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El cuarto de al lado / Renato Rodríguez

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ESCRIBE: Renato Rodríguez García (*)

La noche en que empezó a escuchar esos sonidos como pasos fue a medianoche cuando colgaba su guitarra en la pared, no le pareció nada raro escuchar esos ruidos, porque su cuarto que su madre había construido aledaño a su departamento del primer piso colindaba con la vereda de la calle, lo que, si no se percató, aunque después diría que porqué debería de haberse percatado en ese momento del peligro de esos ruidos.

No supo descifrarlos, o quizás no quiso descifrarlos, lo dejó ahí, como quien guarda su ropa de invierno para arreglarse para la primavera.

La noche que precedió a la noche de los ruidos junto a una taza de café tuvo la necesidad asfixiante de escribir esos poemas que cortaban su piel y sus letras rojas se alojaban en su block de hojas cuadriculadas, esa simetría de las líneas en las hojas le señalaba el rumbo que debería seguir, repudió que algo o alguien le indicara el camino, rechazó que su mano dibujara extrañas formas amorfas al costado de los poemas, él no lo había ordenado, su rostro se descompuso y se calló a pedazos en la vigilia.

Esa noche se quedó dormido en su escritorio, no apagó la luz, su mano sostenía la pluma roja, su otra mano encogida en su cara cerca a sus lentes le servían de almohada. Soñó que trabajaba en una biblioteca inmensa llena de libros antiguos, de mapas medievales religiosos, de mapas babilónicos, un Atlas de cuero negro cocido a mano abierto y él pudo ver la ruta secreta de la ubicación de los libros secretos del enigma de los 18 años.

Los ruidos que escuchó y creyó recordar haber escuchado la primera noche, sonaban como pasos metálicos acompañados de un silencio turbio, para luego regresar con sonidos de acero cojo, como quien galopa con herraduras gastadas, él lo atribuyó a su imaginación con duda, porque sus lentes de carey se movieron por un tic de su entrecejo, quizás una alerta, un aviso, una señal, ¿pero de qué?

En su cuarto tenía todo ordenado meticulosamente, la parte derecha para su biblioteca, la izquierda para sus discos, más arriba su guitarra y por último su cama pegada a la pared, tenia una silla con ruedas en la que se trasladaba por su cuarto, las ruedas ligeramente hacían un ruido intelectual, muy fino, como el rasgo de un violín, situación muy contraría al ruido de la calle y en particular al ruido ese de las 12 de la noche en la que la oscuridad bifurca la realidad con lo onírico.

Esa misma noche tenía dos tazas de café en su escritorio pudo escribir y dibujar en su block tanto como le permitió la velocidad de sus dedos, tenía compañía y eso lo estimulaba, no la veía, pero la percibía claramente, estaba en su secuencia, las dos tasas tenían dibujada en su exterior una frase críptica que le pareció molesta: “Todo estaba previsto”,  era como si alguien guiara otra vez su camino y él ya lo había dicho, odio que digan que hacer, una de las tazas de café se derramó como su cuerpo en el escritorio en penumbra, y se apoyó esta vez en su otra mano que le sirvió de almohada mientras la menos diestra trataba de colocar la tasa en su sitio, sin conseguirlo.

El sonido lo alejó del café y despertó en su biblioteca cosiendo un libro de cuero negro mientras los cristales de los vitrales del templo lo habían llevado con un ruido rancadrancado a la herradura de acero del caballo al desierto en donde el misterio de los 18 años los escondió en un arca de una alianza entre el viento, el ruido y lo eterno.

(*) Renato Rodríguez García es periodista y escritor. Ha publicado los poemarios «Bizarro» (2015) «Escalpelo» (2023), el libro de crónicas «Trujillo, mon amour» (2023) y la novela «El perseguidor de lo invisible» (2024)Es columnista de Río Hablador (ver aquí).