitido encontrarse con los demás. Pero más que eso, no por accidente, sino por esa búsqueda terca y alusiva que ha emprendido por años, ha vestido a la literatura con ropajes nuevos, nunca vistos desde los ojos consecuentes del análisis de todos los instintos.
Quienes no lo quieran ver así, que se les atasque la garganta en esa envidia ciega que solo ve lo que le conviene, que solo se mueve en contornos intrascendentes a los que la propia poesía se resiste, porque es connubio de palabras, pero también conspiración contra la falta de certezas. Su nombre por eso ya empieza a aparecer con fuerza, en los caminos de una poesía que se ha forjado a si misma, viendo correr todos los rios tempestuosos, pero también descubriendo en donde vive, arropada de fragancias inmarcesibles, la ternura. Esa que es también esperanza y grito, que se acostumbra a convivir en el corazón de los escogidos, jamás de los mediocres y menos de los traidores, que creen que la palabra es enemiga también de la esperanza.
(*) Académico de la Real Academia de Córdoba, España.

