ARTECRÓNICAS

Carlos Varas Príncipe: la poesía bajo el sol de lo cotidiano

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ESCRIBE: El Cronista Digital (*) / ILUSTRACIÓN

Hay escritores que buscan deliberadamente la complejidad y otros que, sin renunciar a la profundidad, prefieren caminar por senderos más próximos al lector. Carlos Varas Príncipe pertenece, sin duda, a esta segunda vertiente. Su literatura nace de la experiencia, de la observación cotidiana, de la memoria y, sobre todo, de una convicción que parece acompañarlo tanto en las aulas como en sus libros: escribir también puede ser una forma de conversar con el otro.

Profesor de profesión y escritor por vocación, Varas ha construido una obra en la que educación y literatura no aparecen como actividades separadas. En Calín y el discurso por la patria, su primer libro de relatos, ya estaba presente esa mirada preocupada por el Perú, por los jóvenes y por la responsabilidad ciudadana. Bajo el sol, su poemario, prolonga aquella preocupación desde otro territorio: el de la poesía.

La segunda edición de Bajo el sol permite volver sobre esa propuesta y descubrir nuevos matices. Carlos Varas no pretende levantar una arquitectura poética inaccesible ni construir un lenguaje deliberadamente oscuro. Por el contrario, ha declarado que su poesía se distancia de lo académico, lo intelectualista, lo filosófico y lo metafísico como formas de expresión, privilegiando una comunicación directa.

Pero sencillez no significa superficialidad.

En Varas, la palabra sencilla busca llegar a un territorio esencial: los sentimientos, la familia, la patria, la juventud, la educación, el amor, la memoria y las preguntas que surgen de la vida diaria. Su poesía puede ser leída, precisamente, como una invitación a detenernos en aquello que muchas veces la velocidad de la vida contemporánea nos impide mirar.

Y aquí aparece una coincidencia especialmente significativa con el trabajo plástico de su amigo Gilmer Mariano Gil Iparraguirre.

Las ilustraciones de Bajo el sol no funcionan solamente como acompañamiento gráfico. Hay entre ambos creadores una suerte de conversación silenciosa. Gilmer cultiva una pintura de raíz peruanista, vinculada al paisaje, a las costumbres y a una representación cercana de nuestra realidad. Su formación junto al maestro Pedro Azabache y su experiencia de largas jornadas de pintura en la campiña de Moche forman parte de esa sensibilidad.

Carátula de «Bajo el sol» de Carlos M. Varas Príncipe con óleo de Gilmer Mariano Gil Iparraguirre.

Varas y Gil parecen encontrarse, entonces, en un mismo punto de partida: mirar al Perú sin necesidad de convertirlo en una abstracción.

El pintor lo hace mediante el color, el paisaje, los personajes y las escenas reconocibles. El escritor lo hace mediante la palabra, la memoria y la emoción. Ambos rehúyen, cada uno desde su lenguaje, la necesidad de demostrar erudición para comunicar. Su apuesta parece ser otra: hacer visible y cercano aquello que forma parte de nuestra experiencia colectiva.

Por eso resulta particularmente feliz que Gilmer Mariano Gil Iparraguirre ilustre Bajo el sol. Sus imágenes dialogan con una poesía que tampoco quiere alejarse del mundo real. En las páginas del libro, pintura y literatura terminan construyendo una misma atmósfera: la de un Perú cotidiano, sencillo, humano y reconocible.

Quizá allí reside una de las mayores virtudes de Carlos Varas Príncipe. Su literatura no pretende colocarse por encima del lector, sino caminar a su lado. Como maestro, conoce el valor de una palabra que debe ser comprendida; como escritor, sabe que esa palabra puede también conmover, interrogar y dejar una huella.

Bajo el sol es, en ese sentido, más que un poemario. Es una prolongación de su manera de entender la vida y la educación: acercarse al otro, conversar, transmitir y sembrar.

Y bajo ese mismo sol, las palabras de Carlos Varas y las imágenes de Gilmer Mariano Gil se encuentran para recordarnos algo sencillo pero esencial: que el arte también puede nacer de la cercanía, de la memoria y del amor por las cosas que conocemos. No necesita levantar muros para ser profundo. A veces basta con mirar alrededor, reconocer nuestro propio rostro en el paisaje y ponerle palabras —o colores— a aquello que llevamos dentro.

(*) Colaborador cultural de Río Hablador. Bajo este seudónimo firma textos que exploran el vínculo entre literatura, educación y tecnología, con un estilo reflexivo y cercano. Su objetivo es tender puentes entre la tradición cultural y los nuevos lenguajes de la era digital.

Nota.- Artículo elaborado con apoyo de la inteligencia artificial (ChatGPT – OpenAI), bajo supervisión editorial.