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Elogio de los navegantes / Juan Ojeda

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ESCRIBE: Juan Ojeda (*) ILUSTRACIÓN: Bruno Portuguez

At vos incertam mortales, funeris horam
Quaeritis, et qua sit mors aditura via.
PROPERCIO (Elegiae, Lib.II,27)

bist du mur ein trüber Gast
auf der dunklen Erde.
GOETHE (Selige Sehnsucht, 19)

LA LLAVE
E-tu che se’ costi, anima viva,
Pártiti da cotesti che son morti.
DANTE (Inferno, 111, 88)

Funesto el mar de eternos elementos, morada del linaje humano:

Oscuras cuevas, huesos de marsopa, obstinados helechos crecen

Interminables en las ribas

—Allí el paciente cuervo ha tiempo

Malicia la carroña— Éstos son nuestros dominios: los pedruscos

Resecos, las raíces podridas y la tierra estéril. Dime:

¿Andabas en los espacios consumados del puerto,

Llevando y trayendo los horarios, la gente aturdida?

Deleznable substancia engendra la presurosa senectud

De los días vividos, el laberinto de la carne convirtiendo

En multitud de rencores, la tierra donde se oprime la luz

Sin aparente motivo.

Plegáronse a la imposible dicha

Los olvidados pormenores de una costumbre aborrecible,

El pérfido lenguaje de un camino vano. ¿Qué esperamos,

Si la oscura humildad de la indolencia nos oculta

Nuestros propios caminos? Aquí la tierra es seca,

No hay agua, sino la mano blanca de las piedras

En profusión continua, la mano oscura de las hojas

Cayendo precipitadamente de los árboles invernizos.

Sin embargo, fuimos en la densa noche acumulando

Unas palabras usadas, el ostensible prestigio de la tribulación

Purificada en el tiempo del cuidado. Aqui la tierra es seca.

Oh aparta de allí la noche: sólo ruinas y osamentas.

No podrás antiguo, humano signo

Descender oculto bajo el sueño,

Mientras se ampare agrietada esta esencia hórrida

En los días. «La apariencia, la apariencia prefigura el castigo»

—Eso pude decir mientras llenaban las naves— Prosigamos

La lenta ascensión donde culmina el esfuerzo del hombre, sus hojas

De tabaco maloliente en las horas de trabajo —Allí nos detuvimos

A mirar al viejo blanco con antiguo pelo—

Si hendimos el agobio en huidiza mano,

Vamos diciendo intactos de este polvo, levantamos solos

Una idea, otro sentido a estas imágenes raídas:

Solos, no hacemos. ¿Ves éste que incesante camina fastidiado

Por tábanos oscuros? De algún modo optó por mantener

Limpia la mansión, aligerar su enfermedad de espíritu.

Cayendo la nieve entre las breñas y los árboles: Él hablaba

De virtudes, y fue su amor virtuoso, y alta su esperanza más virtud A

sí pues, desconfía del que dice grandes viajes a lugares

Remotos, porque hemos ubicado su nave entre las dársenas.

Tú preguntas por asir designio atribuido

Olvidas el origen en claridad venida a los principios

Que han hecho en tiempo a tu reposo. Sólo dices

Que aquí no vamos, que los árboles despiertan

En la soledad más pura, que nos llaman así,

Cubiertos por la noche, porque somos la palabra

Muerta en otros bosques

—Los caminos alzan,

Brotan de algo destruido— Sea tu tiempo orilla, brazos

Que no permitieron la voz de otras raíces. Y no permites

Porque así amas lo tuyo, creas tu luz: cierras tus ojos,

Tu cadáver por las calles errando entre cadáveres.

Te sabes profundo, libre en tu soledad que nadie ciñe.

En verdad, no haces nada: olvidas este olor de cuerpos cercenados

No preguntes. Agita tus pasos porque todo

Nacerá inevitablemente del desorden. Entréganos tu voz y su camino

Para alzarnos de estas ruinas que han dejado.

Hay terribles fundamentos hacia cada mano que tú miras,

Hay venir del rostro helado en estricto, el signo de extinción

Mirándote nacer al polvo. Conducto de ser

Ajado y siempre gemebundo, atribuidos

A la perfección que no se alcanza: mina y claro de furor,

Mas todo destejido, urgente, inopinados al penetrar,

Recientes al paisaje que nació antes del paso.

Toda creencia culminada en los fulgores:

Tierra posterior y lánguida

Oficiada mientras término osario nos decaen.

Crecer como los mares que preñan las espumas,

Durar por la distancia más que uno mismo,

Con todo y con fulgores, en uno y más allá De la tierra calcinada.

Atisbar:

Fuerza aún en tanto polvo que nos come adentro:

Pero mirar, surgir gritando

Como. rocas, árboles, tallos. erguidos en la temerosa claridad

Que guardan las montañas. Crecer, y no crecimos, no damos,

No después de mucha o tanta eternidad de sombra,

Por sentirnos poco en aquello que sale y desteje,

Y abandona cuanto nace, acaba en la mirada.

No hicimos, sino en ausencia por nosotros, en mares vacíos,

Reducto que en silencio presagia la distancia, el monte

Nunca halado después de los intensos crematorios,

Las calles inundadas, el sol que agrieta en duras evidencias.

Ser esto que pronuncia crujiendo, y sale a dar en mano

El peso de la claridad venida a cargos: pero nada nuestro.

Estuvimos preguntando en las noches: alimentad los costos,

Sus vuelos, decíamos: y nosotros nunca, que no fuera el olvido,

Abierto, penetrando a voz y penetrando, como salida llorosa

En.cuanto apagan los ojos y no decimos nada, si por otros:

Sus ganancias de nuestra raíz en grueso costo,

La hierba que mastican y nosotros, nada Si fuimos,

Tocamos las piedras metiéndonos, arando

Por todas las materias que fluían, creados entre la elevación

Del aire y sus vertientes, socavados para otra lentitud

Inalterable, al principio común que nos guardaban los silencios:

Solos, tomados sin fin, tangibles elementos

Que alcanzaron el agua y sus fábulas crecientes,

Y esto nos venía, y fuimos, por pura descendencia

Del sentido al material, juntando las caídas

Hasta tocar solemnes la altura y el designio: en verdad

Sólo hemos acunado advenimiento

Los lacerados puentes

Que en presencia surtan, aquí, detrás del pecho,

De caminos que andamos y vamos, y el pecho con maderas,

Puentes y senderos, ofrecidos: y nada,

Nosotros nada, si lo que nos dicen:

A otras dulzuras

A otros animales

A todos los aires

A nunca nosotros

pero sí lo de ellos,

Que dejaron el camino y el puente.

Venían evidentes con fría coraza y escudos de bronce;

Nos llevaron a las piedras puras del alba que amábamos,

Y allí nos quitaban, rasgaban la carne del pasto

Y las aldeas, condecían nuestros brazos

Como pájaros quebrados; y temíamos sus armas,

Sus nuevas palabras urdidas desde otros mares.

Y ahora tienen puentes que han hecho como cuevas

Detrás de cada pecho; tienen los minerales,

El trigo, las frutas húmedas

Que hemos sernbrado rompiéndonos la piel.

Ahora son de ciudad, después que los primeros se alejaron;

Ellos ahora en sustituto, en nuevo

A los que apagaron el sol y las cosechas

Transitar funesto en las mismas aberturas

Mirando, diciendo.

Caminos que difieren la sensación de caer,

Entregados como estarse; alisados; entregados

Unos a laborar tras la espesura,

Sin predios, por los puentes que han dejado.

Cansancio enervado en las pupilas, el cuerpo

Siempre negándose a no ceder,

Mas la virtud de ser la misma cosa

Y hacer cuanto describe, cuanto mata, hastiados.

Los meses perduran al margen del olvido,

Acumulan cada entender, tomar el mundo, así.

Y después la respuesta: el decirnos ataviados,

Entre ceremonias: alisados, entre murallas que pertenecieron

Anteriores a nosotros; entregados

Para desplomarse: la ceremonia inútil, los cimientos

Atendiendo su dolor hacia el contacto.

Las cosas urdidas en extensión

Concluyen por devenir, hacen proceso

En otros territorios; y lo que antes fluyó perennemente,

Nos atribuye al curso, al elemento que decae—

¡Ah! la ausencia, este nutrir caminos

Como sombra, unir tristes llanuras, abrumar

Peso indeciso que pronuncia — Y cae la hoja

A la apagada estancia que el tiempo mantiene

Entre horas estrictas. Sólo la forma crepita:

Es eterno el día acudiendo a redimirlo—

¡Ah! la ausencia, acopia signos olvidados,

Derramada estela, el indolente paso

Que alisa advenimiento

Así impasibles transitan

Las horas, desde el fondo que asciende plenitud,

Hasta crecer arcilla inútil, raíces o ceniza.

Todo se diluye, nada queda: tal un fruto desnudo

Que retiembla en el vacío. Sombra. Ausencia

Como soledad de siglos, objetos que indican

El fenecer gratuito soterrado en toda existencia.

Soledad. Y en verdad nos preguntábamos:

¿Qué eres entre tantas ruinas, sobre adustos muertos

que arrastran los días? ¿Qué atenta finitus entregan

Tus raíces? Tus aguas dulces y profundas ¿dónde

Reúnen sus huesos, la hierba exacta que retorna

A los usos de los bosques, a tu piel antigua y terrena?

Somos una edad desposeída, una hondura más de ausencias.

Oh siempre errabundo sueño, tierra asolada

Bajo un párpado insomne: todo es condición hundida

Que entreabre el silencio en la heredad.

(Y ese puerto del entendimiento ¿podría acaso detener

La oscuridad del mundo?

Arrojados así a proceloso mar

Nuestra razón se empeña, y nuestra voluntad sostiene

El fruto del camino incierto:

Aquí sólo hay árida tierra)

Pero la historia que impulsa nuestros mares,

La Historia

Cuya inmanencia purifica las sombras que infestan nuestros ojos:

¿Puede entregarnos el fuego que signifique los caminos?

Antiguos guerreros

Esperaban las naves en los puertos,

Reposados en las rocas que en el mar aún recoge

Griterío de gaviotas, vuelo de abejorro en los helechos,

Brazo al sueño del velamen en los árboles muertos:

(Verdes saurios mordisquean sus escamas, la erizada carne

del tiempo que se tiende a contemplarse deviniendo)

¿Esperaré

Una calma para hallar el universo

Propuesto como cosa asequible? ¿Seré los guerreros acaso,

Olvidando mis actos en un tiempo presente,

Para un tiempo pasado al que la herencia me une?

Las naves

Advienen con horrendas mercancias (oh anciano de precario pelo:

Aparta a los incautos que merodean en el puente): el sueño aposenta

Posibilidad de hallarme entre la hierba

Sosteniendo el canto de guerreros antiguos.

Pero Io que fue acude en existencia gastada:

Animales que en edad de musgo y pedrerías

Despavoridos respiraban en las playas, los frutos resecos

Que recogíamos en barriletes de junco: todo tiene sentido

Como cosa que fue, y retorna en su pura permanencia.

Y cuando acudimos al dorado mundo de la magia,

Irreal materia nos asciende. El pensar desliza

Oscuras causas como significados: esta ropa

Humedecida por las lluvias marinas, las pequeñas hojas del sauce

Y dulces cogollos en los montes. ¿Puedo entonces esperar en la noche

La invocación del cacique en torno a la hoguera?

He mirado

A los marinos acercarse por el lanchón destruido;

Las ratas allí trotan sobre la herrumbre. Veo un collar

De suave malaquita, de metales frescos con olor

Como de mar; traje gris o pálido hace movimientos,

Recortándose el perfil contra el ocaso desde el barco.

Lo presente son estas sensaciones que acumulan formas,

Y puedo comprender la esencia creciendo entre las piedras,

Los morados moluscos en la rocalla húmeda.

¿Fueron

Los herederos que nutrían el signo para comunicarnos

En el mes de la cosecha o anterior al grito de la lluvia

Sobre las breñas musgosas?

Ésta es la tierra que trazamos

Para medir el fuego que maduró los alimentos del guerrero;

Así los ríos donde el bagre se aleja de las hierbas

Pavoroso de una mano que sostiene el sedal, antigua mano

Que venía de altas murallas de adobe o santuarios de piedra.

Hemos caminado por la orilla contraria: encorvados árboles

Y campesino arrea las mulas en los riscos lejanos.

También debieron sonar las corazas ceñidas a los cuerpos,

Y el sudor en las mallas de bronce. Otros soldados

Desde naves inmensas auscultaban la gente con sus armas:

El curaca vencido sollozaba rígido cerca al timonel.

Éstas son las regiones de sequía y abundante pesca,

Grandes cerros y carroña viviente despeñándose;

La lluvia baja a veces de las nubes en el mar, fecunda

Resecos algarrobos y se ausenta por años.

¿Somos herederos

De estas ruinas que me traen un olor del pasado?

El hechicero habló con el fuego y comprendió designios. (

¡Y nadie se redacte título en los campos,

Hacedor de construcciones que después al alba

Nos diga que el saber le pertenece;

Que por antigua substancia somos la piedra irredenta

De alzarnos: que él conduce

Hacia el gran conocimiento humano! !La edad de morir

Se decrepita bajo estos vigorosos brazos!

¡Aquí hay montes, ríos, frondas

Ubicadas al nacer, torrentes

De cuerpos encendidos; hay indicios incontables,

Nuestros, con historias iniciadas más allá del tiempo,

Con hombres que han dejado días como campos!)

Bonanza e historia:

La lucidez que no atestigua la sonrisa del barquero,

Glorias ahítas de pasado, bien a renunciar

Cuánto de quebradura nos oprime, cuánto de herencia

Se despeña hasta el profuso puente que nos ciñe.

¡Oh! navegamos entre graves escombros, escuetas claridades

desenvuelve el día bajo esta lluvia de memorias acotadas.

¿Extenderé los ojos más allá de las hojas que palpitan

Donde se agota el viento, donde golpean las sombras estas huellas,

Entreabriendo un aroma perdido, de ausencia, que nada dice

De la hondura que sustenta mi sangre?

Escucha, escucha el sonido

De tus propias palabras: ¿qué resuena?

Infortunio en tu ropa,

Deterioro en tu alimento y destrucción. Oh días:

Olor de fruta o sombra, de caminos a mi voz, a mis brazos

Nutra el furor que comulgaba el viento; sea libertad el polvo

En que reposo, y este don vacío, escudo iluminado. Oh días:

Signos desangrando en mí, después de tanto humano entendimiento,

Delante de mis pasos amarillos: pronuncian sólo las historias,

Los caminos, para llamarme amor, y empezar de nuevo

Con el alba en cada piedra.

(Hay un cauce que vierte. su idioma

Y desciende a la losa con pieles teñidas de frondas mortuorias,

Confusas naves de polvo labradas, llanura anegando de muerte

Sus manos y días. Cauce enhiesto

De horror y de sangre extendida, donde iremos

llevando Las huellas, el acto y la luz que alzó nuestros brazos.

¿Y así dejaremos la esencia humana:

Nos iremos comiendo los frutos que saben a nada?

Sólo el tiempo conoce la absoluta forma donde todo perece.)

Abismadas aguas: pura extension aciaga. Una voz nos circunda

De fulgores opacos: navegamos rezumando tinieblas en áridos días.

Así, diariamente busco las estancias, los ríos, y pregunto

Por mis manos, tu cuerpo: pregunto por el sol que desolla: y siempre

Encuentro.huesos, salobre arcilla de sombras y ciudades derruidas.

(¡Oh! Ese anciano de lanoso rostro conduce vehemente

Tanta acritud, que la otra riba configura falaz toda esperanza.)

Antes la lluvia nos cantaba algo: ella sabía de las piedras,

Nuestro musgo, de las paredes que morían, que nacían también

Detrás del alba. Por las calles esperábamos, bebíamos

La luz y sus memorias. Teníamos hambre y sed, pero soñábamos:

La voz salía como temerosa o frágil, cubriéndonos la boca

De sílabas amargas. Y a pesar del cielo y sus árboles vacíos,

Nos íbamos jugando en las vertientes. La Iluvia nos amaba y destejía

Su pradera suave en nuestros cantos.

Pero yo sigo, con sueño

O muriéndome, buscando las estancias, esperando ríos; y así camino,

Persiguiendo los días, confuso hasta elevarme en mi caída…

Pero tú, que sólo vives del silencio: ¿lees estos vaticinios

Engendrados en el tiempo de la hoguera? ¿Qué lenguaje somos?

Venimos de un destino oscuro, dentro de convulsos mares

Que atestiguan las tormentas. Indagamos lo que detienen los nombres

En un júbilo de ser, confundiéndonos y amando, repartiendo

Algo nuestro en cada sangre, guarneciendo la descendencia tomada,

Que hace llama entre las naves

Mis Radicales frutas son las naves,

Mis naves tibias durmiéndose al crecer, hasta llenarme

De tendencias donde miro el mar, los puentes y las viñas,

Después del catálogo perenne. Mis frutales recodos, testimonios,

Abdicados cauces, creencias, asunto entre osamentas, fríos resoles

Para esta invitación contada, estos lugares integrados sin espacio,

Puros intentos de mover la quebradura, con fenecer asegurado

En naves, dudas y aires de mis ojos clausurados a lo eterno,

A la convicción de ser sin tiempo

Porque ya no conocemos

La tierra, el crepitar del día que antecede, que dice

Tentándonos a fijos restos de otra muerte, sostenida

Entre permanecer y ahondarse humanamente:

Intemporal en senectud

Abrigo un desmonte como códice, estampida de esta constancia

Para aumento de tu muerte y mi término, la cabellera

Del viejo en ti, acreditada porque hacia horrendos mares

Navegan los esquifes.

Nosotros, a fin del argumento entre las ribas,

Confinados a puentes y llanuras, haciéndonos como que entramos:

¡Oh ciudades! ¡Oh funestos lugares! Mi vida representa

Estas hermosas tumbas, los principios atenuados al devenir,

Mas diciéndome que aquí estoy, y establezco la tierra

En las raíces, conociéndome en los ríos, rocas, desiertos de luz

Donde el caer pervive, y el término, su cavidad saliendo a paso,

A cuerpo y tránsito su eterna emanación de días, soles, semanas,

Y siglos de sangre, siglos de grito y tiempo de sabernos como muerte:

Días en semanas, meses de claridad y días de muerte viviéndonos,

De vida recobrada en otro tiempo muerto.

Así acudes por ensamble

A intentar en reinos, desunido de esto, importunado para más

Del que acrecienta su lucidez en tu abertura. Invicadas* potencias

De eternidad a cuento de minucias, de razones en pie cuando

Los miembros legan esta tierra, el mar insigne entre sus algas

De muerte unida a tu semblanza. Breñas iluminadas cuando del monte

Se destruye lo comprendido a las alturas; preferente acoso

En abandonar a mucho disimulo el tumo de embalaje

Ya distante de las naves:

«Amanezco ausente

A reparar mis cosas rotas, a penetrar hasta la hondura

Donde nace mi silencio; contemple inasibles hojas en mis manos,

Breves días circundando la frente en que dormitó; y siempre

Sobre mi pecho encuentro los dientes de la muerte

Atisbando mis recuentos».

Eran tus pertenencias,

El gran campo convencido para el día en soledad,

El cauce que improvisa tus ansias.

Descubrirte con las cosas,

Adusto referir lo cotidiano entrado ya en tu historia:

La cantidad de herencia que posee el fuego. Calles

Que provienen del fin en que tu sed reposa.

¿Qué es la obra

En el mundo, las diarias conjeturas tenidas en ti, el caminar

Notando la pregunta en cada rostro, urgido para celebrar tus pasos

En terrible gravedad de encuentros? Y después el polvo que anuncia,

El sudor reciente compilado en los trabajos, con sólo remover

Cualquier objeto.

Entre frondas y ríos cantabas:

«Hoja tras hoja fueron juntando los días atavío perenne,

Mientras debajo de la luz crecía un racimo de sombra:

Cuánto humo inauguraba ausentes frutos en el alma:

Pura ceniza entregarían los brazos consumados. En tanto,

Desterrado ya el recuerdo, lejana la extendida hoguera,

No quedó sino asir una amarga máscara de olvido».

¡El canto! Turbios párpados al aire que continuo

Deshace toda frase humana.

Nos hemos pertenecido en ocasión,

A voz desestimada que venía en goznes, así entendida la premura.

Por otro lugar: cortejo lúcido ensamblado con el brazo,

El ojo que destaca. Si tomábamos las cosas en su resplandor,

Ello venía por denuncia, antecedido en coyunturas que han hecho

Como piedra estos crecidos, esperados gritos. Esa la gloria

Del que abre compartiendo: afán de concluir en decidida y plena,

Impostergable carta.

¡Claridades envejecidas en brazos y lenguas,

Profundas concavidades aparecidas al fin y al inicio

De lo que acontece y no descansa! Ellos urgen: somos los muertos

Y los hijos de los muertos, buscamos soledad para decimos.

(El existir tiene sentido en cuanto hacemos. Ellos saben

Las ruinas y no hacen. Dicen la muerte contenida en todo acto,

Los conductos de acabar aún gritando.)

Y por cada indicio

De mundo inhabitable, una evasión; otra azul que permanece

Fustigada. Y en aires, en azul que carga pasto alucinado,

Hierbas luminosas desde una mano retirada a océanos

Rastreando la hondura de las aguas. Meses de estar buscando

Como sueños, dúctil la memoria en las roturas, pero del mar

Todo llevado en imágenes, en excusa de estos documentos que coligen

Plena ausencia. Permanecen todavía, en evasión, densos y oscuros

Contenidos en su laxitud atormentada, asiendo estados

Hundidos en sueños o largas historias, en el contorno puro

En que devienen las cosas. Así olvidan los montes quebrados,

Los conjudtos rotos que por parque, por calles también piden,

Y vivimos. Y más sobre el silencio, hurgando entre las frondas

Derruidas estancias.

¡0ficios, surcos, cauces por donde

Acude la sangre! Y aún silencio, raíces hacia los celestes cantos.

Yo no enturbio, no oculto lo que adentro abisma: vivo arraigado

A un mundo de signos diluidos, entre crudas extensiones,

Senderos de apagados rostros, amargas espesuras que inician

El criterio. Levanto el brazo, pido claridad, y una estela

De ceniza profunda emerge con su prédica de pálidas sandalias.

No hay otro camino que el desorden, la exacta libertad de juicio

Para alzarnos. iOh!, existir ensangrentados de llanto,

Bajo las inermes plumas de un cauce inseguro; hollar la ruta,

Mientras un hundimiento de huesos nos devuelve a la sombra: N

o hay otro camino que el desorden, el peso de atisbar rotunda

Esta futura emanación de días.

(Tú haces soledad,

Inmensa piel transida de oquedades, sobre ruinas que muestran

Su carne devastada; haces plenitud en dioses que permiten:

Así incrementas tu cadáver y te dices puro.)

Yo no enturbio:

Refiero estos profundos costos, tal la esencia bajo sí, humana,

Asida. Me defiendo y te defiendo, gritándome, a simple tacto

Que en desorden, en fuerza y salto lleva conjuros hasta alzarnos.

Soy desde mi voluntad de hacer, arraigado a una confusión

Que no he creado, como estando sobre aires y tumultos encendidos,

Cosas que me arraigan por vivir y encontrar mis pasos y mis tierras

Frecuentadas de actos.

Voy contando los días, al par de lo que vivo

Y lo encontrado, la última intención y el fruto, nunca los descansos.

De nada mi ser, algo que busco me retiene a ser luchando,

Contenido en tiempo que pronto acallará. Antes haré, tendré los mares,

El ojo limpio en que limpiar mis ojos.

Soy voluntad estricta,

Actitud de hacer, más siempre voluntad entretejida hacia lo eterno.

Nacen mis pasos en la extensión que sustentan las montañas,

Sobre la tierra tremante de los bosques y sus cuencas crecidas,

Dentro de cada aire que golpean las tormentas; surjo hasta enterrar

El aroma de las cosas perdidas, llameando como sol

0 luces descubiertas, como tronco encendido; y desde allí mi sangre:

Cavernas y polvo, vacías aguas de días sumergidos entre muertes.

Nazco y canto la evidencia de una estación imperturbable,

Porque soy, y amo el espacio que nutren las piedras en los ríos,

Porque me pertenecen estas manos erguidas en angustias y rocas,

Y estas pupilas que empezaron a latir entre las hojas, que salieron

Girando y reuniendo todo el amor de las raíces. Broto en cada espacio

Que los árboles alzan en las noches crecidas, me pertenecen los aires

Y las voces detrás de los montes, y estas manos dicen de mi fuerza

En los días oscuros.

La voz haciendo, alzo mi voz entre las ruinas,

Dudo, atisbo midiendo lo que ardía en mis comarcas, hundiéndome

Por sólo descubrir y asir entre mis manos: llama que oscila

Desde la intemperie. Porque soy amando, creciendo del grito

Mi nueva residencia, bajando hasta tocar la copa dulce

De los bosques, con el amor que brota como garra.

Y cste cuerpo, este musgo adentrado, estas memorias

Que entreabren su entidad definitiva, también de amor

Arraigan mi morada.

¡Soy triunfante luz en todo lo que nutre

La ausencia, naciendo a iniciar mi viaje por entre las piedras profundas!

Entonces amo mi devastada piel entre humosos escombros, fundamento

Asido a cada hoja mutilada; y encuéntrome gritando aún de ser

En mis fatigas. Mas así de verme, así conozco calles,

Salgo a surtar mi relación a los creyentes, doy paz y forma,

Despierto hacia adentro y al fondo arraigo.

Entonces, después de mucha ceremonia retorno a mis internos,

Aduzco ensamblado: conducto de mi estar haciendo entre las frondas

Nuevo fuego.

Pero así, las extraviadas rutas, lo que figuré

Por mis caminos, entre leyendo y asir la vida, llevándome a mi sangre;

Así hago el valor, pienso en la insurgencia y los profundos costos,

Digo que encontraré la luz y sigo caminando.

Invierno y lluvia,

Monumento y hierba, junto a la tormenta que nos come.

Pero así, en la ciudad y sus muertos, sus alimentos devastados,

(Oh tiempo en mordedura) su ardiente esperanza

De ser inútilmente: así, invierno y lluvia, nací diariamente

A otras andanzas, dejo los connubios y pregunto:

¿Qué de luces han gestado estas colinas, para haber amado

Una fría cadencia, un mito, la fresca espuma de los meses oscuros?

¿Qué de luz ofrecen sus vertientes? ¿Qué legado principal,

Royéndonos, en tanto los árboles pronuncian también sus muertes?

Oficios de perfecta umbría, donde estamos, sin entender

Otro camino que las manos, la voz en mano, desigual, en tácita,

Alineando para otros por sus puentes en ideas, forrnas,

Y nada nosotros padres, hijos de una tierra vasta, de collados

Fértiles, y nada este torrente.

Todo conducirá a la destrucción,

Al sernos acabando la hoja empeorada, siempre que siga;

Puro desorden hasta entrar en nuestra realidad,. alzando tiempos—

Las muertes vienen entre semanas de sombra, y comemos,

Seguimos frecuentando, amamos; por algún sitio nos desolla el aire;

Se aprende a caminar los signos, las tertulias, aquellas de principio;

Porque somos aquí, seguimos el camino, y es el escombro, presente,

Que anuncia tenaz—

Sabernos: un entender como otro, este sentar

Denuncias, de activarse, sea desde el lugar donde se nace al polvo,

Sea también, sin ocultar, la misma fuerza.

Si nos irrumpen,

Nos comen a poco, tal náufragos, casi a medida de la descendencia

Al paso, de la ocasión, nos comen, lo sabemos; si ya por ropa,

Andar, nos piden algo, alegran de nuestra sangre,

Se van riendo: ¿acaso es por nosotros? De aquí nos han desarraigado;

Se llevaron también lo que era para amar, como que el corazón,

La piel de sus cosechas; y decían que era su corazón

Y lo mascaban, y decían que era mayor la timidez en la cosecha,

Y deshechaban. Sólo algo nos quedó, por una tradición profunda

Que nos camina los huesos. Y nos quebraron al suelo,

Sin corazón con que empezar a levantar la hierba rota.

Por eso nos reuniremos, con principios, a dentada única,

Con muelas, porque tanto esperar es también un abandono.

Si todo viene de otros, que dejaron libros, que bebieron como matar,

Pisando, hollando el maizal que descubría su carne de luz pura,

Y viene a nuestras bocas sólo entre preguntas,

Entonces nada es creación, fuerzas en que avivaron las entrañas

Y los brazos, las esperanzas nuestras. Es de otros, que amaron

Y en cada rincón nos mantenían en silencio; que dijeron

Que éramos así, que estábamos felices; y.después justificado el cuerpo

De alguien que fue antecesor, tendió, mirando sus conquistas,

Las legumbres por acá, donde ahora nos cuesta oscuro estos resoles.

Pero somos miles, despiertos y desnudos, llenamos las comarcas

De bocas restallantes; pedimos lo nuestro, para adentrarnos sin miedo,

Arañando, bramando como las piedras, sin lágrimas. Pedimos eso,

Lo que nos pertenece por linaje, por inicio frutal de árbol

Y ramajes, para urdir la realidad con nuestros brazos,

Y destrozar ideas, lo que nos lleva ahora, y encontrar, erguidos,

Las esencias, lo que entraña sernos en mares, montes,

Húmedas raíces que nos dicen lo nuestro.

Fatigados de cadáveres

Que irrumpen las calles, ansiamos en cada territorio negado,

Con los brazos esperando.

Navegamos entre libros oscuros,

Saturados de muerte que nos nace en cada cosa que no es nuestra,

En cada orilla que no tiene sentido fuera de este oficio,

Siempre entendido como andarse conjugando el fundamento

De ser a peso del silencio.

Así las frías cuevas de apariencia

Donde la soledad crujía, tus rnanos bajo su incertidumbre

Acopiando un movimiento ajado en la gratuidad de las palabras;

Tu rostro en buen entendimiento, así tu rostro en las razones

De estas ruinas que el mar bate oscuramente con su mano rota.

¿Qué relación entonces habremos de indagar para alzarnos?

Y después de un paseo fortuito, después del esfuerzo y el premio:

¿Podrías contener el mundo en tu propia contingencia?

Negras aguas del Orco, navegamos con economía y resignación;

Ya los dorados días se alejaron, y tornó el viento a remover

El polvo de la tierra estéril.

Estos son los meses de acrimonia

Y habitual satisfacción, el tósigo en las calles

Donde el humano infortunio camina codeándose, insinuando

Débiles apetencias que la carne nutre silenciosamente.

¿Declinará el aire invernizo en los cuartos recién deshabitados?

¿Habrá tiempo para regocijarse, compartiendo alimentos sin mediar

En la bondad que pueda importunarnos?

Estos son los meses razonables,

El fecundo elemento que la extraña sapiencia no logrará arrebatarnos.

Aquí están los armarios, el escaparate cariado y los oscuros aposentos;

Más allá, sobre las piedras pardas, el río con sus dedos terrosos.

Sin embargo, no hay agua, sólo ese anciano longevo; las cosechas

Fueron arrasadas por funestos ventarrones. Aquí la tierra es seca.

Hacia el Cerro Colorado guiaban mis pasos un interés desconocido.

Crece allí la hierba del salitre y tierras aceitosas, el paciente

Griterío de los cuervos del mar. Enfermos estuvimos esperando

En los muelles, caminando hasta la Plaza de Pescadores, pequeñas

Cosas solícitas. Habían cargado los navíos, y tú querías preguntar,

Arboles diseminados en campos amarillos, el tiempo perdido

Entre la salvación y la gloria.

Vayamos pues, y poseamos

Cosecha para los meses de escasez, holganza en los tributos.

(En la blanca cornisa dormitó el gorrión, y fueron mis cantos

Que escuchaba ya distantes).

¿Y quiénes regresamos a poseer la dignidad

Que no acontece, satisfechos de nuestra pobre muchedumbre de miserias

Siempre recordadas? El fervor que una elección distiende

En su templanza interna, precarios con lícita necesidad de orden,

El fervor, unas veces enunciado en ese movimiento tierno

De un rostro conmovido: ¿desdice acaso el bien que podría obtenerse

Aún en la propia negación de los actos reales? Vayamos pues,

Y oprimamos el silencio en los áridos confines, el canto del gorrión

Ya cerca del parapeto antiguo, donde veníamos a contemplar

Gesticulaciones inútiles de aburridos náufragos que la marea

Recubre con unas algas negras.

Reino de la prevaricación

Y el desmedro: escucha, escucha el trote de las ratas

En la tierra estéril, mira la nave y laméntate, obcécate en obligaciones

Groseramente sostenidas. Reino de la acritud, desfallece

Y te mostraré las ganancias y las pérdidas. Luego prosigamos

Conversando con ambigüedad: «No deseaba hacer esto. Mire Ud. mis manos,

La sangre está seca». Alimenta tus responsabilidades, arruga el Universo

Y laméntate apacible hasta que haya tiempo para matar y tiempo

Para regocijarse.

¿Qué dicen los aedas en laudables murmurios,

de esta humana máteria vinculada a la promiscuidad y el dolor?

Ciudades llenas de comerciantes prósperos he visto, los escaparates

Sutilmente adornados con luminosos estuches que mostraban

Un gusto refinado por las piedras antiguas, doradas sortijas y ojos

Con incrustaciones de platino y rubí. «Para entender sabiduría y doctrina;

Para conocer las razones prudentes»:

He aquí la tierra estéril.

«Para dar sagacidad a los simples,

Y a los jóvenes inteligencia y cordura»:

He aquí la tierra estéril.

He aquí los presagios; y apresúrate que el viento corre hacia el mediodía.

Ven y caminemos hasta esos promontorios eriazos donde sólo la corneja

Grita, asustadiza y con augurios de muerte; alisa

Tus dulces cabellos húmedos de mar, atiza los muslos blancos de la mañana

Que se tiende como una virgen terrible. Y tú, que remueves el polvo

Buscando la llave: apártate, de estos que son muertos.

¡Reino de la maceración y el vestigio! Veo las uñas del día podrido,

El viento podrido, la nave podrida Y nosotros esperando.

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«Arte de navegar» de Juan Ojeda, publicado en la revista Fastos. Director: Julio Aponte. https://riohablador.org.pe/publican-arte-de-navegar-de-juan-ojeda-en-la-revista-fastos/

(*) NOTA BIO-BIBLIOGRÁFICA DE JUAN OJEDA

1944: Marzo 27: Nace en el puerto de Chimbote, departamento de Ancash, al norte de Lima. Hijo de Víctor Ojeda Chávez y Josefina Ojeda Diaz, ambos naturales de Arequipa. Fue el noveno de once hermanos.

1952-1956: Estudia primaria en una escuela fiscal de Chimbote.

1957-1961: Estudios secundarios en la G.U.E. San Pedro de Chimbote.

1962: Ingresa a la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad de San Marcos de Lima. Estudia paralelamente filosofía y, como alumno libre, asiste a cursos de pintura y escultura en la Escuela Nacional de Bellas Artes.

1965: Obtiene la Primera Mención en el Concurso «El Poeta Joven del Perú», organizado por la revista Cuadernos Trimestrales de Poesía de Trujillo, con el seudónimo de: «Dedaluz»; presenta Elogio de los navegantes.

1967: Viaja a Colombia, Brasil, Argentina y Bolivia.

1971-72: En Ciudad de Panamá da conferencias y participa en la vida cultural.

1973: Regresa a Lima e ingresa a la Escuela Nacional de Bibliotecarios. Participa en una serie de recitales y conversatorios literarios. Se reúne con otros estudiantes en la cafetería de la Biblioteca Nacional.

1974: Es atropellado por un auto en la madrugada del 11 de noviembre, en Lima, en la cuadra 23 de la avenida Arequipa.

LIBROS PUBLICADOS

Elogio de los navegantes. Trujillo. Librería e Imprenta Moreno, 1966. (Cuadernos trimestrales de poesía, N° 37).

Ardiente sombra, homenaje al poeta Javier Heraud. Lima, Ed. Jurídica S.A., 1967. Con poesías de César Calvo, Antonio Cisneros, Arturo Corcuera, Carlos Henderson y Juan Ojeda. Incluye su poema «Ardiente sombra», que da origen al título de este homenaje.

Eleusis. Lima, 1972. (Colección poesía Gárgola 2), publica los poemas: La noche, Soliloquio, Historia rústica, Elogio de la infancia y Poética.Juan Ojeda: el signo y las palabras, Juan Mejía Baca, Lima, 1978

Arte de navegar, poemas escritos entre 1962 y 1974, Cronopia Editores, Lima, 2000

INÉDITOS

Escritura y modo de producción del texto. 7 p. Ensayo. Epístola dialéctica. Lima, 1974. Este poema fue escrito entre noviembre de 1973 y abril de 1974. Libro inédito elaborado y diagramado por el mismo autor.

La isla y otras exploraciones. Lima, 1974. Cuento inédito mecanografiado.

Fuente: Resonancias.org – En: https://www.resonancias.org/content/48/nota-biografica-y-libros-publicados-por-juan-ojeda

TOMADO DE: «Arte de navegar», Juan Ojeda. En: Revista de poesía «Fastos» N° 66, Lima (Perú), Agosto de 2024, director: Julio Aponte.